martes, 19 de agosto de 2014

El color de las flores, un texto de Gabriela Ramos, agosto de 2014



El color de las flores

A los dieciocho, se había puesto de novia con el más deseado de la escuela secundaria. Se interesaba mucho por la lectura, le gustaba leer esto y aquello con mucha curiosidad. En la plaza del centro habían golpeado a un adolescente con furia. El abuelo entonces era concejal y ella lo quería mucho.
Yo, a mis quince, perdí mi virginidad, estaba muy curiosa por saber de qué se trataba y no me causó placer hacerlo. Más me daba miedo saber que de eso se trataba, algo superficial, nada  que ver con mi fantasía. Llegó un día en que ella se fue de viaje a Europa, becada. Allá había mucho por descubrir y le esperaban  desafíos. Su padre la extrañó durante años, aunque ella le escribía una vez por mes. Siempre los secretos de la familia me causaron intriga y al mismo tiempo me costaba armarlos de modo comprensible. Un día encontramos fotografías viejas y un libro de poesías de un tatarabuelo. Mi abuela era la más hermosa de la familia: alta, delgada, rubia, piernas fuertes. Todo en ella brillaba y era muy buena, aunque un poco estricta. Un día tomé el tren y vi a un hombre en las vías, muerto, destrozado. Era muy triste  pensé, al tiempo que sentí terror a la muerte. Esa familia estaba dispersa por todo el mundo.
Hubo una feria en la que podía consultarse la ascendencia, pero yo andaba entre mis juegos y aventuras en el barrio con mis amigas. El doctor había dicho: sólo debía tomar la medicación. Un día  miró a su madre con tristeza, lamentaba un poco haberse ido tan lejos, haber discutido tanto, aunque afuera le habían pasado cosas muy buenas. Mi abuela me compraba todo cuando iba a verla. Pantalones, camisas, pulóveres. Era mi segunda mamá, sin embargo, me malcriaba demasiado.
            Quedó embarazada a los treinta y ocho años. No estaba en su país y ya había vivido lo suficiente como para decidir tener un hijo. Jacinta, mi abuela, había vivido lejos de su madre durante toda su infancia y eso  hizo que odiara a su hermana menor, quien nunca había perdido contacto con su madre. En el barrio pasaban cosas extrañas. Íbamos descubriendo el mundo de manera algo azarosa y desordenada. La experiencia dela escuela no era la misma de la del barrio y esa no era la misma de la de los medios. Por otra parte, estaba la lectura y las películas, de modo que la realidad tenía forma de diamante. Por un lado, ella se había ido para estar lejos de sus padres, por otro, lo había hecho como un reto. Se desafiaba a sí misma.
            La abuela se enfermó de Alzhéimer. Toda la familia se entristeció. En el barrio siempre había olor a sahumerios y tiendas de sirios, judíos e indios. Un día fue a la escuela con un vestido de color rosado satén y todas sus compañeras se rieron. Siempre que se acuerda se pone colorada y se ríe de sí misma. Él había terminado el secundario para comenzar su carrera de físico o ingeniero. Nunca pudo recibirse, pero hizo un viaje a África por cuestiones laborales. Sus hijos eran altos y elegantes cuando los conocí. Un día ella fue a su habitación y encontró una caja de lata llena de cartas de amor de su madre. No quería leerlas, sin embargo, no se contuvo y lo hizo. Lo sabía: su madre no iba a entender y sentía una angustia tremenda.
 El novio me duró dos años. Luego, sufrí mucho. Mis amigas me acompañaban a la vuelta de la escuela y hablábamos horas y horas. Un papel amarillento se escondía bajo el parquet, nunca supimos qué era, estaba prohibido leerlo.
            Mi abuela murió de una infección urinaria. Aún hoy, cuando siento su perfume, suspiro con una gran tristeza. Mis amigas ya no eran las mismas.
            Ella volvió a la Argentina en 1984. Él se separó de su familia al regreso de África. Mi abuelo murió en los años setenta. La infancia quedó lejos. En el cementerio toqué la lápida con resentimiento. Pasaron los años y todo cambió tanto, como si no se tratara de una vida, sino de dos o de varias.
            Caminaba con mi abuela por la cuadra del centro del pueblo. Ella me regalaba flores color magenta. Las flores del jardín eran de varios colores. Al bajar de la escalera del garaje se mostró ante su padre con un vestido blanco, cumplía quince. Las alacenas eran de lata amarilla, corrían los años sesenta, su padre le mostraba su revólver al hijo. En los años de Perón salió a la calle y apuntó con él a un soldado. Entre la hiedra, un ratón corría, parecía una paloma, gris, ella quería atraparlo, tropezó con una maceta roja.
            En las historias familiares no hay nada tan cierto ni verdadero como parece, salido de una película, son retazos de relatos contados tres, cuatro o una sola vez.
            Su tía abuela le había contado que su marido cubano la había engañado con su hermana por años. Las dos vivieron en la casa de caballito hasta que les llegó el final. Hacía veinte años que el cubano había muerto.
            El color de las flores se ve sobre lápidas, floreros, jardines. También en el desierto.

viernes, 15 de agosto de 2014

Los sueños que no son, por Juan Carlos Pedot, agosto de 2014

Los sueños que no son

                   Muy preocupado por los sueños.   Es condicional que a las grietas de nuestras vidas- conseguidas o regaladas, a las que no quisimos tocar, a las que no les dimos importancia para bien atender-  les esquivemos el bulto. Igual, cicatrizan con los años. De un tiempo a esta parte  los sueños me preocupan, no sé cuándo aparecen, mezclan el pasado con el presente, con absoluta tranquilidad, con total arbitrariedad. Y está bien, porque los sueños sueños son. Augurar un futuro previsible es solo lotería, su única verdad es quizás un deseo, pero casi nunca son verdades verdaderas.
          Habrá un camuflaje para entrar, sorprender a nuestros sueños e interferir para que la atadura  emita señales sin código, para manipularlos a piaccere o, por lo menos, para despojarlos de un sabor amargo o que terminen bien y festejar con champán.
         Que la angustia o la felicidad o la suerte o la mala encuentren un puerto donde descansar o donde reaprovisionarse y seguir un derrotero cierto sin perder  su esencia  de  fantasmas  o- cuándo no- la presencia de la parca.
          Me ejercité, me preparé, repasé inconsciente o consiente. ¿Cómo podría  navegar en mis sueños?  Como pequeño bote a vela impulsado por un viento cálido y amigo de un demiurgo que lo direcciona y  soy yo mismo. Un día no determinado, dormido, me colé en mi propio sueño. Debía ser una intromisión. En la vida real, sin  referencias, sin puntos cardinales y sin medir el tiempo, no podríamos vivir, pero en sueños  a lo sumo valen las notas de sonidos, música, color,  aroma y sabor,  hologramas  de pasajes por vidas propias o ajenas, que en la vigilia dan igual. Sin  clivaje en la propia historia que el sueño elige, como si fuera un juego de dados con números infinitos, cuyo lanzamiento se ha dado vaya a saber uno en qué partida.
         La oportunidad fue   durante una mudanza, con el malestar que estas situaciones traen, cuando todos los muebles estaban cargados. Entonces, el camión partió.  Estaba allí, solo  en la casa vacía, sabía que era un sueño, eso era bueno. No quería vivir más en esa lúgubre casa. Yo me encontraba en ese lugar para elegir dónde vivir, para que alguna vez lo aleatorio del azar fuera derrotado. Claro, sería más  legítimo tener barajas elegidas en el caso  de los sueños.  
Cuando traté de interponerme y dirigir, se mezclaron todas las viviendas, estaba perplejo, no sabía dónde vivía  y ya no podía salir de la casa que era una y eran todas. Indagaba  la dirección real y no la encontraba, nada se ajustaba a un registro catastral conocido. Me era familiar y a su vez no encontraba el barrio, la vivienda no tenía una ubicación cierta. Las tinieblas  de no saber ni el lugar ni calle terminaron en un encierro contra mi voluntad en  el vacío.


Advertí que fracasé. El sueño me dirigía a mí.

Prosa poética, Hombre de lluvia, por Roberto Aguilar, agosto de 2014

                                                     Hombre de  lluvia


Bajo una nube blanca, el viento del sur se metía en mi cabeza, ojos, oídos. Abría mi boca en una sonrisa con sus relámpagos luminosos. Me resquebrajaba y movía de un lado para otro. El cielo más negro que, en la última pena subía en forma de rayos, caía y partía mi cuerpo en filamentos. El viento envolvía mi cintura. Giraba. Y la cola del diablo se metía, se metía. Mis piernas iban hacia atrás, al centro, hacia adelante sobre dos zancos sostenidos en el vacío. Se hundían en la capa de barro del suelo. Pero, en una gota de aire abierta, el inmenso espejo de agua aparecía en el camino de piedras. Andaba y desandaba invertido al ras del abismo, en lo profundo de la tierra oscura, llena de uvas chinches. Soplaba el azur dentro de mi pie derecho. Por el agujero del zanco crecía el tallo de una flor cerrada. Se erguía azulina, de chanfle, transparente. Yo la regaba, acariciaba suave, muy suave hasta el cielo cargado de reflejos rotos. En lo alto explotaba en lluvia. Horda de pájaros húmedos sobre la danza de una nube negra.

lunes, 11 de agosto de 2014

El mago del subte, por Juan Carlos Pedot, agosto de 2014

El Mago  del subte

 

 Ese domingo, tenía el compromiso de traer a Malena, mi nieta, a casa. Yo andaba entre mucha, mucha gente,  un quilombo de aquellos. El punto de encuentro era   el acto en  Plaza por el 25 de mayo. El lugar estaba desbordado una muchedumbre exultante. En el escenario, León Gieco y muchísimos artistas. Un verdadero jolgorio. El kirchnerismo nos ha devuelto la alegría con esos actos masivos que te hacen vibrar. El arco nacional de la música, folclore, rock y tango, un baile de multitudes a cielo abierto: un desparramo de energía te envuelve, te arrastra. Ser ajeno y neutral en ese mar de humanos en medio del placer es imposible. Creo recordar, de cuando niño, algún acto por el estilo, donde desfilaron carruajes y gauchos, en las fiestas de la vendimia. Desde esa época, me ha quedado esa unción hacia los verdaderos actos populares, como  hacia algo sagrado. Entonces, los dioses bajan y se mezclan con el hombre de a pie. El pueblo se vuelca a las calles y el motivo de la convocatoria pasa a segundo término.  Todos somos uno solo  en una  sola presencia.
El acto se extendía. Luego vendría la complicada desconcentración. Nos adelantamos, antes del fin. Como un pliegue  de una escena- escenario de dos fases- nos internamos en el subsuelo de la plaza. Había quietud en la estación donde  arranca el Subte A, solo un bullicio leve por  las vibraciones desde el techo. Nos sentarnos cómodamente en el vagón semi vacío que se fue llenado en las siguientes paradas. A mitad del recorrido, un muchacho de unos 27 años más o menos se instaló en el centro del vagón. A voz en cuello llamó la atención del pasaje y dejó en el suelo una caja profesional. Se presentó como el verdadero “Mago de Subte”. Se despachó con un stand-up de sucinto y curioso argumento. En resumidas cuentas, él se presentaba como producto de la evolución del hombre a grandes trazos, con sus defectos y virtudes , sentenciaba: el saldo es positivo, vamos bien. Lleno de irreverencia y desenfado, salpicaba la vida con un poco de magia, que afirmaba en un tono irónico. Resultaba hasta cómico que asumiera la postura de encubrir o descifrar, a través de la magia, los procesos históricos. Terminó su discurso con una frase contundente:
- Soy el mejor mago.
Cuando me retiré, agregó imperativamente:
- Todos, a coro empiecen, a cantar: mago, volvé –
 Después de las carcajadas, desplegó su magia: agitó al aire cuatro pañuelos. El azul en vuelo mudaba al amarillo; el rojo, con una pirueta, al verde. Se retorcía el blanco para hacerse negro, regurgitaba un naranja y tornaba en violeta. Ante la atónita mirada de los ya no tan extraños, hubo aplausos. De a poco ganaba - mago verdadero o no-, nuestro reconocimiento. De sus  manos explotaron petardos que se transformaron en flores. Luego, se las regaló a algunas damas.
Aplauso cerrado.
Dio a dos  a elegir dos cartas de un mazo de póker, una de ellas a mí. Le mostré secretamente a Malena el 5 de corazones y no recuerdo la otra. Barajó las cartas, misteriosamente, las dos  seleccionadas aparecieron.
Aplausos.
Más de treinta ojos escudriñaban movimientos de las manos del prestidigitador. El que no sabe de truco,  realizado con esta prolijidad de cirujano, nunca  descubriría el yeite.
Finalizó  con una advertencia:
-          Soy el verdadero “Mago del Subte”, les pido que estén atentos.
Cuando el hombre ya cruzaba al contiguo vagón,  de espaldas al público, se escuchó la voz pristísima de una muchacha que rompió la mudez:
-“Mago, volveeé”. Al unísono, un espontáneo coro, al que se acopló mi nieta, repitió:
- “Mago, volveeeeeeeeeeeeeeeeeeé.”

 El grito se esparció por los túneles de los subterráneos de Buenos Aires. Se mezclaba en ese grito la algarabía de la plaza con la intensidad del mago.

viernes, 25 de julio de 2014

Escritura fragmentaria, "Epígrafes post mortem para un cuento apócrifo", gran trabajo de Roberto Aguilar, Julio de 2014

                  Epígrafes post mortem para un cuento apócrifo (*)
                  

                                                                            “Esta pared de madera que toco, muy
                                                                             lLejos del mundo, está congelada igual a
                                                                           tu  alma ahogada en la noche.”
                                                                                                                    Maupassant

                                                                             “Nunca conocí el amor. Viví en la deso-
                                                                             lación. Me deportaron a una catacumba
                                                                             alemana.”
                                                                                                  Nietszche

                                                                             “Las idas y vueltas a mi patria sin ley:
                                                                              un estar en el desierto, entre inmortal-
                                                                               les.”
                                                                                              Kafka

                                                                              “Fui niño y lo seré por siempre, con un
                                                                               corazón en la mano. Escribo memorias
                                                                               de terror. La biografía de tu muerte, de
                                                                               mi vida.”
                                                                                               Poe


                                                                               “Espero a la policía en el medio de un
                                                                               diluvio nocturno y medieval. Me con-
                                                                               ducirán al cadalso. Antes quiero no
                                                                                rezar, hundirme en el alcohol.”
                                                                                                                            Bukowski

                                                                                                                
                                                                             
                                                                                “¡Cuántas horas pasé entre estas cua-
                                                                                 tro  paredes, con una taza de mate  
                                                                                 cocido amargo entre las manos! La
                                                                                 luz de la vela fue un barco a la deriva
                                                                                 entre los bordes metálicos de este
                                                                                 mar de medianoche. La ventana a-
                                                                                 abierta de mi cuarto quiere ponerle a-
                                                                                 las a la niña de mis ojos. La libertad
                                                                                 me quema. Muy pronto la niña caerá
                                                                                 como una estrella furtiva.”
                                                                                                                        Lautréamont
                                                                                 
                                                                                   
                                                                                  
                                                                                 
                                                                                 “No conozco la prisión. Vivo en ella”

                                                                                  “A vos te escribo: esqueleto, amigo
                                                                                  de lo negro.”
                                                                                                        Dostoyevski.

                                                                                  
                                                                                “Todo lo hago, lo esculpo sobre esta
                                                                                 piedra oscura: tu alma, músculo, piel
                                                                                 corazón, mi memoria.”
                                                                                                                            Rodin


       “Voy a hablar de lo que no se puede decir. Voy a hablar de la muerte. Tengo mucho para contar, mucho para reír.”      
                                                               Anónimo

        “Soy fuego que se apaga. Soy el abismo por donde se pierden las palabras”
                                   
                                                              Anónimo

      “¿A dónde debo ir? ¿A dónde debo emigrar después de este holocausto de mí en vos  sin yo?”

                                                             Anónimo



       “Quemarme como a un papel es lo mejor que pudiste hacer en el medio de la noche: soy ceniza de tu rosa de los vientos.”
                                                               Anónimo


        “Estás hecho a mi forma sin palabra, medida del agua profunda y superficial: (…)”

                                                             Anónimo



      

                                                        Pueblo fantasma
                                                                                         “Soy la llama que ilumina todo
                                                                                         en olvido y no dice nada.”
                                                                                                                               Lucifer

       Había una vez una joven muy pobre del pueblo-, pero valiente-, y un príncipe ciego extraviado en el medio de la noche, cerca de un precipicio. El hombre iba distraído con su pensamiento perdido en Dostoyevski, Nietszche, Maupassant, Ducasse, Kafka, Poe,  Rodin, Bukowski, Lautréamont, y, sobre todo, en la muerte de su pueblo por la guerra perdida contra el extranjero. Fue entonces cuando. Auro tropezó con una piedra y se cayó al abismo de su mano izquierda que cubría toda su frente. Sin embargo, abajo lo esperaba la palma derecha de la doncella extendida como la tinta sobre el papel blan- co. En esa fosa se conocieron. La mano no llevaba guante ni anillos, sólo era una tum- ba abierta a los saludos, flores y epígrafes de cualquier persona que pasara por allí. Entonces, las canciones y frases de las almas en pena cayeron como la tierra sobre los cuerpos, bocas y ojos de los enamorados. El príncipe y la joven nunca despertaron con la luz del sol, pero sí en los sueños de libertad de su pueblo, en el cuenco de una fuente nacida del epitafio de la noche.

                                                           Leopoldo Lugones 

                                                                            


(*) Los nombres citados no pertenecen a ningún hombre en particular, son simples homenajes a lecturas.

domingo, 20 de julio de 2014

El fin de un romance, por Juan Carlos Pedot, julio de 2014

Marcelo estaba embobado y a la vez totalmente inseguro. La esperaba los viernes a la tarde, a la salida de la tienda donde trabajaba Silvia como empleada. Le parecía mentira haber ganado el corazón de esa muchacha tan bella, portadora de unos ojos de  un color indefinido entre el celeste y el verde, rodeados de un bosque de pestañas arqueadas.  Si sostenías la mirada, esos ojos te subyugaban. Marcelo no estaba totalmente convencido  de ese amor, no lo podía creer.     Más, cuando las otras empleadas, compañeras de Silvia, lo veían salir tomados del brazo  él se suponía que murmuraban ¿Qué le habrá visto a este tipo?
         Ensimismados... campantes... Ajenos a cruzar la acera, se alejaban rumbo al centro donde se encuentran los cafés, las confiterías.  A dos cuadras doblaban por la av. Principal, como si el tiempo se hubiera detenido, absortos caminaban mirando las vidrieras,  lentamente la noche envolvía a  la ciudad. El recuerdo más nítido  es de cuando se alejaron por la peatonal y recalaron en el barcito chiquito y coqueto frente a la plaza-parque independencia. La vista atravesaba los cristales y se perdía entre los árboles. A escasas cuadras,  la pensión donde alquilaban habitaciones a las parejas. Las piezas alquiladas  daban a un patio lleno de plantas perfumadas. Él se calificaba a sí mismo como un ganador de primera línea, más dudaba, más se enamoraba. Silvia estaba acostumbrada a los halagos, eran naturales, nació bella, la más linda de la primaria, igual en la secundaria y reina del carnaval  del Distrito. El verso con ella no iba, no se deleitaba con la zalamería barata. Justamente la conquistó en unos de esos bailes que se hacen en el club  la Cieneguita de Panquehua donde ella fue la estrella de la noche.
         Ella  había correspondido a ese amor quizás al verlo tan enamorado,
            Le había echado el lente antes de que él la registrara, fue en  una cena  en el círculo periodista, él estaba acompañado.
         Cinco años de buen romance. Luego...se fueron a vivir juntos y allí empezó la debacle.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
         Esa noche no lo esperó.
 En el horno  tenés un plato de ravioles- dijo Silvia, cuando entró a la casa.

         -Sabes que los martes pasó por el Club- y él puso cara de nada.
-Es historia vieja, ya me cansé.- y la piel le envejeció años en un instante.- Cenas  en lo de tu madre, sin avisar. Nunca sé si Doña Elvira está con los achaques, si son inventados por vos, por ella o por los dos. A la “mama” nunca le caí simpática, bueno esa es otra, donde siempre quedé pagando, ya tampoco importa.
         - Sabés que el único que le da pelota a la vieja soy yo- Como afligido
         -Esto no da para más, mañana me vuelvo a lo de mis padres,  en este momento es el único lugar al que puedo ir, ya lo discutimos, refutó Silvia.

         A la mañana Marcelo llamó a la oficina, se tomó el día por enfermedad. Si bien no la podía retener, quería verla partir, quizás por última vez. La suerte estaba echada, la rutina -según él- había consumido el amor. El destello se esfumó, por esa puta costumbre que algunos hombres tenemos No más “a brillar, mi amor”.

La observó calladamente vestirse con esa prolijidad sin apuro, sin tiempo que la caracterizaba y que a él le molestaba. 

         Le costó a Silvia salir con la valija, de la frustración, atropelló la mesa, el portazo fue toda una contestación.

jueves, 17 de julio de 2014

gran poema de Lourdes Landeira, julio de 2014

La palabra no dicha
Cómo sin nombrarme
 hablar
 sin la implacable
el hueco de mis venas
 completa
 mi sangre  torrente
o ellas, las venas
ella, la sangre
en curso
bajo esta piel
divisoria de aires
 afuera y
                                                               yo.