Fragmento de novela en preparación
Clara esperaba con ansia a sus hermanos, ese día
llegaban del colegio para quedarse el resto de las vacaciones en la estancia.
Había hecho espacio en el ropero, por primera vez compartiría la habitación con
Helena.
Llegaron.
Juan levantó a Clarita por los aires.
-Mi chiquita... -la apretó fuerte contra sí- ¿qué tal
la escuela rural?
-Me encanta, ¡tengo un montón de amigos! Mora, Ramón,
Joaquín, Dora...
Juan largó una carcajada: cuando Clarita empezaba, no
paraba de hablar. La miró mientras la bajaba al piso, cuánto había crecido,
estaba hermosa.
-Dejame ayudar a Helena con su valija, después me
contás.
Clara se le adelantó y se colgó del cuello de su
hermana. Pedro, a la pasada, le dio un gran beso en el cachete y le puso una
bolsita de tela en la mano. Payanas.
Mientras entraban a la casona, Clara le contó la
noticia, ahora duermo en tu pieza, ¡vamos a compartir! A Helena se le
transformó la cara.
Colgado en la puerta, había un papel
escrito a mano: ¡Bienvenida, hermana! Sin aminorar la marcha, Helena tomó el
picaporte y entró en la habitación. Clara casi corría tras ella, trataba de
darle alcance para ver su cara. Helena dejó la valija a los pies de su cama y
se tiró boca arriba. Clara se sentó a su lado.
-¿Viste la puerta?
-¿Qué puerta?
-La puerta.
Helena miraba por la ventana, el día estaba hermoso.
-No, no la viste. Vení -se incorporó y la tomó de la
mano-, vení a mirarla.
-No.
-Dale, yo sé por qué te digo, vení.
Seguía tironeando de ella.
-Te dije que no, Clara, no seas insoportable.
-Pero...
-Pero nada. Buscate algo mejor que hacer y dejame
descansar, haceme el favor.
Helena se dio vuelta en la cama y acomodó la almohada.
Clara se había quedado parada, la vista en la espalda de su hermana.
-¿Todavía seguís ahí?
Le subió el rubor por las mejillas y se le enturbiaron
los ojos. Se dio vuelta, caminó lento hasta el final del pasillo y hasta la
cocina y se abrazó al delantal blanco de Ramona. Sin que la viera, se secó los
ojitos con el delantal y, cuando se salió del abrazo, Ramona no pudo notar que
había llorado. Tenés hambre, preguntó. Y le pasó un pedazo de pan recién
horneado. Mientras masticaba, Clara identificó un dolor en el pecho, un dolor,
como un agujero.
Besó a Ramona en el cachete y salió de la casa. Mario
estaba muy entretenido con las tijeras de podar sobre una ligustrina. Buen día,
Clara. Ella levantó la mano a modo de saludo y caminó en dirección contraria.
Hizo un trotecito hasta el establo y ahí encontró a Gastón.
-Mirá qué tengo- dijo con la bolsita de payanas en la
mano.
A Gastón se le iluminó la cara marrón de tierra. Se
sentaron en el suelo, Clara abrió la bolsita y dejó caer las payanas. Son
nuevas, me las trajo mi hermano del pueblo. Clara tomó las cinco y tiró, luego
eligió una, la tiró hacia arriba y, antes de que volviera a la altura de su
mano, ya había agarrado otra y esperaba que cayera la primera -junto a la otra-
en su mano extendida. Gastón se había tirado boca abajo y apoyaba el mentón
sobre sus brazos cruzados para ver mejor.
-Clara, en la casa van a comer en un rato, estás toda
sucia, andá a cambiarte que te van a retar.
Martín la ayudó a levantarse del suelo. Gastón la
miró. Sí, te las presto, se adelantó Clara. Y se fue saltando hasta la casa.
Pasó corriendo por la cocina, el pasillo y hasta el baño para que no la vieran
sucia. Se lavó la cara con agua y jabón y, mientras se secaba con la toalla de
mano, se miraba al espejo y acomodaba su pelo. Sacudió un poco el short y
decidió ir a cambiarse la remera, estaba demasiado sucia.
Cuando llegó a la habitación, vio sus perfumes,
peines, el talco y la cajita donde guardaba la cadenita de oro y los aritos
sobre su cama. Helena había acomodado sus cremas, perfumes, peines, hebillas y
maquillajes en el mueble del espejo y estaba sentada poniendose rubor en las
mejillas.
-Qué bueno, llegaste, tenés que ordenar tus cosas, acá
no entraban.
-Pero si sobra espacio...
Helena la miró a través del espejo.
-Quedaba demasiado apretado. Buscate otro lugar, este
siempre fue mío.
Clara se dio vuelta y abrió el ropero para buscar una
remera limpia. Sus remeras, antes distriubuídas en varios estantes, ahora
ocupaban sólo tres y, las de Helena, el resto del ropero. Apretó con fuerza las
puertas del ropero y clavó las uñas en la madera. Respiró hondo, sacó una
remera y se cambió. En la puerta de la habitación, le llegó la voz de Helena.
-¿Te puedo pedir un favor?
Se dio vuelta y se acercó unos metros a su hermana.
-¿No podrías llevar tus libros de cuento al sótano?
Todavía no saqué mis cuadernos y libros de estudio de la valija y voy a
necesitar la repisa.
-Vos en el verano no estudiás, yo sí leo.
-Este verano sí voy a estudiar y vos no te vas a leer
todo eso.
Clara la miraba con los ojos desorbitados.
-No te hagas problema.
Fue hasta la repisa, hizo una pila con los libros y
los cargó al salir de la habitación. Volvió a sentir el agujero en el pecho.
Fue a la biblioteca, acomodó los libros -provisoriamente- sobre una mesa en el
esquinero junto a la ventana. Tendría que buscarles un lugar.
Entraba mucha luz de afuera, era un día despejado, el
cielo estaba muy celeste. Enseguida vio a Pedro, caminaba entre los árboles. Se
miraba los pies, luego subía la vista por el tronco de los árboles, las ramas,
las hojas. Salió de la casa y corrió hacia él. Al llegar, tomó su mano.
-¿Qué hacés?
-Camino... miro los colores.
-¿Porque vas a pintar?
-No creo, a tía Amelia no le gusta que pinte en la
estancia.
-¿Y si vamos a la casa abandonada del médano, nos
escondemos y pintamos? ¡Yo quiero!
-Hoy es muy pronto.
-Es que quiero expresar, vos decís que cuando pintás,
expresás.
El sol estaba fuerte, hacía mucho calor. Pedro se
arremangó la camisa, se sentó a los pies de un árbol. La invitó a Clara a
sentarse a su lado.
-A ver, qué te anda pasando.
Clara se miró el pecho.
-Tengo un agujero, acá.
-¿Estás triste?
Clara asintió.
-¿Me querés contar?
Clara vio a Helena salir de la casa y acercarse a
ellos. Se quedó callada. Pedro le siguió la mirada, vio a Helena y luego volvió
la vista a Clara, que se había abrazado a sus piernas y miraba para abajo.
-Está listo el almuerzo, ¿vienen?
Pedro se levantó y ayudó a Clara.
-Vamos.
Caminaron tras ella. Pedro se agachó y le susurró al
oído:
-Esta tarde vamos a la casa abandonada.
El señor Benger ya estaba sentado en la cabecera de la
mesa. A su derecha, tía Amelia, su trenza cocida muy prolija y la cara fresca,
imposible adivinar que se levantaba primera en la mañana. Juan se había
acomodado junto ella. Clara fue a ocupar su lugar, frente a su tía, al lado del
señor Benger. Pedro, a su lado y Helena junto a él. Cenaban en el comedor
porque no había invitados en la estancia, sino les hubiese tocado la
cocina.También se sentaron a la mesa John y Amelita. Llevaban dos años de
casados. John se ocupaba de la contabilidad de la estancia, era mucho mayor que
ella. Se enamoraron un verano antes de que ella terminara el colegio y él
prometió esperarla. Así lo hizo, Amelia terminó y se casaron. Vivían en una
casita de la estancia, a unos docientos metros de la casa principal.
Se
sentaron uno frente al otro.
Amelita ostentaba una panza a punto de explotar.
-Tengo fecha para principios de Marzo.
Se la veía rosada y feliz. John la acariciaba con la
mirada mientras hablaba.
Ramona comenzó a servir el plato del día: Spaghetti a
la Bolognesa. El ruido de la olla, de la vajilla, platos ir y venir, las voces
de todos los comensales al comentar sobre la comida, el día soleado o quién
sabe qué otra cosa, esto era lo que extrañaba Clara durante el invierno, los
ruidos de la familia, la alegría del reencuentro.
-¿Tienen noticias de Rosa?
Pedro habló y se metió un bocado de fideos a la boca.
Mmm, sabía delicioso.
-Sí, están muy bien en Melchor Romero. El trabajo de
Juan es bueno y Rosa se entretiene con las tareas del hogar y teje para afuera.
Así contestó tía Amelia, mientras se limpiaba la boca
con la servilleta blanca.
-¿Se cruzan a los locos?
-Sí, dicen que viven en sus casas como el resto de la
gente, que pueden llevar una vida normal, tienen asistencia y se relacionan
bien con la comunidad. Por ahora, no han tenido ningún problema.
-Mirá qué bien.
-Habrá que ir a visitarla.
-¿Pensás irte allá a trabajar? Ya terminaste el
colegio.
-Es una posibilidad...
Cuando todos se preparaban para la sagrada siesta de
los días de calor, Pedro pasó a buscar a Clara por su habitación. Tenía una
gran bolsa de tela colgada al hombro.
-¿Vamos?
Clara no cabía de alegría. Se había puesto algo cómodo
y ya estaba lista para salir. Caminaron un largo rato, se alejaron de La
Curumalán. Era extraño ver la estancia tan vacía. Todos se metían en sus casas
y cerraban las persianas por el calor, así las habitaciones estaban más
frescas. Siguieron caminando hasta el monte de los médanos. A Pedro le caían
gotas de transpiración por la frente. Clara llevaba puesto un sombrero de paja
blanco, protegía su cabeza del sol tan fuerte. Cruzaron el primer médano y se
quedaron un rato bajo la sombra de unos árboles. Tomaron agua de la cantimplora
y siguieron un poco más. Y ahí estaba, la casa abandonada. Alguien la había
construído hacía mucho tiempo, pero parecía ser una casa clandestina, porque
estaba muy tapada entre los árboles y bien metida entre los médanos. No era un
lugar donde alguien hubiera vivido.
La puerta, cerrada como siempre. Pero las ventanas se
veían abiertas. Así que saltaron y se acomodaron en la habitación más grande.
Volvieron a tomar agua. Pedro sacó de su bolsa dos paletas de colores y con eso
se abanicaron. Cuando se recuperaron de la caminata y del calor, acomodaron los
acrílicos y los pinceles que Pedro sacaba de la bolsa. Cada uno un papel de
dibujo, una madera fina para apoyar. Pedro tarareaba una canción. Al rato,
estaba completamente ensimismado. Parecía no notar la presencia de Clara. Y
ella, se acercó a él y se quedó mirando el espectáculo. Pedro mezclaba colores,
los distribuía en su papel, le daba forma y matices a sus dibujos.
Clara, anonadada. Su hermano mostraba una gran
destreza con el pincel. No dudaba un segundo en elegir el color exacto para esta o aquella parte. Por momentos, se
detenía a mirar la pintura y se quedaba un largo rato con la mirada fija en el
papel. Clara se preguntaba qué pensaba su hermano en esos momentos, qué veía al
mirar.
-¿Hay alguna parte de la pintura que te moleste?
-preguntó, sin apartar la vista de su trabajo.
-¿Cómo? No entiendo.
-Claro, si ves algún matiz que no te gusta, si
cambiarías alguna parte.
-No, creo que me gusta todo.
-Todo el tiempo me lo pregunto , por eso a veces me detengo cuando pinto. Por
ejemplo, tapo este pedacito del papel, miro el resto sin esa parte y vuelvo a
mirar con esa parte. Ahí decido, si pinto arriba o lo dejo como está.
Tomó un papel en blanco y lo fue moviendo de una
esquina a otra de la pintura. Pedro se detuvo en unsector a partede la pintura.
Clara prestó atención al todo sin esa parte. Luego, su hermano destapó ese
pedacito y la miró, le cedía la palabra.
-El árbol está demasiado amarillo. En el pasto se nota
que es verano, por el verde vibrante y el árbol, parece otoño.
Pedro la miró sonriente.
-Es cierto, justo lo que pensaba. Gracias.
Y Clara levantó los hombros y las cejas.Y se acompañó
una mueca de "yo no sé".
Pedro se volvió a concentrar en su tarea. Tomó verde y
azul y los pinceles arriba
y
abajo
en un vaiven hipnotizador. Clara disfrutaba el espectáculo.
De repente, escucharon unos ruidos afuera de la casa. Pedro dejó de pintar,
Clara le tomó el brazo. Vieron en la ventana aparecer unos rulos negros y,
enseguida, una cabeza asomándose.
-Helena, ¡nos asustaste! ¿Qué hacés acá? -Pedro soltó el aire y bajó los hombros.
-Los vi por la ventana de mi habitación, me imaginé
que venían a la casa abandonada -pasaba una pierna y otra por el marco de la
ventana- ¿Qué hacen? -saltó hacia adentro.
-Pintábamos, ¿querés?
-A ver...
Se acercó a la pintura de Pedro, miraba con atención y
asentía. Su expresión era suave, le agradaba el trabajo de su hermano. Luego,
caminó hasta el lugar donde había estado Clara para mirar lo que ella había
pintado. Clara la seguía con la mirada. Frente al trabajo de Clara, Helena primero
sonrió y luego largó una mini-carcajada. Clara sintió otra vez el agujerito en
el pecho. Siguió mirándola, expentante.
-¿Y esto qué es? ¡No se entiende nada!
Helena tomó entre sus manos blancas de uñas rojas, la
pintura de Clara. La ponía del derecho y del revés y seguía riendo.
-¡Es horrible!
Clara se miró el pecho y pudo ver cómo su agujerito
negro iba creciendo.
-Helena, ¿qué necesidad tenés?
Pedro le sacó el papel de las manos y le hablaba. Pero
Clara, ya no escuchaba, porque tenía los ojos en el agujerito negro de pecho.
De repente, se le cayó al piso y Clara se agachó para juntarlo. Pero el
agujerito se metió entre dos baldosas sueltas. Clara levantó las baldosas y lo
vio ahí. El agujerito crecía para abajo, Clara ya no podía agarrarlo. Miró a sus
hermanos, los dos gritaban. Volvió a mirar su agujerito, entonces, crecía para los costados. Clara se
corrió de al lado de las baldosas flojas. El piso comenzó a temblar, el
agujerito se volvía más y más grande. Las paredes también temblaron. Y el
agujerito ya no era un agujerito, era un agujero que se hacía enorme y partía
en dos el piso de la casa abandonada y hacía temblar sus paredes y, luego, el
techo.
Cayó
un ladrillo de arriba y otro. Una antigua lámpara que colgaba del techo terminó
en mil pedazos desparramada por el suelo.
Cayó
una chapa, otro ladrillo. Se levantó polvo y Clara empezó a toser, no podía ver
nada. Pero sabía, el agujero se hacía cada vez más grande. Sintió unos brazos
rodear su cuerpo, su hermano la trajo consigo y la cubrió hasta llegar a la
ventana más amplia. Una vez afuera, la cargó y la llevó a unos diez metros
lejos de la casa.
-¿Estás bien?
Clara asintió.
-Helena, falta Helena. Quedate acá, voy a buscarla.
Poemas
Áspera,
húmeda de las manos
canta en la
hoguera:
explota,
y envuelta
la leña
de humo de
tos
oscurece en
la danza del fuego
encajonado.
Afuera,
colores
vibrantes tiñen
el campo
mojado.
Pronto será la tierra
barro
de
pies
descalzos.
Blanco,
generoso
de luna.
Ya no podés
escapar,
la noche
te ve
aunque
el bosque esté oscuro.
La luz
se
cuela
por
entre
sus
ramas.
Te
sigue.
Sedienta de
besos.
Llega,
te
tumba.
Te mira te adora
tu cuerpo
se aprende
de memoria.
Y tus ojos
de miel,
destilan,
amor.
Y se hunde
el beso en la noche.
Y acaricia
los
montes
blancos,
las manos
suaves,
los bosques
negros.
Y muerde,
la
delicia,
los
frutos
prohibidos.
Luego,
invade.
Rompe,
el
grito
salvaje.
Y llena de
luz,
se enconde,
durmiente,
la noche,
encandila
y
no puede
ya
de
blanco.
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