LA ABUELA
Lo dominaba todo.
La recuerdo alta y erguida.
Las trenzas sobre su cabeza tejidas en hebras del alba. Por la tarde, se
deslizaban hacia la espalda. Caían, entonces, como cataratas de cabello, hasta
la cintura. Luego sus manos volvían a tejerlas y encaramarlas sobre la
coronilla. Quiso la muerte encontrarla sin su escudo y, unos días antes, unas
tijeras frías y ajenas, indiferentes a sus lágrimas, las cortaron. Se repitió
así la historia de Sansón y, despojada, murió de cabellos cortos, desconocida,
distante.
Antes, había dirigido la
familia con mano segura. A los cuarenta y ocho años la vida le había dejado la
cama vacía, cuatro hijos y unas cuántas deudas. Cosió, resignada a sus deseos y
sus angustias, los ató con cada hilo, inmóviles, en la tela y siguió adelante.
Fue modista y sombrerera. Y así entregó sus dones a otras. Ellas los portaron
sin adivinar el dolor y la soledad, pero también la firme determinación que los
atravesaban.
La abuela había sido muy
hermosa. El sol se demoraba en los reflejos de sus rizos claros. Los ojos
grises, pequeños y alegres, dejaban adivinar una inteligencia fuera de lo
común. Reían casi siempre, pero la furia
los transformaba. Se volvían dos bolitas, frías y duras como el acero, capaces
de hacer callar a cualquier hombre y hacer derramar lágrimas a cualquier mujer.
Hacia el final, la vida la había ablandado un poco. Le restó altura. También le
deformó las manos. Sin embargo, con la aguja de crochet, recobraba el vuelo.
Pinchaba el tejido con precisión y pescaba las lanas azules, anaranjadas y
amarillas. Fruncía su entrecejo en interminables colchas para sus nietas.
Fue actriz de nacimiento.
Las canciones de la zarzuela eran arroyos frescos de voz y se derramaban ante
la mirada asombrada de sus amigos del barrio, allá en Madrid. Estaba a punto de
alcanzar su sueño, ya con un pie en la compañía de teatro, cuando la autoridad
de su hermano mayor le cortó el hilo. La embarcó, sin más trámites, para “la
América” con una valijita y una carta de recomendación. Por estas costas la
esperaba, como a una promesa bien tejida en el país natal, mi abuelo, acreedor
del premio, sólo por su amistad con su futuro cuñado.
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