martes, 20 de mayo de 2014

Los años de la duda, un texto de Gabriela Ramos, mayo de 2014

Los años de la duda
Eran cinco hermanos. Uno había muerto de neumonía en un hospital prestigioso porque los médicos nada habían podido hacer. Los cuatro hermanos restante se dejaron de ver luego de esa muerte: Roque se metió a trabajar de periodista en un diario; Luis, en un hospital de provincia como radiólogo, Jorge como humorista en una revista conocida y Patricio entró en una escuela, de portero.
Roque trabajaba de forma exigente, sus dedos callosos se fundían en la sombría oficina del diario, tecla por tecla, su mirada en la opaca pantalla de la computadora, sus pies tiritaban cuando la angustia crecía como los papeles sobre los escritorios.
Los hermanos no se vieron, no se hablaron, no se pensaron. Pero sí, los cuatro sentían un dolor en el pecho difícil de aguantar. Roque comenzó a tomar güisqui todas las noches; Luis comenzó a inyectarse anestesia; Jorge, a fumar marihuana y Patricio, a tomar clonazepan.  Las vidas de los hermanos se volvieron muy duras y en la piedra más maciza quedó anclada la muerte del hermano Raúl, como una espina de mucho filo. Todos los días, cada uno iba al trabajo, pagaba las cuentas, comía comida rápida, tomaba sus drogas y salía a tomar aire por las noches cuando el dolor se volvía agudo.
Cuando Luis se inyectaba, su piel se volvía traslúcida como el líquido de la jeringa, sus ojos insulsos y tristes como los azulejos de las salas de radiología. Él respiraba hondo el aire contaminado por los líquidos antibacteriales que repartían las mujeres de limpieza del hospital y los enfermos se erizaban en la piel de Luis y en sus pasos, pesados como la tristeza de los parientes y amigos en espera, hundidos y duros como el cemento del Hospital.
                Roque se enamoró de una locutora de radio. Luis tuvo un hijo con una mujer a la que no amó nunca;  Jorge se puso en pareja con otro hombre porque ambos se admiraban mutuamente y compartían el amor por el humor; Patricio se enamoró de su trabajo y de cuidar a los chicos de la escuela.
                Patricio engordó a medida que iban pasando los años, como una galletita en el agua, su cuerpo creció y su tristeza se hizo grande como el vacío de las aulas cuando los chicos se iban, como un reloj de arena que dejaba la marca del vacío de una hora.
Jorge era delgado, se vestía de modo que jugaba bien con las luces de neón de las noches de Constitución. Su rostro brillante como el reflejo de la luna sobre las baldosas, su paso fugaz, como el vuelo de un murciélago de una plaza de pueblo en la que no hay nadie, su angustia tan grande como la incertidumbre de que hay un cielo que jamás veremos de otros modos. Su espalda, como el caparazón de los años de la duda.
                Roque sufrió un desengaño amoroso, nunca se recuperó y nunca más pudo creer en el amor, hasta se aseguró que no sabía de qué se trataba; Luis cuidó de su hijo durante cuatro años, pero antes que el chico cumpliera los cinco le prohibieron verlo, ya que se corrió el rumor sobre su adicción a la anestesia;  Jorge sintió el amor en lo más profundo de su ser y conoció la felicidad; Patricio murió del corazón antes de cumplir los veinte años de trabajo en la escuela.
                A los tres años de la muerte de Patricio, Roque decidió buscar a sus hermanos. Lo primero que encontró fue que Patricio estaba muerto. Jorge se había ido a México con su amante, así que sólo pudo ver  a Luis.
                Se encontraron en un bar cerca del Puerto. Roque pidió un güisqui y Luis pidió un agua mineral sin gas. Hablaron poco. Se miraron con tristeza infinita. Sintieron una angustia muy fuerte y pudieron comunicar muy poco con palabras.
                Luis murió de sobredosis un dos de mayo del año dos mil seis. Roque se mudó a un barrio residencial y vivió una vida de lujuria y desmesura.
                Jorge volvió a la Argentina en el año dos mil trece. Estaba entusiasmado, con su pareja querían adoptar a un chico, contentos porque  podían casarse.

                Jorge nunca se enteró de la muerte de Patricio ni de la de Luis. Jamás volvió a ver a Roque. Pero llevaba una espina de hierro en el corazón, la que le permitía amar con locura  y sufrir intensamente.  Cargó en el caparazón los años, la duda.

lunes, 19 de mayo de 2014

La máquina de coser, primer texto de Virginia Saavedra en el blog, mayo de 2014

La máquina de coser
Todo empezó cuando, sin pedirlo, heredé la máquina de coser de mi abuela. Luego de largas conversaciones con mi padre, interminables charlas telefónicas con mis hermanos, llegó a mi casa ese artefacto.
Nunca habíamos tenido un  vínculo fluido con ese lado de la familia y mucho menos desde que se murió mi mamá. Me llamó la atención que quisieran dejármela a mí. Pensaba que mis mezquinas tías podrían quererla o incluso valorarla más que yo.
                Un día llamó mi papá y me lo dijo.  Yo no la quería. Discusiones. Sí. No. No quiero. No me interesa. Listo. La máquina sería mía.
El día en que me la trajeron, me sentía muy incómoda. La máquina no se acomodaba a la decoración del departamento, era antigua y muy grande o más de lo que yo esperaba.  Una vieja Singer. “Es muy buena. No entiendo por qué no la querés”,  me decía mi papá por teléfono. No sabía en qué rincón ponerla y, como no me interesaba tanto, ni bien la entré, la dejé al lado de la puerta.
Esa noche tuve pesadillas. Soñé algo horrible que ni inmediatamente después de despertarme ni al rato, ni días más tarde podía poner en palabras u ordenar en mi cabeza. Pero seguro tenía que ver con la máquina de coser. Me desperté angustiada en medio de la madrugada.  Fui a la cocina y tomé un poco de agua. Mientras tomaba, de reojo, la vi y me corrió un escalofrío. No sé cómo, aunque podía jurar que algo había cambiado en ese artefacto o-al menos- en mi manera de verlo.
Inútilmente, intenté compartir mis sensaciones con unas compañeras de la oficina. Algunas, basándose en sus conocimientos de psicología aprendidos en revistas de moda y tendencias femeninas, me decían que yo no quería esa máquina porque era de mi abuela y, de alguna manera inconsciente, esa máquina materializaba la muerte de mi madre y de mi abuela, la madre de mi madre. Esas y otras reflexiones poco serias por el estilo. Las odiaba en general casi todos los días de mi vida, pero ese almuerzo las odié más que nunca.
Llegué a  la noche a mi casa muy cansada. Di muchas vueltas, fui antes a muchos lugares. No quería estar ahí sola con ese artefacto. Una vez en el departamento, me entretuve con algunas cosas para negar, pero más tarde resultó inevitable advertir: la máquina estaba diferente. Fue durante la cena. Al principio dudé, sin embargo, poco a poco me fui convenciendo: la máquina se había agrandado. De repente, ocupaba más espacio.
Esto no puede ser!- pensé (retrato, mundo)
Caminé de un lado a otro de mi departamento, trataba de evitar el contacto visual con esa máquina. Intenté tranquilizarme. Fumé. Preparé café. Probé ver televisión y escuchar la radio. En algún momento de la noche, preocupada por no acercarme, me quedé dormida.
A la mañana siguiente, la máquina estaba efectivamente más grande.
  En las horas que estuve en el trabajo traté de ocuparme en otras cosas. Igualmente, algo me inquietaba. En la hora del almuerzo volví a mi casa. En el ascensor del edificio me encontré con una  vecina que me dijo: “Nena, estás con visitas, ¿no? A la mañana, después que te fuiste, había escuchado ruidos en tu casa y, como vos sos del interior, pensé que algún pariente te estaría visitando”
No sé qué cara habré puesto. Pero no contesté nada. Esa vieja siempre era una metida. Me hablaba mucho, como si nos hubiéramos conocido.  “Chau, nena. Avisáme si necesitás algo”, dijo cuando cerré la puerta del ascensor sin mirarla. Vieja de mierda, pensé.
Al caminar apenas unos pasos por el pasillo, sentí ruidos desde mi departamento. Urgente, abrí la puerta, muerta de miedo. La máquina, más grande que a la mañana temprano, cosía sola.
Empecé a llorar.
Abrí el placard del living  y saqué una valija. Junté algunas cosas, manoteé de mi latita de los ahorros todo lo que tenía y me fui. Avisé en mi trabajo que no me sentía bien.
Caminé, tomé un café en un lugar, pero me parecía que todo el mundo me miraba y no lo soporté.
Entré en un hotel y me quedé  en una habitación unas cuantas horas. Lloré un buen rato. Pero no podía dejar de pensar en ese artefacto. La angustia de estar lejos de mi casa, de no saber qué podría llegar a pasar era lo peor.
Me bañé y volví. 
La máquina se había expandido más y aún cosía sola. El pedal se movía solo. Lloré en silencio. Sola. No quería alertar a las vecinas.
 ¿Qué pasa en tu casa, nena?”, preguntaban las vecinas, yo les cerraba la puerta en la cara o no les respondía el teléfono y dejaba que hablaran con el contestador.
Llegó el fin de semana. Siempre odié los fines de semana porque nunca tuve mucho que hacer más que limpiar la casa, ir al lavadero o al supermercado.  Además, las películas  en la tele eran horribles. Salir con amigos,  eso podría haber sido una opción, pero tenía en mi casa un artefacto monstruoso que lentamente se apoderaba de lo poco que restaba de mi pobre vida.
Tenía que actuar. Algo, hacer algo.
Sentía que las paredes del departamento vibraban con cada expansión de la máquina y el piso temblaba con los movimientos del pedal.
Mejor, no, mejor no hacer nada.
La máquina crecía ante cada una de mis vacilaciones.
Hacer.
Un palmo más.
No hacer. Y conquistaba, el aire.
 Hacer, urgente hacer.
Y me acorralaba contra mí.
Mejor, no.
Hacia afuera.
No sé, no sé.

Y, entonces, todo fue ella.

viernes, 16 de mayo de 2014

"Negro, compañerazo, venite a Buenos Aires, no sea´ huevón...", un texto de Juan Carlos Pedot, mayo de 2014

“Negro, compañerazo, venite  a Buenos Aires, no sea´ huevón...”

         El negro Romero era un flaco alto, flaco y fibroso, ojos achinados, un tipo muy activo, simpático, vivaracho y discutidor. Pelo lacio, sin mucha precisión, uno advertía que era norteño, las migraciones de los pueblos, ahora llamados de NOA, lo a arrastraron a Mendoza y allí se quedó, allí se enamoró, aunque en cualquier lado  hubiera tenido la misma disposición para enamorarse y para apreciar los vinos. Después de varios oficios, recaló en una fábrica de premoldeados donde,  hasta que supimos del él, fue  delegado gremial en la UOCRA, seccional Mendoza, sediento de conocimientos históricos y sociales. Además de la cercanía que da la militancia, coadyuvó a forjar esa amistad nuestra cercanía: 25 cuadras de mi casa de soltero, en los pagos de Guaymallen.
         La lejana ausencia-36 años- no a ha borrado ese peculiar sentimiento. Compañeros y amigos con el Negro en el tenso periodo de los 70.
         No nos veíamos desde finales de 75, la cosa ya estaba pesada. Pisándome los talones, al regreso de un picnic con mi padre mi mujer y mis dos hijos,  dos autos me siguieron del recreo en Benegas. A mitad de camino, me les perdí en Dorrego. Cuando llegaron a la  casa de  mis viejos, como perros furiosos, en Pedro Molina (Guaymallen, yo ya no estaba). Era lógico, fueron a buscarme primero a mi domicilio, en Boulogne Sur Mer, frente al parque, de donde había partido al paseo. Ese tiempo a mi favor no lo desperdicié. Esa misma tarde decidí mudarme a Bs. As., jamás hubiera sospechado- ni deseado- que nunca más me radicaría en Mendoza, que a partir de ese momento sería mi pago chico, solo volvería  de visita.

           Y,  en migración golondrina y en pleno verano, emprendí el vuelo como varios de mis compañeros, como otros tantos arriados en situaciones parecidas en los tiempos de plomo.  El  NEGRO era un tipo que se hacía querer. Mi padre, mi  madre y mi hermano también  se hicieron amigos de él.   Compartíamos asados y vinos,  hablábamos de laburo,  fútbol,  box y, por supuesto, de política. Por cierto, era bastante parlanchín, eso a veces lo entrampaba solito, lo hacía responsable de tareas que a lo mejor no tenía ni pensadas. Uno es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras, dice un proverbio chino. Pero él no le sacaba el cuerpo a lo que prometía.  Con el Negro, caminábamos visitando puerta a puerta compañeros, tenía un registro de las distintas casas y de los vericuetos  donde nos movíamos. No llegábamos a los barrios  como  turistas, tampoco como advenedizos sociólogos en un trabajo de campo. Nos internábamos en los populosos barrios periféricos de Guaymallen, allí donde la pobreza-  opaca faz de la Mendoza rica y pacata-, golpea y golpea con saña a cuanto ser humano habita por dichos submundos: carenciados de agua, cloacas, salas de salud, escuelas y  asfalto, en sus casa de adobe y techos de caña y barro, donde la nocturna y traicionera vinchuca se esconde en viviendas precarias y deja justamente el mal en el corazón de las víctimas. La pobreza, cuando se la sufre, desmiente la privilegiada Mendoza del buen sol y del buen vino. Nunca nadie vio  el derrame -que augura el liberalismo- regar los barrios marginales y tampoco  nunca nadie esperaba un milagro que surgiera de la riqueza de las vides, solo aprovechadas por los cogotudos, como llamamos  nosotros a los conservadores.
           Nuestra misión no era precisamente evangélica, aunque alguien así, caprichosamente,  lo hubiese podido interpretar por nuestro fundamentalismo urgentista para que todo cambiara, para  que los protagonistas de dicha mala suerte se hicieran cargo ellos mismos de un destino de infortunio; para que ellos brillaran en la idea de que ese panorama debe y puede ser cambiado.  Nos tomábamos en serio sacudir el conformismo provinciano.
          Soportábamos  el polvo seco de esas  angostas calles de tierra. Los habitantes de las polvorientas calles de Guaymallen esperaban pacientes el camión regador municipal, al caer la tarde en verano. Un poco de fresco al cálido estío: era una invitación para salir a tomaros unos mates a la puerta de sus casas, vieja costumbres de esas barriadas obreras; eso facilitaba los encuentros, las charlas.  Después de patear los barrios en largas jornadas no venían mal unos buenos tragos.

         En febrero del 78 nos visitó- aquí en Bs. As.- Elisa, la mujer del Negro.  Mendoza lo tenía retenido, atrapado. A pesar de las  malas noticias que corrían desde fines del 75, le sugerí a Elisa, que él se viniera a Bs. As., ya no tenía sentido seguir una batalla perdida para mí.

         En abril del 78 viajé a Mendoza, lo visité y traté de que cambiara de parecer. Lo  dramático era que él todavía tenía cosas pendientes en esta lucha que emprendimos: proteger compañeros, por ejemplo, actitud totalmente riesgosa, aunque alguien la debía asumir. Esto demostró todo lo patético del momento que vivía el país, la disolución del tejido social por el miedo y la valentía del Negro Romero.

          Me visitó mi madre aquí, en Bs. As.
- Llevale esta misiva al Negro Romero-  unas líneas insistiendo una vez más e instándolo a que se largue para Bs. As. Su vida no podía  estar ya más expuesta.
 Los juicios de lesa humanidad ventilaron el pogrom que prepararon días antes del mundial de fútbol, con su secuela de desaparecidos. Corrían los últimos días del mes.
“Venite, no sea´ huevón..., compañerazo”, le escribía.

Mi madre, con la carta, llegó tarde a su casa. Hacía tres días que se lo habían llevado junto a su hermano y a otros 26 compañeros más. En ese agujero negro de la historia mendocina, del  trágico y oscuro Mayo de 78. 
Casablanca (la pelota no se mancha)


        Había ingresado a la clínica, reformatorio, hospital o lo que haya sido, en shock pero vivo, en shock pero en sueño. Las paredes blancas con olor a lavandina vieja y desconocida, sin cuadros, infinitas y sin esperanza, no lo asustaron. Eran los demonios limpios, ordenados, organizados en tiempo y espacio, quienes ahora entraban en su vida. La cuarta pichicata le dolió en la cola roja como la de un orangután. Entonces, recordó a los monos de la tele que se subían sobre los hombros de Tarzán. Saltaban sobre su melena larga, se abrazaban, rascaban sus cocos llenos de piojos,  jugaban, no planeaban nada. El chico quiso hacer lo mismo con sus piernas. Le picaban. Pero estaba atado como un fiambre envuelto en papel blanco listo para el horno. Escuchó a unos   gigantes con guardapolvos azules murmurar cerca de él:
‘Delira, Delira. ¿Le damos más?’.
 Por suerte para él se fueron con las cabezas bajas e ingresaron en las paredes llenas de nieve y montañas  de hielo. Le quedaba un poco de conciencia antes de meterse en el abismo largo, lechoso, de su mente. No había dolor. Sólo sentía pena por  el total abandono, por el desprecio del mundo hacia su cuerpo. Para su
dicha todo aquel polvo negro fue barrido por el huracán, el soplo salvaje de sus fantasías.
        Maradona no estaba solo. Por el cuadrado de la tele se lo podía ver chiquito, como un duende rodeado de amapolas venenosas, de apariencias inofensivas pero letales. Dejaban caer sus pétalos llenos de agujeritos alrededor de él. ‘Por favor, sin micrófonos’. Le oyó decir. Parecía que lo podía tocar. Sus brazos eran tan largos como los de Gulliver. Sin embargo, no llegó a subir el volumen. El Diego gesticulaba,  agitaba sus manos hinchadas de venas azules y movía de un lado para otro su cabeza blanca, pero no se lo oía. Un enorme micrófono de ambiente llegó desde arriba sin que el ‘10’ se diera cuenta. Entonces el mundo pudo escuchar su anécdota. El chico retiró sus brazos y, como un hombre goma, se recluyó dentro de las sogas de su cama para oír a su ídolo:
       ‘No recuerdo bien…pero les quiero decir que no soy Borges ni Muhamad Alí, sino sólo y el mejor. Así lo vivía dentro del campo. Sin embargo, en el partido contra Alemania, cuando salimos segundones, fue la primera vez que sentí un miedo tan profundo como mi magia. Chicos, ¿se acuerdan? Iba con la pelota de aquí para allá. Se la quería pasar a alguien subido al cielo, pero me faltaba ‘El Pàjaro’. Los teutones nos estaban comiendo el culo. No había mucho tiempo que perder. ¿No, queridos? Necesitaba esa salida clara, despejada de rivales. Ese pase al vacío que nos metiera en la gloria del mundo. ¡No había nadie!, ¡no había nadie! Yo sólo no podía hacerlo. No estaba viejo como ahora, pero me dolía el alma.
¡Carajo! ¿Quieren que les cuente la verdad? Hubiera dado todo por ese gol antes del tercero de ellos. Me hamacaba para aquí y para allá. Doblé la cintura, quería esquivar al rubio grandote de Terminator. ¡Nada, che!, nada. En un momento dado, voy sobre la izquierda de la línea para hacer la rabona y no lo van a poder creer… Se me suelta un chif. Un…chif de los pantalones. ¡Me estaba cagando! Fruncí el culo y no hubo caso. Justo cuando lo vi sólo al Vasco remontar hacia el cielo, se me suelta el sorete. El Narigón desde el banco me gritaba: ¡Dale, Diego, dale! Por los pasillos de la cancha escuchaba el murmullo de la gente. Los perros de la poli me ladraban. Todos los chicos estaban esperando mi pase mágico. No los podía defraudar. Pero el Vasco se corrió hacia la derecha. ¡Yo lo quería a la izquierda! Me demoré ¡Qué va a hacer! ¡Todo por cortar clavos! El sorete salió torcido. ¡Por suerte no cayó al suelo! El tercer gol de los putos Teutones vino antes que terminara de cagarme encima y pidiera cambio.’ ‘Pero Diego, si no saliste ¡Y ganamos, Diego!, ¡ganamos! , le dijo un cuervo vestido de traje detrás de él. Se le veían los pantalones de fina tela azul y brillante. Nada más. El resto de los buitres lo acompañaba y  estaba alrededor del ídolo. Maradona, de cuclillas, como posado con su culo, manos y pies sobre una pelota invisible, era la principal imagen de la pantalla. De pronto, el Diego giró la cabeza. Miró hacia arriba y le contestó: ‘¡No te dije que tuve miedo! ¡No te dije que le tuve miedo al cielo de blancas palomitas! ¡A ver si la entendés!, ¡qué partido miraste! Por suerte hoy estoy acá entre ustedes y les puedo contar lo que nunca se supo.’
El pibe 10 lagrimeó un poco y, después, soltó una carcajada contagiosa que hizo reír al mundo. Al Diego se le perdona todo.
        El chico ladeó un poco la cara para la derecha, otro para la
izquierda. Le picaban las rodillas. Quiso gritar ¡Enfermera! ¡En-
fermera!, pero le salió un eructo, después un vómito, al final una sonrisa y se durmió.
    





miércoles, 14 de mayo de 2014

Primeros poemas de Sibel Pagano, mayo de 2014

Todas mis manos aprietan el lápiz
transpira, todo el cerebro transpira
Y cae
            salado el cuento arde en ideas de paladar y sus ampollas.



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contra la pared descascarada
espaldas respiran años de sudor
inquietas
hunden la pared las horas contra las horas


 sincopas
pasos a tiempo

las sábanas
se hacen moño
se enredan se mecen se tuercen
telas suaves
amables se hablan
descascaran los restos del amor.






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la sangre,
espesa y reñida , cesa
las formas ya son de mí
El aire vuelve la
noche
con  furia,
de  caballos desbocados
en el carrousel,
desafina
fuma
    come
mente poderosa
con rumbo
            de  oro
vuelve, ahora, noche encabalgada





bizarro como este sol
en delicadas suaves
muertes de luz.
Amigo: la noche para descansar es un solo universal
de rutinas visionarias, rígidas
un extraordinario
pobre de él
manos tibias   corazón helado de frutilla;
de sambayón, su niñez


su hogar carcelero, amigo,
gira, reglamentario,
un mundo
raro, más raro y poderoso
también con durazno
también como  alcaucil
de centro sabroso
pereza de caparazón, amigo
        qué bizarros tus dones,
extraordinario.
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¿Viste cómo sentís cuando  el final?
que te despertás para acabar algo  terminado además del sueño.


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hambre, siempre
hoy tomo jugo no vino
la milanesa quemada y la cita que no fue tambalean en mi copa
el universo se esfuerza en retumbar el crujir moral del pan
el silantro y el tomate ,
en mi plato  compensan
un bocado ,
un poema en danza
un sorbo y 2 lágrimas
el mundial en la tv
veo a mi perra dormir su sueño de calles
-        No me permito el sueño, hambrea sobre mi plato.

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Venía apurada del mercado 

quisiera fumarme, comerme el mundo y cogerme, rápido tu alma



A:
mi estilo fóbico
mi bipolaridad
mis depresiones
mis somatizaciones
mi estrés
mi ansiedad
nos encanta encontrarnos en manuales








Me toca timbre el monstruo obsesivo
 siempre llega cuando huele cariños

no quisiera dejarlo , por eso resuena resuena a des-timbre.






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cuando me pongo fruta vulnerable mejor me congelo de pulpa




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Lado a
tipeo titubeo tanteo qué cantar-
te
me mirás y comienza la canciòn,
son somos
que me hace desaparecer
y ser seamos
tiemblan los ojos ya de mirar-
te sin pestañar
lado b


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domingo, 11 de mayo de 2014

Cocinar un salmón, un cuento de Viviana García, mayo de 2014

COCINAR UN SALMÓN

Ada se levantó temprano esa mañana. Había dejado las sábanas, no sin antes arrepentirse varias veces, ni bien el sol hizo su estelar aparición. Los ojos se le escaparon por la ventana y se quedó quieta un minuto, mientras contemplaba la danza de colores cambiantes en el cielo. El día sería muy largo. Pero estaba decidida a hacerlo.

Se duchó rápido. Las agujas de agua le golpeaban con ligereza la espalda.!!!! Se dio tiempo para sentir  la caricia del jabón sobre la piel y la energía de la tela de toalla, mientras se frotaba brazos y piernas. De todos modos, estuvo a las ocho en punto en la puerta del mercado, un segundo antes de que abrieran. Había hecho el pedido previamente y, cuando llegó a la pescadería, un salmón lustroso, de unos dos kilos, la esperaba sobre el mostrador. Los ojos del pez estaban brillantes, fijos en sus órbitas, en una resignada contemplación de lo inmutable.

- ¿Falta algo?- le preguntó el vendedor mientras envolvía el pescado.

La pregunta retumbó en la cabeza de Ada y sintió como un puño se cerraba sobre su estómago. Tintineó un alerta en su cerebro y, con rapidez, salió del trance.

- ¿Cuánto es?

Con el vientre todavía acartonado, llegó a su casa. Estaba dispuesta a no echarse atrás. Iba a preparar el salmón rosado con salsa de alcaparras y aceitunas, el preferido de Gato. Antes de empezar, domesticó la rebelión de sus rizos, sujetándolos con una hebilla y se dispuso a filetear el pescado. Una vez que le quitó la cabeza, deslizó el cuchillo longitudinalmente para abrirlo  por la mitad, a lo largo del espinazo. Lo introdujo en la carne, con firmeza, desde la cola hacia arriba. Con el chasquido de un cierre relámpago, llegó hasta el final. ¿Falta algo? Otra vez la pregunta estalló en su memoria. Dejó los filetes sobre la mesada. Una a una, desterró las espinas  de la carne.

Colocó el resto de los ingredientes en hilera: de derecha a izquierda, la acidez rutilante de dos limones, seguida de seis aceitunas negras en actitud de militancia, una cebolla dispuesta a arrancarle lágrimas de inmediato, veinte gramos de alcaparras... ¿Falta algo?, repiqueteó en su mente. El pimentón dulce hizo su aparición de la mano de la cocinera. Sal y pimienta para alegrar el plato. Por fin iba a comenzar. Desnudó el limón y separó los gajos de la piel dejándolos i como animalitos que hubieran perdido su caparazón. Las manos le ardían. Las enjuagó bajo el chorro fresco de la canilla. Una vez picadas las aceitunas, depositó el pequeño ejército de negros insectos sobre un plato. Separó en dos grupos las alcaparras. ¿Falta algo? La pregunta le estalló una vez más en el cerebro.  El eco se le deslizó en espiral por el cuerpo y llegó al estómago. Picó la cebolla y el llanto se le desbordó. Bajó, caliente, y se alejó de su cara después de rodar por la barbilla, hasta caer sobre el plato donde los limones esperaban el exótico condimento.  En dos platos separados, distribuyó la acidez de los limones y la dulzura de la cebolla. A ambos les agregó alcaparras, pimentón, pimienta y les regaló un hilo generoso de aceite de oliva. Los gajos desnudos de limón brillaron como joyas en un mar verdoso. Unió las dos preparaciones. Desde el fondo de su cráneo tronó: ¿falta algo?

Separó varias tajadas de cada filet. Puso a calentar la sartén sobre el fuego hasta que el aceite se transformó en agua. Los trozos de salmón crepitaron a dúo. A Gato le gustaban a punto, cuando el calor llegaba apenas al centro del salmón. Una vez que el pescado estuvo listo, lo bañó con la salsa. Los trozos de limón, ahora amigos de la cebolla, acariciaban la carne rosa-anaranjada y las alcaparras se deslizaban hacia el plato, donde las esperaba el resto de la salsa.


Ya era mediodía. Dispuso sobre la mesa un individual bordado, los mejores cubiertos y una copa con vino. ¿Falta algo?, bramó en su cabeza mientras cortaba el salmón, brillante, casi crudo. En la ventana, el cielo estaba cargado de nubes. El sol se veló detrás de una de ellas.

viernes, 9 de mayo de 2014

Vito de la Toldera, un desopilante texto de Roberto Aguilar, mayo de2014

                                     Vito de la toldera

        Vito de la Toldera pertenecía al afamado club del Rubor.
Todos los días se levantaba a las 11 de la mañana para ir a jugar
al pool con sus amigos de la calle Quintana. Pero el jueves 1º de
agosto del 2538, sucedió algo inesperado: El cuarto creciente de la manga de su camisa estaba manchado con el guarro de la luna soñada durante horas. Ni qué hablar del sol. Tenía el pelo amarillo
cuando se miró al espejo y ya no había chances de pensar en ninguna chica más. Estaba enamorado de su cohosativa y la flema le llegaba hasta la verloquia.
Pero bien, todo bien con su flema. Era líquida, no espesa junto a la cayota tempestiva que esa mañana fulguraba
espléndida.
Se miró otra vez al mirror y pensó: ‘¡Qué lindo  estoy! Ya nadie se reirá de mi solenque y permanecerá mudo con
los ojos clavados en mi figura. Es probable que ella se enamore de mí y de la noche con el taladro de su voz en mi oreja. No me la puedo despegar. ¡Si tan sólo se dejara de lágrimas!’
Entonces, Vito se subió a la margarita y salió por la ventana. Llevaba un rifle y una yunta de fuelles para tocar en la oscura selva de cemento. Su ombligo se juntaba con la cohosastiva y las delgadas verloquias eran tan largas, que medía casi dos metros de alto por cincuenta manos de ancho.
Y flotaba y flotaba. No estaba sólo, claro. El flujo de rabia i-
ba por su cayota, todo juntito al amor desesperado de su nuarde—
ciente. Era una flor con alas. No se la podía maltratar. ¡Pa´ qué e-
charla! Si era tan linda, tan lacta. El palo de escoba entre sus huevos llegó hasta la jodida blanca. No paraba y paraba. En cuarto ardiente, manifestaba su pena y su alegría mezclada. ¡Quién podía detener ahora a su solenque y al oscuro taladro! Vito de la Toldera llegaría tarde a la jugada, Vito de la Toldera ya no era el mismo y jamás regresaría con sus amigos. Los vagos allí abajo estaban enojados. Se pinchaban las sabiolas con sus lindos tarifliros y lloraban y lloraban. Lo extrañaban, claro. Pero la luna jodida no respondía. El día era noche, la noche sarabanda. ¡Qué linda huarra pasaba! Todo mezclado, todo mezclado. Vito de la Toldera por  entonces no descansaba. Antes de mi pie de página creará las blancas y la rima con que se hará la paja brava. ¡Atrás, atrás quedó su casa! ¡Su trabajo! ¡Pero si nunca trabajó! ¡Pero qué digo! Me llega, me llega el rubor de su risa. Parece sangre. ¡Va inundar mis bordes a derecha e izquierda, mis espacios en leche y tapecí por abajo! ¿Será virgen? No lo puedo tolerar. Por ahora que escriba, que escriba. Que suelte su capa al viento y grite conmigo: ¡Santa cataplasma, Batman! ¡Nos invaden los maricas, la razón tempestiva, Kant y la concha de su madre!…

       -Corre, Robin. Sin punto y aparte sin punto y aparte ¡PUM!
Me pegó la aurora ¡Corre, Robin, corre, Robin, corre ,Robin! PUM me pegó la mañana.
      -¡Diario!, ¡Diario! ¡Clarín, Crónica, Razón! ¡Diarioooo! 
      -¿Qué día es hoy? ¿En qué año estoy? ¿Cómo me llamo?

¡Corré, Robin, corre! Por favor, ¡corre, Robin! ¡Correeee!