sábado, 16 de junio de 2012

Textos de Josefina Bravo, 2012




Fragmento de novela en preparación


Clara esperaba con ansia a sus hermanos, ese día llegaban del colegio para quedarse el resto de las vacaciones en la estancia. Había hecho espacio en el ropero, por primera vez compartiría la habitación con Helena.
Llegaron.
Juan levantó a Clarita por los aires.
-Mi chiquita... -la apretó fuerte contra sí- ¿qué tal la escuela rural?
-Me encanta, ¡tengo un montón de amigos! Mora, Ramón, Joaquín, Dora...
Juan largó una carcajada: cuando Clarita empezaba, no paraba de hablar. La miró mientras la bajaba al piso, cuánto había crecido, estaba hermosa.
-Dejame ayudar a Helena con su valija, después me contás.
Clara se le adelantó y se colgó del cuello de su hermana. Pedro, a la pasada, le dio un gran beso en el cachete y le puso una bolsita de tela en la mano. Payanas.
Mientras entraban a la casona, Clara le contó la noticia, ahora duermo en tu pieza, ¡vamos a compartir! A Helena se le transformó la cara.
Colgado en la puerta, había un papel escrito a mano: ¡Bienvenida, hermana! Sin aminorar la marcha, Helena tomó el picaporte y entró en la habitación. Clara casi corría tras ella, trataba de darle alcance para ver su cara. Helena dejó la valija a los pies de su cama y se tiró boca arriba. Clara se sentó a su lado.
-¿Viste la puerta?
-¿Qué puerta?
-La puerta.
Helena miraba por la ventana, el día estaba hermoso.
-No, no la viste. Vení -se incorporó y la tomó de la mano-, vení a mirarla.
-No.
-Dale, yo sé por qué te digo, vení.
Seguía tironeando de ella.
-Te dije que no, Clara, no seas insoportable.
-Pero...
-Pero nada. Buscate algo mejor que hacer y dejame descansar, haceme el favor.
Helena se dio vuelta en la cama y acomodó la almohada. Clara se había quedado parada, la vista en la espalda de su hermana.
-¿Todavía seguís ahí?
Le subió el rubor por las mejillas y se le enturbiaron los ojos. Se dio vuelta, caminó lento hasta el final del pasillo y hasta la cocina y se abrazó al delantal blanco de Ramona. Sin que la viera, se secó los ojitos con el delantal y, cuando se salió del abrazo, Ramona no pudo notar que había llorado. Tenés hambre, preguntó. Y le pasó un pedazo de pan recién horneado. Mientras masticaba, Clara identificó un dolor en el pecho, un dolor, como un agujero.
Besó a Ramona en el cachete y salió de la casa. Mario estaba muy entretenido con las tijeras de podar sobre una ligustrina. Buen día, Clara. Ella levantó la mano a modo de saludo y caminó en dirección contraria. Hizo un trotecito hasta el establo y ahí encontró a Gastón.
-Mirá qué tengo- dijo con la bolsita de payanas en la mano.
A Gastón se le iluminó la cara marrón de tierra. Se sentaron en el suelo, Clara abrió la bolsita y dejó caer las payanas. Son nuevas, me las trajo mi hermano del pueblo. Clara tomó las cinco y tiró, luego eligió una, la tiró hacia arriba y, antes de que volviera a la altura de su mano, ya había agarrado otra y esperaba que cayera la primera -junto a la otra- en su mano extendida. Gastón se había tirado boca abajo y apoyaba el mentón sobre sus brazos cruzados para ver mejor.
-Clara, en la casa van a comer en un rato, estás toda sucia, andá a cambiarte que te van a retar.
Martín la ayudó a levantarse del suelo. Gastón la miró. Sí, te las presto, se adelantó Clara. Y se fue saltando hasta la casa. Pasó corriendo por la cocina, el pasillo y hasta el baño para que no la vieran sucia. Se lavó la cara con agua y jabón y, mientras se secaba con la toalla de mano, se miraba al espejo y acomodaba su pelo. Sacudió un poco el short y decidió ir a cambiarse la remera, estaba demasiado sucia.
Cuando llegó a la habitación, vio sus perfumes, peines, el talco y la cajita donde guardaba la cadenita de oro y los aritos sobre su cama. Helena había acomodado sus cremas, perfumes, peines, hebillas y maquillajes en el mueble del espejo y estaba sentada poniendose rubor en las mejillas.
-Qué bueno, llegaste, tenés que ordenar tus cosas, acá no entraban.
-Pero si sobra espacio...
Helena la miró a través del espejo.
-Quedaba demasiado apretado. Buscate otro lugar, este siempre fue mío.
Clara se dio vuelta y abrió el ropero para buscar una remera limpia. Sus remeras, antes distriubuídas en varios estantes, ahora ocupaban sólo tres y, las de Helena, el resto del ropero. Apretó con fuerza las puertas del ropero y clavó las uñas en la madera. Respiró hondo, sacó una remera y se cambió. En la puerta de la habitación, le llegó la voz de Helena.
-¿Te puedo pedir un favor?
Se dio vuelta y se acercó unos metros a su hermana.
-¿No podrías llevar tus libros de cuento al sótano? Todavía no saqué mis cuadernos y libros de estudio de la valija y voy a necesitar la repisa.
-Vos en el verano no estudiás, yo sí leo.
-Este verano sí voy a estudiar y vos no te vas a leer todo eso.
Clara la miraba con los ojos desorbitados.
-No te hagas problema.
Fue hasta la repisa, hizo una pila con los libros y los cargó al salir de la habitación. Volvió a sentir el agujero en el pecho. Fue a la biblioteca, acomodó los libros -provisoriamente- sobre una mesa en el esquinero junto a la ventana. Tendría que buscarles un lugar.
Entraba mucha luz de afuera, era un día despejado, el cielo estaba muy celeste. Enseguida vio a Pedro, caminaba entre los árboles. Se miraba los pies, luego subía la vista por el tronco de los árboles, las ramas, las hojas. Salió de la casa y corrió hacia él. Al llegar, tomó su mano.
-¿Qué hacés?
-Camino... miro los colores.
-¿Porque vas a pintar?
-No creo, a tía Amelia no le gusta que pinte en la estancia.
-¿Y si vamos a la casa abandonada del médano, nos escondemos y pintamos? ¡Yo quiero!
-Hoy es muy pronto.
-Es que quiero expresar, vos decís que cuando pintás, expresás.
El sol estaba fuerte, hacía mucho calor. Pedro se arremangó la camisa, se sentó a los pies de un árbol. La invitó a Clara a sentarse a su lado.
-A ver, qué te anda pasando.
Clara se miró el pecho.
-Tengo un agujero, acá.
-¿Estás triste?
Clara asintió.
-¿Me querés contar?
Clara vio a Helena salir de la casa y acercarse a ellos. Se quedó callada. Pedro le siguió la mirada, vio a Helena y luego volvió la vista a Clara, que se había abrazado a sus piernas y miraba para abajo.
-Está listo el almuerzo, ¿vienen?
Pedro se levantó y ayudó a Clara.
-Vamos.
Caminaron tras ella. Pedro se agachó y le susurró al oído:
-Esta tarde vamos a la casa abandonada.
El señor Benger ya estaba sentado en la cabecera de la mesa. A su derecha, tía Amelia, su trenza cocida muy prolija y la cara fresca, imposible adivinar que se levantaba primera en la mañana. Juan se había acomodado junto ella. Clara fue a ocupar su lugar, frente a su tía, al lado del señor Benger. Pedro, a su lado y Helena junto a él. Cenaban en el comedor porque no había invitados en la estancia, sino les hubiese tocado la cocina.También se sentaron a la mesa John y Amelita. Llevaban dos años de casados. John se ocupaba de la contabilidad de la estancia, era mucho mayor que ella. Se enamoraron un verano antes de que ella terminara el colegio y él prometió esperarla. Así lo hizo, Amelia terminó y se casaron. Vivían en una casita de la estancia, a unos docientos metros de la casa principal.
                           Se sentaron uno             frente al otro.
Amelita ostentaba una panza a punto de explotar.
-Tengo fecha para principios de Marzo.
Se la veía rosada y feliz. John la acariciaba con la mirada mientras hablaba.
Ramona comenzó a servir el plato del día: Spaghetti a la Bolognesa. El ruido de la olla, de la vajilla, platos ir y venir, las voces de todos los comensales al comentar sobre la comida, el día soleado o quién sabe qué otra cosa, esto era lo que extrañaba Clara durante el invierno, los ruidos de la familia, la alegría del reencuentro.
-¿Tienen noticias de Rosa?
Pedro habló y se metió un bocado de fideos a la boca. Mmm, sabía delicioso.
-Sí, están muy bien en Melchor Romero. El trabajo de Juan es bueno y Rosa se entretiene con las tareas del hogar y teje para afuera.
Así contestó tía Amelia, mientras se limpiaba la boca con la servilleta blanca.
-¿Se cruzan a los locos?
-Sí, dicen que viven en sus casas como el resto de la gente, que pueden llevar una vida normal, tienen asistencia y se relacionan bien con la comunidad. Por ahora, no han tenido ningún problema.
-Mirá qué bien.
-Habrá que ir a visitarla.
-¿Pensás irte allá a trabajar? Ya terminaste el colegio.
-Es una posibilidad...

Cuando todos se preparaban para la sagrada siesta de los días de calor, Pedro pasó a buscar a Clara por su habitación. Tenía una gran bolsa de tela colgada al hombro.
-¿Vamos?
Clara no cabía de alegría. Se había puesto algo cómodo y ya estaba lista para salir. Caminaron un largo rato, se alejaron de La Curumalán. Era extraño ver la estancia tan vacía. Todos se metían en sus casas y cerraban las persianas por el calor, así las habitaciones estaban más frescas. Siguieron caminando hasta el monte de los médanos. A Pedro le caían gotas de transpiración por la frente. Clara llevaba puesto un sombrero de paja blanco, protegía su cabeza del sol tan fuerte. Cruzaron el primer médano y se quedaron un rato bajo la sombra de unos árboles. Tomaron agua de la cantimplora y siguieron un poco más. Y ahí estaba, la casa abandonada. Alguien la había construído hacía mucho tiempo, pero parecía ser una casa clandestina, porque estaba muy tapada entre los árboles y bien metida entre los médanos. No era un lugar donde alguien hubiera vivido.
La puerta, cerrada como siempre. Pero las ventanas se veían abiertas. Así que saltaron y se acomodaron en la habitación más grande. Volvieron a tomar agua. Pedro sacó de su bolsa dos paletas de colores y con eso se abanicaron. Cuando se recuperaron de la caminata y del calor, acomodaron los acrílicos y los pinceles que Pedro sacaba de la bolsa. Cada uno un papel de dibujo, una madera fina para apoyar. Pedro tarareaba una canción. Al rato, estaba completamente ensimismado. Parecía no notar la presencia de Clara. Y ella, se acercó a él y se quedó mirando el espectáculo. Pedro mezclaba colores, los distribuía en su papel, le daba forma y matices a sus dibujos.
Clara, anonadada. Su hermano mostraba una gran destreza con el pincel. No dudaba un segundo en elegir el color exacto  para esta o aquella parte. Por momentos, se detenía a mirar la pintura y se quedaba un largo rato con la mirada fija en el papel. Clara se preguntaba qué pensaba su hermano en esos momentos, qué veía al mirar.
-¿Hay alguna parte de la pintura que te moleste? -preguntó, sin apartar la vista de su trabajo.
-¿Cómo? No entiendo.
-Claro, si ves algún matiz que no te gusta, si cambiarías alguna parte.
-No, creo que me gusta todo.
-Todo el tiempo me lo pregunto , por eso a veces me detengo cuando pinto. Por ejemplo, tapo este pedacito del papel, miro el resto sin esa parte y vuelvo a mirar con esa parte. Ahí decido, si pinto arriba o lo dejo como está.
Tomó un papel en blanco y lo fue moviendo de una esquina a otra de la pintura. Pedro se detuvo en unsector a partede la pintura. Clara prestó atención al todo sin esa parte. Luego, su hermano destapó ese pedacito y la miró, le cedía la palabra.
-El árbol está demasiado amarillo. En el pasto se nota que es verano, por el verde vibrante y el árbol, parece otoño.
Pedro la miró sonriente.
-Es cierto, justo lo que pensaba. Gracias.
Y Clara levantó los hombros y las cejas.Y se acompañó una mueca de "yo no sé".
Pedro se volvió a concentrar en su tarea. Tomó verde y azul y los pinceles arriba
                                                                                                               y abajo
en un vaiven hipnotizador. Clara disfrutaba el espectáculo. De repente, escucharon unos ruidos afuera de la casa. Pedro dejó de pintar, Clara le tomó el brazo. Vieron en la ventana aparecer unos rulos negros y, enseguida, una cabeza asomándose.
-Helena, ¡nos asustaste! ¿Qué hacés acá?  -Pedro soltó el aire y bajó los hombros.
-Los vi por la ventana de mi habitación, me imaginé que venían a la casa abandonada -pasaba una pierna y otra por el marco de la ventana- ¿Qué hacen? -saltó hacia adentro.
-Pintábamos, ¿querés?
-A ver...
Se acercó a la pintura de Pedro, miraba con atención y asentía. Su expresión era suave, le agradaba el trabajo de su hermano. Luego, caminó hasta el lugar donde había estado Clara para mirar lo que ella había pintado. Clara la seguía con la mirada. Frente al trabajo de Clara, Helena primero sonrió y luego largó una mini-carcajada. Clara sintió otra vez el agujerito en el pecho. Siguió mirándola, expentante.
-¿Y esto qué es? ¡No se entiende nada!
Helena tomó entre sus manos blancas de uñas rojas, la pintura de Clara. La ponía del derecho y del revés y seguía riendo.
-¡Es horrible!
Clara se miró el pecho y pudo ver cómo su agujerito negro iba creciendo.
-Helena, ¿qué necesidad tenés?
Pedro le sacó el papel de las manos y le hablaba. Pero Clara, ya no escuchaba, porque tenía los ojos en el agujerito negro de pecho. De repente, se le cayó al piso y Clara se agachó para juntarlo. Pero el agujerito se metió entre dos baldosas sueltas. Clara levantó las baldosas y lo vio ahí. El agujerito crecía para abajo, Clara ya no podía agarrarlo. Miró a sus hermanos, los dos gritaban. Volvió a mirar su agujerito, entonces, crecía para los costados. Clara se corrió de al lado de las baldosas flojas. El piso comenzó a temblar, el agujerito se volvía más y más grande. Las paredes también temblaron. Y el agujerito ya no era un agujerito, era un agujero que se hacía enorme y partía en dos el piso de la casa abandonada y hacía temblar sus paredes y, luego, el techo.
Cayó un ladrillo de arriba y otro. Una antigua lámpara que colgaba del techo terminó en mil pedazos desparramada por el suelo.
Cayó una chapa, otro ladrillo. Se levantó polvo y Clara empezó a toser, no podía ver nada. Pero sabía, el agujero se hacía cada vez más grande. Sintió unos brazos rodear su cuerpo, su hermano la trajo consigo y la cubrió hasta llegar a la ventana más amplia. Una vez afuera, la cargó y la llevó a unos diez metros lejos de la casa.
-¿Estás bien?
Clara asintió.
-Helena, falta Helena. Quedate acá, voy a buscarla.











Poemas



Áspera, húmeda de las manos
canta en la hoguera:
                        explota,
y envuelta
la leña
de humo de tos
oscurece en la danza del fuego
encajonado.


Afuera,
colores vibrantes tiñen
el campo mojado.
            Pronto será la tierra
                                    barro
                              de
                                    pies descalzos.










Blanco,
            generoso
     de luna.


Ya no podés escapar,
la noche
            te ve
                        aunque el bosque esté oscuro.



                                    La luz
                                                se
                                                            cuela
                                                                        por
                                                                        entre
                                                            sus
                                                ramas.
                                                           
                                                                        Te sigue.

Sedienta de besos.
Llega,
            te
            tumba.


Te mira             te adora

tu cuerpo
se aprende de memoria.


                                    Y tus ojos de miel,
                        destilan,

                                     amor.


Y se hunde
            el beso en la noche.
                                    Y acaricia
                                                los montes
                                                blancos,

                        las manos
                                    suaves,

los bosques negros.


                 Y muerde,
                                                la delicia,

                                    los       
                        frutos
                       
                                    prohibidos.



Luego, invade.
Rompe,
            el
                        grito
                        salvaje.


Y llena de luz,
            se enconde,
durmiente,
       la noche,
                                    encandila
                                                y no puede
                                                            ya
                                                de blanco.


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