jueves, 4 de octubre de 2012

Nuevo texto de Ayelén Attías, octubre 2012


 CONTRASTES EN FOCO Y FUERA DE FOCO

(Entre Chile y Argentina,   1972 – 2012 .Imágenes para empezar a recordar y escribir)

1972
                -Nos vamos a Chile- dijo mi mamá.
                Yo tenía seis años. No entendía por qué. Me daba miedo. En Buenos Aires estaban mis abuelos y mi papá, mis muñecos.  Mi casa. No tengo recuerdos, me cuesta traer imágenes a la memoria. Pero hay algunas y, cuando las llamo, vienen otras,  arrastradas por las primeras.

2012
Tengo  que volver,  enfrentar  los miedos y  los fantasmas.  Grandes amores de mi vida se gestaron allá, detrás de los Andes. Grandes dolores también.
Pilar, mi hermana. Eva, como una mamá; Gustavo, ese hermano que me dio la vida. Ellos vienen de allá.
Diego, mi gran amor,  Gustavo y su prima Mirna, chilena ella, me empujan y me sostienen, con mucha fuerzas.
                -Tenés que ir, tenés que ver los lugares, sentir los ruidos y las voces.
                -Ahora es diferente- dice Mirna, que vive y ama su Chile natal- Chile no se merece que tengas esa imagen, que le cierres la puerta, que tengas recuerdos tan dolorosos…
                Entre asados, vinos y postres, en la terraza de casa y al calor del fuego de la parilla, se empieza a gestar el regreso. Ahora es voluntario.
                Mis hijos tienen que conocer la historia, lo merecen. Es parte de su historia. Ahora Andrés, el más chico, tiene la edad  que yo tenía en aquellos años.  Lo miro y no puedo creerlo, no puedo imaginarme a los seis y siete años. Andrés tiene otra infancia, tan diferente. Quise que tuviera otra infancia, quise y no pude evitarle todos los dolores. No se puede

1972
                El viaje: no sabía dónde iba, no lo recuerdo, ni tampoco por qué nos íbamos ni cuándo volveríamos. Tampoco recuerdo la partida, tengo apenas una fugaz imagen de la estación de trenes, de un andén y de mi abuela despidiéndonos. No quería ir, sólo quería volver a casa, con mi papá, mi abuela y Florencia, la muñeca que hablaba y caminaba. La muñeca con la que llamaba a mi abuela por teléfono. Y  una y otra vez le preguntaba si quería escuchar lo que decía Florencia.  Florencia era rubia, tenía el pelo lacio- duro como pelo de muñeca- y unos rulos en la parte baja de la melena. Me parecía hermosa. No era flaca como las barbies actuales, de piernas gorditas, unos soquetes blancos con broderie, zapatos tipo guillermina,  y un vestido celeste estampado que le llagaba a las rodillas.

2012
El viaje: otro viaje, elegido, con miedo y valentía. Y con sostén. Diego me lleva, maneja. Mis hijos me acompañan. Y Mariela, una sobrina que Diego me trajo a la vida.
El paisaje es una maravilla, los colores de las montañas ¡cómo puede haber tantos colores entre tierra y rocas! Las cumbres  nevadas, los Penitentes, vigías que custodian la noche y el día y cuidan a los viajeros.  Los Penitentes son ocho, ocho caras de piedra talladas por la naturaleza en las rocas. Hay quien dice  que parecen sacerdotes. La imaginación del hombre, puede dar forma, imagen y palabras a simples piedras de la montaña. No tan simples. ¿Cuánto tiempo hace que están allí los Penitentes?
El Puente del Inca, con su viento, parece llevarse todo. Y se lo lleva. Se lleva una servilleta que Javier corre durante varios tramos, cuando está a punto de alcanzarla vuelve a volar, en otra dirección. Y así varias veces, ante la risa de todos, ante el disfrute de todos los que vemos la escena. Todo vuela, la servilleta, el pelo de Javier, nuestras ropas, nuestras voces, el viento se lleva las palabras, los objetos, los recuerdos de ese lugar cuarenta años antes.
Los artesanos del Puente del Inca intentan convencernos  acerca de las bondades del limo, un barro de la montaña, con metales que curan todos los males, los del cuerpo y los del alma.
                No recuerdo esto cuando lo recorrí cuarenta años antes, las imágenes no vienen a la memoria, ¿habrá habido tanto viento?, ¿ habré visto?, ¿o sólo podía mirar para atrás?
                Más allá el Aconcagua, imponente. Custodio de todo alrededor. Vigía de todo y de todos. Emperador de las montañas. Impone respeto, admiración. Algunos lo desafían, a algunos los deja pasar, son quienes lo miran con más respeto,  lo visitan como a una divinidad,  respetan sus reglas. Otros, los que creen  dominarlo, pierden sus vidas en el intento de faltarle el respeto.

1972
                EL tren. La sensación del traqueteo, del movimiento continuo y adormecedor.  ¿A dónde vamos? ¿Por qué nos vamos?
                Por qué el recuerdo no coincide en nada con lo que cuarenta años después encontré, en ese mismo camino. Dónde estaría mi cabeza de seis años en aquel viaje…. Los Penitentes estaban allí, están allí desde que se formaron los Andes. No los vi, no me vieron.  Nos dejaron pasar.

2012
                El tren se cerró durante la Dictadura. Quedan las vías muertas. Pero no parecen muertas, acompañan a la montaña y a la ruta tan imponentes como si vivieran. Puentes, vías, túneles y hasta un taller  ferroviario en el Puente del Inca, en la mitad de la cordillera.
                Los puentes y las vías, de un color plateado brillante, como si estuvieran nuevas. Viajan paralelas a la ruta de los autos,
a la izquierda a la ida,
                                       a la derecha a la vuelta.
                                Algún cruce en algún momento, un túnel que por unos segundos alimenta la intriga de qué encontraremos al otro lado, cuando se haga la luz.

1972
                La ausencia: mi mamá desapareció un día. No sabíamos dónde estaba. Se escapaba de los milicos.
                Yo, en esa época, tenía el pelo largo y lacio y me gustaba peinarme mucho frente al espejo, ver cómo cada día mi pelo era más y más largo. Me gustaba, me gusta mucho mi pelo. Esa tarde  jugaba a peinarme en el baño, pero la puerta no estaba del todo cerrada, y escuché. Escuché hablar a las amigas de mi mamá,  la creían muerta,
        - Bajo tierra- les escuché decir.  No recuerdo qué sensación tuve, pero no me desesperé. No sé si fue miedo, o si supe escucharme, supe sentir mi conexión con mi mamá y saber que no estaba muerta, que  la volvería a ver.

2012
                La ausencia: Ahora sí mi mamá está muerta. Se fue hace seis años. Estuve y estuvimos a su lado hasta que partió.  Y me quedaron tantas preguntas, tantos silencios. Pero no todos.  Me pregunto si es posible que no queden preguntas, o qué pasa cuando se acaban las preguntas. ¿No queda nada por saber? ¿Nada por construir? Tal vez es mejor que siempre haya preguntas, que nos hacen buscar…
                También quedaron otras voces y esos recuerdos que van trayendo a otros,  abren caminos, se animan a hacer preguntas, me animan a escribir este relato,  a buscar a esas otras voces que están ahí, dispuestas a hablar, esperan ser escuchadas. La  voz de Eva.

1972
                La embajada: un lugar enorme, inabarcable a los ojos de una niña de seis años. Mucha mucha gente, gente durmiendo como en campamento,  en colchonetas sobre el piso, una al lado de la otra, largas hileras de colchonetas. Nosotras tres, otra vez juntas. Cómo las necesitaba.
                 Eva, afuera, con una enorme panza. Gustavo,  y un nene chico, Luciano, su hijo mayor,  a su lado. Nos decía chau, desde lejos con la mano.
                Había tanta gente, tantos chicos. Yo tenía un resorte largo y blando, de esos que si se ponen en una escalera, bajan solos los escalones, como robots torpes, como si tuvieran piernas. Ahora los hacen de plástico. Es uno de los juguetes que más recuerdo de mi infancia. Cada tanto me compro uno y me doy permiso para viajar en el tiempo y jugar en la escalera a verlo bajar torpemente, porque parece
                                    que se va a caer,
 pero no se cae,
                          baja uno
                                     y otro escalón, en perfecto orden,
                                                                                          y llega al final.

2012
                La embajada: imponente, señorial. Una placa en la puerta recuerda y rinde homenaje a quienes se refugiaron en ella durante los primeros meses de la dictadura. ¿Nos rinde homenaje a nosotras tres? La firma Néstor Kirchner, Presidente de la Nación Argentina, en 2003.
                Nos recibe el cónsul, con café y brownies. Sin miedo, sin dolor.
                Recorro las mismas escaleras donde jugaba con el resorte. Un hombre baldea ese patio, ahora sin gente. Me parece ver la cantidad de chicos jugar en ese parque. Y veo a mi resorte mientras baja esas escaleras señoriales, de mármol, con escalones curvos,  hasta llegar al piso bajo de baldosas blancas y negras intercaladas formando dibujos.
                Un solo hombre lava el piso, ese piso en los que más de seiscientas personas circulaban cada día durante aquellos meses  ya  en  1973.   
                La memoria transforma los recuerdos. Esa imagen que tengo de Eva despidiéndonos, es imposible, no puede haber sucedido como la recuerdo. La arquitectura del lugar no lo permite.  Pero como la recuerdo quedó en mí. No importa cómo haya sido la realidad, importa cómo la recuerdo, que marca me deja en la piel, en el alma.
                Voy al baño. Señorial, mármol, jabones perfumados, toallas suaves. El cónsul me dice después que me imagine que esos mismos baños, y algún otro del piso de arriba, eran los únicos para los seiscientos refugiados.
                Contraste. Contraste de imágenes y de sensaciones. Un baño enorme y suntuoso para uno es un baño que no alcanza para seiscientos.  Pasillos anchos y señoriales para cuatro o cinco son espacios estrechos donde seiscientos están hacinados. Pero a salvo.
                Una mesa larga, de madera, con muchas sillas alrededor y una lámpara. Mariela se sienta y se saca una foto en la cabecera, “es el lugar donde se sienta la presidenta cuando nos visita”, dice el cónsul. Nos divertimos, jugamos y sacamos más fotos presidenciales.  Varios turnos de comedor se necesitan  en esa larga mesa para atender las comidas de seiscientas personas. Siempre primero los chicos.
                Siento un silencio también señorial, sólo interrumpido por nuestras voces alegres. Imagino un murmullo y ruidos en esos mismos espacios. No pudo haber habido tanto silencio. 
                Mirna nos guió en Chile, nos llevó a conocer lugares donde se disfrutan comidas, bebidas, paisajes, bailes. Nos buscó albergue, compartió horas con nosotros. Ella contó nuestra historia en la Embajada Argentina, y pidió que nos recibieran. Yo sola no lo hubiera podido hacer.

1972
                Fuimos dos. Volvimos tres. Una tarde, recuerdo a mi mamá, vestida de blanco, de perfil, embarazada. Muy embarazada. Tal vez, momentos antes de salir a parir a mi hermana. Es la única imagen de mi mamá embarazada. ¿Yo no lo sabía?, ¿sabía que iba a tener una hermana?  Uno o dos días más tarde alguien me llevó a conocer a mi hermanita. Entré en una habitación de hospital,  no la recuerdo con precisión. Sólo algún color rosado en la fachada del edificio y una cama con sábanas blancas; y a mi mamá, con una bebé muy, muy peluda acostada a su lado. Me pareció fea.
                - Ella tiene las patillas como San Martín- así cuentan las historias de familia que le dije a mi mamá. Justamente San Martín, otro argentino  cruzó la cordillera para liberar a Chile, para construir otro proyecto de nación y de vida, como hizo  mi mamá.
                No sabía quién era su papá, no entendía por qué no había un papá. Más tarde supe quién era.

2012
                Tengo una hermana, chilena, seis años menor que yo. Ya no es peluda ni se parece a San Martín. Sí es valiente y fuerte y forma parte de aquellas cosas que vinieron de Chile, que nacieron y llegaron a mí en un momento tan oscuro y doloso, pero  hoy son gran parte de la luz de mi vida.

1972
                EL maletín verde. Mi papá me fue a visitar a Chile una vez. Fue en su Kaiser Carabela azul de techo blanco,  el auto de mis recuerdos de infancia. No recuerdo mucho ese viaje, sólo que sí me compró muchas cosas y me llevó un maletín de escuela color verde, con hebillas doradas y unas tiras blancas.
                Hermoso. 
                Me moría de vergüenza en la escuela con ese maletín, el único verde entre todos los clásicos de cuero marrón. Me sentía diferente,  me daba vergüenza ser diferente. Yo ya era la argentina- la distinta- ¡encima, por entonces, tenía el maletín verde con patitas! Cuánto me costaba disfrutar de las cosas lindas. Cuánto dolor me impedía disfrutar de ese maletín, y de ese papá.

2012
                Años más tarde, correría el  año 2000, mi papá y yo volvimos a hablar de Chile. Tal vez Chile fuera lo único que  no podía perdonarle  ¿Por qué me dejaste ir? ¿Por qué no me fuiste a buscar? Las preguntas eran duras, dolorosas. Las respuestas comprensibles, tranquilzadoras.
                -No podía separarte de tu mamá, cómo iba a hacer algo así.
                Cambian las perspectivas pensé, qué hubiera hecho yo en su lugar… no lo sé, pero entendí: hizo lo que creyó mejor. Todos sufrimos. Ahora lo comprendo. Tenemos esta charla en una plaza frente al jardín japonés. Javier, mi hijo, tiene un año y juega con los baldes de arena, hace castillos, estrellas de mar, los pisa y los vuelve a construir con una infinita paciencia. Hay sol, hace calor y Javier es testigo de esa charla entre padre e hija que le dio armonía a la relación para siempre. Cada uno entendió el dolor y las razones del otro. Y acá estamos, en paz, en la plaza, construyendo castillos en la arena, sólidos, muy sólidos, no se derrumbarán.

1972

                Nos volvemos. Un jeep nos viene a buscar, subimos y nos lleva directo a un avión. Vamos a Buenos Aires. Qué alivio, voy a volver a ver a mis abuelos, a mi papá y a Florencia. ¿Le habrán puesto las pilas? ¿Seguirá hablando? Confío en que mi abuela se haya ocupado de cuidar sus rulos rubios.
                Regreso. Una de las primeras imágenes es la de una barba negra y peluda. Un muchacho se agacha a darme un beso y un abrazo en la puerta del ascensor de Independencia, la casa de mi tía Ana.  Es mi primo Félix. Dos años antes su cara estaba limpia de pelos, era un chico. Entonces, parecía un hombre.

2012
                La ruta tiene dos partes:
                                                del lado argentino la pendiente es larga y lenta;
del lado chileno están los “caracoles”. Los caracoles son unas bajadas espiraladas muy pronunciadas  que, a la vuelta, son subidas.  Son treinta y tres caracoles, en bajada, y luego en subida.
                Durante  las siete noches que dormimos en Chile, soñaba que el auto no iba a poder subir los caracoles,  no iba a tener fuerza,  nos íbamos a quedar para siempre ahí. Pesadilla.
                Pero pudimos viajar, el viaje de vuelta fue sencillo, el auto subió, tocamos suelo argentino. Respiré.
                Respiré porque toqué suelo argentino, porque volví a mi casa, a mi país, a mi papá, a mis abuelos, a mi muñeca Florencia. Pero también porque pude volver. La pesadilla había terminado.  Ahora Chile es un recuerdo, tal vez difícil de procesar, pero ya no es un fantasma.


Post scriptum
Septiembre de 2012. Voy a ver “infancia clandestina” una película que se estrenó en Buenos Aires esta semana, cuyo director Benjamín Avila, es un hijo de desaparecidos. Narra una historia, tal vez en parte autobiográfica, de la lucha de los montoneros en el año 1979- en lo que llamaron la “contraofensiva”- desde la mirada de un niño. Un niño, hijo de militantes, que viven en la clandestinidad, escondiéndose y espacándose. En medio de esa lucha, el niño es un niño que hace cosas de niño, que siente como un niño y desea como un niño. 
Me vi en ese niño. Pasé cuarenta años tratando de entender los por qué. Por qué era más importante para esa generación de padres luchar por un mundo mejor y darle a los hijos una vida más dolorosa, más angustiante. Peleé internamente con esa disyuntiva durante muchos años, entre comprender a esa generación y enojarme con ellos. Entre admirar la fortaleza para la lucha y preguntarme por qué no se quedaron en casa y nos festejaron el cumpleaños como a un chico cualquiera, como lo hacemos hoy.
Las peleas internas no tienen final. A veces gana la comprensión, la admiración por la valentía, y otras veces gana el enojo, enojo porque nos llevaron por los caminos más dolorosos.
Siguen los contrastes, son parte de la vida.

                                                                                                                Ayelén Attías
                                                                                                

Nuevo poema de Pablo Cecchi, octubre 2012


FLECOS DE FUEGO



El flautista de turno atrapó gotas y agujas
y supo olvidarlo todo en ese instante:

las lágrimas
                       van y vienen                                
al buscar pistas deshilachadas                 
                                                por dientes de fuego.


Se cruzan                      
               -metálicas-

 sin  sonido                   
maravillosas, en   repentinas  fiebres alternas.



Sangra algo extraño a    todos nosotros
sospechamos                en vano                         del alma de llaves
¿serán las libélulas, tan intrépidas,
   en   la lluvia que se avecina?

Y el flautista pierde el turno,
                            en la fila del olvido.

lunes, 1 de octubre de 2012

Y más de Jazmín Cañete, octubre 2012


Champaigne


            –No lo vi venir. Al vómito, no lo vi venir.

            No entendiste nada. Hiervo. Las palabras asaltan mi cabeza, rebotan contra las paredes carnosas de una envoltura que ya no puede llamarse cerebro.
            Las palabras aparecen de la nada y estallan, como las burbujas del espumante con el que acabo de inundar mi carozo vacío. Algunas, las que no estallan, se pegan entre sí en una burbuja gigante.
            Metástasis.
            Ahora, no sólo zumban adentro de mi cráneo: en el centro de mi garganta crece el globo maligno salido de la nada. C r e c e.  C  r  e  c  e  ...
            Su sabor es dudoso, pero intenso. ¿Impotencia?, ¿odio?, ¿deseo? Demasiado. Se hace lugar entre músculos que, hasta recién, jamás había sentido. Laten, se hinchan, desafían los límites de lo tirante. Y desborda.
            Lloro.
            Pierdo sal por todas mis pinchaduras. El agua se filtra al instante sin que yo lo decida (como si arrancaran una tira de cera fría de mi bigote).
            No entendiste nada, careta, reproductor de cd vírgen. Mis dientes imán se aferran en el más sudoroso de los sueños eróticos (nunca sentí tantas ganas de saltarte encima). Me despierto con la sábana pegada a escondites de mi cuerpo. Voy descubriendo, despacio (como se saca la piel muerta o la plasticola seca).
             Abatido, amanece el cielo; todo está confuso y no puedo asegurar qué fue cierto y qué no.       Huele a lágrimas, sudor y decepción vieja, la mancha negra sobre la almohada. Quiroga, la mía no es de plumas. ¡Ah! Yo también puedo hacer alusiones. ¡Soberbio, me estiré dos centímetros! (Al fin se ven los resultados de tanto yoga filosófico).
            –Son años, una buena paja. Cuestión de práctica.
            No entendiste nada. Hoy me vomitás sobre el mantel recién lavado leche que hasta ayer no mamabas. O eso decías.
            Y todos te felicitan, aplauden, loas al escupitajo que ahora se expande por el irreversible amarrillo del mantel que era de mi abuela. Tu saliva tiene pretensiones de no sé qué mierda y tapa su olor a nada con perfume francés y alemán (una asaltacunas del pensamiento occidental).
            Tu grito es el de la última moda y vuelve a engañarme, una y otra vez, su camuflaje demodé. 
            Como ya no te soporto, y a tus invitados tampoco, me voy al carajo a ventilar el olor de tu aliento trivialpostestructuralista de mi vestido floreado.
           
            Al fin: el rugido. 

viernes, 28 de septiembre de 2012

Nuevos cuentos de Jazmín Cañete, septiembre 2012




            LA CAMPERA

            Primero se olvidó la campera.
            Me acuerdo cuando veía a ese hombre sexy (no era de acá) sentado a la barra, con los antebrazos y una libretita minúscula de cuero sobre las aureolas pegajosas del mostrador.
            Era mayor. Yo (con mi comitiva adolescente) lo veía desde la otra punta del salón, abstraído, con pose de ineteresante, único, difuso entre la humareda y el baruyo. Pensaba, qué idiota –y no le sacaba los ojos de encima–.
            Siempre el mismo taburete, la misma lapicerita diminuta, la mirada impermeable. No tomaba nada.
            Se iba al poco tiempo de mi llegada. Avanzaba hacia la salida con pasos entorpecidos. Empujaba con suaves palmaditas sobre las espaldas de sus obstáculos (los bendecía con su Providencia ilustrada para abrirse paso hacia la puerta). Pasaba entre los cuerpos sin girar la mirada hacia mi lado. Esa vez, buscó su campera y se la llevó.
            Las hojas de la puerta se rozaban melancólicas atrás de su espalda.
            Pienso, qué idiota –y no me saco la mirada de encima–.
            Acá, con la hojita pegada a unas aureolas blanquecinas, dulzonas, tose sensual tinta de birome sobre el reverso de una servilleta.

           
                                                   CORRESPONDENCIA

            Hoy vi al cartero con tus zapatillas. Las mismas.
            Esas gigantes que al principio me negué a que usaras.
            Lanzaba uno, dos, tres sobres adentro de los buzones, sin mirar los números de las puertas ni aminorar la marcha. Eso es oficio.
            Pero cualquiera recibían noticia. No todos tienen mi suerte.
            El cartero sintió mi mirada en la nuca y, sólo cuando lo quemó, giró la cabeza –por única vez– desde la masa de árboles, donde se juntan las dos veredas en el horizonte, hacia la punta de mis zapatos.
            ¡Paf! Suelta una carta pesada sobre un umbral y su pie derecho –sin inclinación del resto del cuerpo– tira una patada seca, precisa, que  desliza el sobre por el resquicio de luz entre la puerta y el mármol.
            Vuelvo la mirada desde el sobre que acaba de desaparecer tras el agujero y tus zapatillas –las mismas– ya no están. 

Textos de Pablo Cecchi, septiembre 2012


I.

 siniestras embelesan la noche
el tono
                   boquiabierto
                                             dispara
los ríos de la tierra cantan y bailan.

Más rápido, más rápido (así, las mariposas azules contra arenas del reloj)
                    
 entre las nubes despierta en estallido
un sinfín de orgías:

Torres.




II.

Y de cómo se define tu tristeza
entredesconocida
hacia formas y modos que se cruzan de otros.

-La verdad es una pérdida de tiempo-.
Dice al pasar un ermitaño viejo y podrido,
nos es propio el  devenir.

Pétreas, las esquinas sostienen
las entreestatuas que nos protegen
de la intemperie.
                                          Torres.


III
Fascinadas  como niñitas
las magas del atardecer crepitan,
se silencian del trago festivo.

                          Noches de a montones,
                                                                 
                                                                   torres de cómo tu tristeza  se amotina.






1

La víscera se retuerce, sola
en pulsos, tres veces
                        va
y vuelve,
                                    al inicio de un zumbido.

Todo cambia en ese círculo
                        aroma
ancestra
                   motoriza
            siempre  al principio,
                        donde despierta.


2

Estrella, estrellita, estrellada, estrellarse
                       ¿dónde chocan las sensaciones?
            en los astros, dirás;
allá en el eclipse de los mundos.

            Golpes vacuos  oxidan
ruedas con paladares ,
no hay división,
                        sólo el rechazo
cicatriza pero arde,
cicatriza pero arde.

Los colores del llanto
            de las almas gemelas
se asemejan a la magia de los tiempos,
decís ahora y dudas.

                    Estrellita, estrellada,
                                      ¿dónde?

3

Rey de Corazones

La luz de los tiempos, pasajera,
quema el rosal de tu jardín
                  en busca sin consuelo el afecto
el motivo a respirar.

            En tu cielo, en tu fuego, en tu juego
            la primavera es plena y crece,
            pero el guardián de veces enteras
            no quiere arropar ni un céntimo.
           
            

jueves, 27 de septiembre de 2012

Nuevos textos de Caro Diéguez



I.
Después de una semana de intensas lluvias,
la noche en cuclillas sobre mi ventana,
las huellas de tus zapatos ,
en mi memoria.
Las ramas del ciruelo
 sombrean
 los vidrios húmedos:
un teatro de títeres, en la casa otra.
Y el coronel persigue a la reina detrás de la cebolla
(Si supieras)
Quiero un cuento antes de irme a dormir,
¿me contas uno, mamá?

II
Tchaikovski agita las ramas
de la tormenta  la otra noche:
Un espejo roto, el mismo mapa y
 siete años de mala suerte
   – a la reina batata, a la nena no

III
El eco de mi risa niña
azulea
vocales en gajos
De la resaca en tormenta
no quedan consonantes para encender la llama.

IV
Una canción murmura,
casi madre,
palabras des-armadas en el fondo de la olla.
El guiso al fuego
– aroma de infancia a borbotones­ –.

V
Octubre.
El vestido azul entre las ramas del ciruelo
acuna el silencio
de mil ojos  y noche sobre mi ventana

VI
Los tréboles a duelo de reinas
y un coronel al acecho.
De las huellas de tus zapatos en la arena,
se pierden los contornos
a penas en el hueco.

VII
Un guiño de cebolla al cruzar la noche
El aire espeso
(un vaho caliente en la cara)
Y la náusea en el plato
Pero la noche no sabe de reinas
y apenas puede,
le muerde la cara.

VIII
Hace frío y tengo sueño
Rompe la lengua entre los dientes su nombre
La noche estalla
la boca abierta
Y había una vez una reina
deslunada
en más de una esquina


martes, 25 de septiembre de 2012

Nuevos poemas de Lourdes Landeira, septiembre 2012


NUESTRAS PIERNAS


Las piernas de mi madre se mueven al compás de sus memorias
a veces,  la curvatura de su espalda
                                                   acompaña
otras, con el tamborilear de dedos,
                                                 adelgaza
 al ritmo de una tos inoportuna
 una mirada enrojecida, sin fiebre
                                              tormentos de antes y después
Las piernas de mi madre se mueven al compás de mis memorias.





TAN SENTIDO

Te vi en un grafiti indescifrable
curvo
público y escenario
tan fugaz desde el recorte de una ventana de colectivo
urbano
tan herido de  indiferentes
                                                                                                único
Te oí  en  letra de discurso
                                                                      revuelto
tan perenne,  eco de un valle
                                                                                    encantado
melodía y partitura
tan repetida en un casi monotono
disonante
Te palpé  en la hoja de un árbol
otoñal
caída y sobrevolada
tan ansiosa de otra estación, quizás
primavera
tan vulnerable, siempre, al viento y al
                                                                                                huracán
Te probé espesa en el mar interminable
                                                                                                                salado
tan en su profundidades
voraz
Te olí en el salitre quejumbroso
                                                                                                                ondulado
tan sudoroso en arenas
                                                clandestinas
hambre y sed
tan
insaciable
Te sentí tan mío desde tan afuera
 entonces, te puse letra