ELLA ES LUZ
A
punto estuve de no hacer el viaje. Carlos vino y me dijo al pasar, mientras yo
lavaba los platos de la noche anterior:
-Quiero que conozcas a mi
familia.
-Bueno- le contesté sin darle
importancia. A la semana se apareció con los boletos de tren para ir a Tucumán.
Creo que mi cara se puso verde y, después, totalmente blanca. Se río, me dio un
beso en la mejilla acompañado de un:
-Quedate tranquila, mi familia te va a
adorar-.
El
problema es que yo no estaba segura de adorarlos a ellos.
Hasta
ese entonces, no entendía el concepto de familia. Mi viejo se borró cuando
tenía cincos años, después del divorcio. Y mi mamá…. Ella hizo lo que pudo. Sólo
recuerdo las fiestas de mi vieja, deprimida, tirada en la cama, junto a alguna
botella de alcohol. Preferentemente, whisky. Era loca, pero no boluda.
Vivíamos
de la pensión de mi abuela, eso nos alcanzaba para llegar apretadas a fin de
mes. Así que “Fiestas”, de esas con vestido, guirnaldas, tortas y regalos para
los invitados... no, de esas nunca tuve.
Sólo
pensar que debía conocer a su familia, a “toda su familia” me daba alergia. Antes del viaje me salieron
herpes en la boca. Claramente es una
señal, pensé. ¿Cómo voy a conocer a la familia de un tipo con el que estoy hace
6 meses? Un tipo que, al mes de conocerlo, ya estaba instalado en mi casa. Un
tipo dulce, compañero, lindo, inteligente, un tipo que me encantaba.
Sí.
A pesar de que los niños no me gustaban, de que odiaba los viajes largos y de
que mi boca estaba rodeada de herpes, no podía dejar de ir a Tucumán.
Cuando
íbamos en el tren, después de 15 horas de viaje sin interrupciones, en los
vagones recalentados por los 38 grados de sol de enero, me dijo:
-Es
el momento ideal para que los conozcas. El único momento del año en el que toda
la familia se reúne. Ni siquiera para las fiestas podemos estar todos
juntos- y un brillo de nostalgia y
dulzura se reflejo en sus ojos, mientras que su rostro estaba empapado de sudor.
-Pero, ¿qué vamos a festejar?- le pregunté,
semi recostada sobre sus piernas mientras trataba de darme un poco de aire con
una revista vieja que encontré tirada en el vagón.
- Es el cumpleaños de mi prima. El 10 de enero
es su cumpleaños número 36-
-¿Y qué tiene de especial tu prima que todos
se reúnen para festejar su cumpleaños?- lo miré desde abajo con un tono cargado
de desprecio.
-Ya la vas a conocer algún día- sin retirar
el brillo de sus ojos, se inclinó y me dio un beso en la boca.
Finalmente,
ahí estábamos. Después de viajar por tantas horas, no lograba que mis vértebras
se acomodaran una debajo de la otra, sentía una de mis costillas clavada en el
cuello. El tren nos dejó en medio de la nada. Yo no conocía Tucuman, pero pensé
que encontraría un lugar repleto de flores y pastos verdes, ¿acaso no le dicen
“el jardín del país”?
La
estación era una prefabricada de madera con una letrina y un tipo que te vendía
los pasajes, buscaba los bolsos y servía café a los choferes. Después me
enteré: hacía más de un mes que no llovía. El polvo sobrevolaba el ambiente, se
despositaba en la zapatillas y se metía en lo más profundo de los pulmones.
Dolía respirar el aire tan seco.
Empezamos
a andar por una calle de tierra. De a poco, se asomaban las primeras casas en
el paisaje árido.
- ¿Vamos a ir a
pie?- y se dibujó una mueca de fastidio en mi rostro. Desde chica que repito el
mismo gesto sin darme cuenta: el extremo de mi labio izquierdo se tuerce
levemente hacia abajo. Mi abuela siempre decía que mi papá hacía lo mismo
cuando algo le molestaba. Por lo menos, había heredado eso de él.
- No, ahora va a
pasar el 60 especialmente a buscarnos- se rió y siguió caminando. Y otra vez
apareció mi mueca.
No
sé cuántas cuadras habremos hecho a pie. Pero, en un momento, unas nenas- de
unos 7 u 8 años- salieron de una de las casas, directo hacia nosotros y me
abrazaron.
-Tía, tía- gritaron. Carlos tiró los bolsos al
piso y las levantó a las dos.
- ¡Tío Carlos,
llegaste! La abuela te está esperando- dijo las más grande de las nenas,
mientras no paraba de saltar y de tirarse sobre nosotros.
Debo
confesarlo: no fue el recibimiento que espreba. Entramos en una casona vieja
venida a menos, todo era muy humilde. Una anciana, de piel muy oscura, cara
redonda y regordeta, nos esperaba con unos pastelitos caseros de membirllo y unos
mates dulces.
- Ella es Luz,
abuela. Luz , mi abuela Nieves- se saludaron con mucho cariño y, después, la
vieja me abrazó como si me hubiera esperado de toda la vida. Era raro, quien
llegaba parecía conocerme desde hace tiempo. Las tías de Carlos, las primas,
los sobrinos, sus hermanas. No sé si fue la simpleza de esa gente o la calidez
con la que se trataban, pero enseguida comencé a respirar confianza y las
vértebras comenzaron a acomodarse solas.
Los
hombres fueron a prender el fuego y a preparar el asado. Las mujeres estaban en
la cocina. La tía Pepa estiraba la masa de las empanadas, mientras su hija Sandra hacía el relleno de carne
picada, cebolla, aceitunas y pasas de uva; la hermana de Carlos, Miriam, pisaba
el membrillo con vino tinto para hacer pasta flola; su sobrina, Lourdes, era la
encargada de cebar los mates, mientras las demas cocinaban; las más chicas
decoraban el patio con guirnaldas y globos. Y
mi suegra resultó ser adorable.
Tenían
todos la msima cara angulosa. Era gracioso verlos juntos,
parecían impresos con el mismo molde: morochos, de pelo oscuro, piel gruesa
curtida por el sol y pómulos bien marcados.
Carlos ese veía muy delgado, pero los demás en su familia tenían resto
suficiente para pasar el invierno.
Entre
historias familiares, chismes sobre gente que no conocía- y posiblemente nunca
fuese a conocer-, mates y mucha comida, había olvidado por completo el motivo
del viaje. En un momento, Nieves, de manera urgente:
- Dulce, me
alcazas la leche- sin moverse de su silla y con
las manos llenas de harina.
Cuando
abrí la heladera, ahí estaba. Una fuente gigante, cubierta por un repasador
blanco. Aunque más bien parecía un pañuelo de seda. Cuando agarré la leche, la
tela blanca se cayó y dejó al decubierto una torta llena de confites, pepas de chocolate y la frase:
“Feliz cumpleaños,
Victoria”.
No
era buena para memorizar rostros, pero sí me acordaba los nombres y los
apellidos de toda la gente conocida. Podía repetir sin pausa la lista
completa de mis compañeros de primaria, secundaria y de
los trabajos a lo largo de mi vida.
-¿Cuándo
llega Victoria?- un silencio se dibujó en la cara de todas las mujeres en la cocina, salvo en la de Nieves
- Victoria no va a
llegar hoy, pero vamos a festejar su cumpleaños. Algún día va a estar entre
nosotros- me dijo la vieja sentada en la silla.
Quedé perpleja.
¿Quién
era Victoria?
¿Por
qué festejábamos el cumpleaños de alguien ausente?
Por
un rato permanecí en silencio. No quería volver a incomodar a nadie. Aunque,
confieso, me asusté un poco.
- ¿Esta gente
estará loca o sólo será supersticiosa?- pensé, mientras me comía el tercer
pastelito de membrillo. Talvez Victoria era alguna santa de Tucúman, aunque lo
desestimé al no ver un solo crucifijo o
santo por toda la casa.
Decidí ir a sentarme en el
patio. Nunca vi una puesta de sol tan limpia y hermosa. El cielo se tiñó de
naranja y luego de rosado, los celestes
fueron volviéndose más intensos, hasta que un manto azul profundo cubrió el
espacio por completo. Las mujeres abandonamos la cocina y todos nos sentamos
bajo la luz de los faroles y las estrellas. El festín daba su comienzo con
música, vino, empanadas, tartas, asado. La comida no paraba de servirse.
Por un instante
me olvidé de Victoria, aunque los regalos acomodados en un costado del jardín reavivaban
mi curiosidad. No me animaba a preguntar.
En un momento de
la noche, vi salir de la cocina a la
mamá de Carlos con la torta en sus manos y la velas encendidas. De inmediato,
se apagaron las luces y todos comenzaron a cantar el feliz cumpleaños. No sé si
fueron los vasos de vino, pero no pude tolerarlo.
- ¿Quién es
Victoria? ¿Por qué le cantamos el cumpleaños a alguien que no está presente?-
Todos miraron para abajo, excepto la vieja. Ella seguía con la mirada firme en
la punta de la mesa.
- Victoria es mi
nieta, no sabe que hoy es su cumpleños y posiblemente no sepa que se llama
Victoria. Hace treinta y seis años que todos la esperamos y vamos a seguir
festejando su cumpleaños porque en algún momento ella va a volver
con su familia- Levantó una copa de vino
De inmediato,
una sucesion de imágenes o fichas que caen todas juntas: el pañuelo blanco sobre
la torta, los 36 años, el nombre Victoria. Todo tenía otro sentido.
Levanté mi copa
de vino y vi mi rostro reflejado en el vaso. Tenía la piel oscura, los pomulos
angulosos y la cara redonda. Con lágrimas en los ojos, brindé con la vieja.
-
No hay comentarios:
Publicar un comentario