miércoles, 24 de abril de 2013

Nimios, por Diego Soria


Nimios

¿Qué dirán de la vida las bocas envidiosas?
Dirán de su  finitud,:
                   Que de piedra,
                                      tu senda,
                        De Sinuoso, su andar,
De amores esquivos,
De trabajos oscuros, 
Hablarán de noches frías,
                        bosques nebulosos,
áridos recodos,
y
apuntarán sus dedos esas bocas nimias,
                   - suspicaces-
 contra la piedra gozada

No dirán:
el escándalo de la vida entre dos grietas,
el dolor hecho tierra,
y las flores, fruto de las penas.

Cruzar el puente, por Diego Soria


Cruzar el Puente



El silencio inunda los rincones de la noche, mientras la sombra uniforma la ciudad; todo se contrae… es la hora de los desahuciados y los locos, de las ánimas náufragas anhelantes de una costa donde sucumbir… nunca ocurre.
-Bulnes y Las Heras, accidente, herido grave -trona la radio.
-Copiado, me dirijo central –contesta B-. Mira a un costado, su compañero duerme rendido como un bicho en una telaraña, piensa.
La ambulancia arranca pesadamente en el asfalto húmedo de la avenida Rivadavia. Las manos huesudas se aferran al volante con ansias, los ojos inyectados en sangre, parecen tragarse la noche entera.  
 Hace 10 diez años, B maneja la ambulancia, navega todas las noches, casi siempre para ser el gondolero de la muerte.
Afuera los fantasmas de la plaza Miserere deambulan sin rumbo bajo la llovizna de la madrugada, solo la sirena de la ambulancia rompe por segundos la monotonía; Las ánimas de la plaza siguen el paso de la ambulancia. Por un instante. Hasta que se pierde avenida abajo, todos saben su significado.
B se hunde más y más en la noche de la av. Rivadavia hasta que gira en Bulnes, cruza el puente sobre las vías, acelera, acelera sin pensar, maneja como un autómata. El viento de la noche, le recorre las vértebras hasta la nuca.
La ambulancia cruza Santa fe como una exhalación.
-¡Aguantá, flaco! -Dice alguien-.
Una pequeña multitud rodea al maltrecho cuerpo.
-¡Aguantá que ya están aquí! -dice otro-
La ambulancia frena junto al cordón.
-¡Está despertando! –Grita una señora en bata-
La noche se va en los ojos de B, lo absorbe todo, el frio asfalto en la espalda ya no le molesta tanto. Cierta paz, lo deja irse en sueños, apenas siente ya la tibieza del faro del auto que lo arrolló. Se hunde en el agua profunda. El náufrago llega a su playa exhausto.
Afuera la noche cobija a sus ánimas.

martes, 23 de abril de 2013

Fina imagen,por Lourdes Landeira, abril 2013


                Tal vez el ocaso espere.
Ahí va mi abuelo, entre todos los grises en el blanco y negro
de fotos
sobre una caja
por un estante
sombras
manchas                        un recuerdo
   Fina imagen de cartón
 brillante y opaca
bajo mi mano.
Ahí va su voz en la mirada abuela
en el silencio madre.

Intacto, roza
mi piel temprana
se despereza y trae vientos
 polvo sin arcoiris.
Él no envejece,                  en su vacío.
Vendrán aires de fuego
Vendrán aires de agua
Entonces,
   sus grises cabalgarán
mares de luz
O  simplemente diré:
 ¡Ahí va el abuelo!, húmeda                  ceniza.


                                                                                               

                               
                                               


                                                

martes, 16 de abril de 2013

Trébol de cuatro y flores silvestres, por Francisco Famá


Trébol de cuatro y flores silvestres.
            Las hojas caídas sobre la inexistente hierba dentro del monte colorean la mañana otoñal. Las más remolonas se desprenden en remolinos al espeso suelo. Tres niños de diez, ocho y seis años caminan cada uno por una callejuela entre las filas de árboles. Los distrae el viento que levanta un grupo de hojas justo detrás de ellos. Hay un lugar donde el viento parece querer  seleccionar un grupo en especial. Los niños siguen camino, arrastran los pies para ver las ramas secas escondidas debajo de las hojas. El suelo torna desde un ocre a un amarillo casi blanco. Vuelve a soplar el viento y los chicos dirigen la mirada a ese lugar en especial que amontona hojas como si encubriera algo. La mayor de los tres es una niña, el que le sigue un varón y luego la más chica. Los tres de cabellera rubia, ojos celestes los dos mayores y verdes la niña de seis. Dejan las ramas que juntaron en el piso, copian a la mayor y corren los tres hasta el lugar donde el viento levanta, selecciona y acomoda. Comienzan a patear la pequeña montaña de hojas secas, desarman lo armado por el viento. Arremolinan por el aire hojas de varios colores. La niña más chica se agacha a levantar desde el suelo hojas y las tira al aire. Los tres niños ríen, hacen volar cuanta hojas patean o levantan con las manos. Se dirigen al lugar que dejaron las ramas, las cargan debajo de los brazos y caminan sin levantar más. Dan una última mirada donde habían estado jugando. Nuevamente el viento sopla, ordena las hojas como estaban al principio y la figura de la pequeña montaña se deja ver como al primer vistazo. Los niños se quedan mudos. Ven que el viento solo ahí sopla y solo ahí ordena caprichosamente. Hasta elige las hojas. La más pequeña parece asustarse, el varón abre bien los ojos y la mayor solo observa como si conociera el fenómeno. Salen los tres al llano en busca del camino a la casa. Escuchan soplar el viento que amontona más cantidad en el lugar. La niña mayor calma a los hermanos y reanudan la marcha.
            Ya sin la presencia de los niños, el viento bate las hojas hasta juntar el doble. El monte es tupido  de árboles que ya se desprendieron de sus hojas. El suelo da un color especial cuando el sol cuela sus rayos entre los árboles. Casi no hay pájaros. En especial,  roedores, liebres, zorros, gatos del monte, mulitas y lagartos. Todo parece tranquilo en el lugar, salvo el viento y su extraño soplar.
            Ahora comienza a hacerlo de manera constante sobre la cima de la montaña de hojas, sopla y sopla y traslada hojas a los tres montículos espaciados casi a la misma distancia. Sigue soplando hasta armar tres figuras humanas desde los pies a la cintura, parejo. Continúa así desde el lugar donde había amontonado al principio y además desde los alrededores. Completa la figura de tres personas de la misma estatura. Entonces, cesa el viento.
            Quietud.
            Pasa una liebre entre dos figuras y sigue su camino. Comienzan a caminar, dos de ellas lo hacen a la par por el monte y la de la derecha camina alejándose. A una se le presenta el viento, la obliga a regresar. Pero se obstina y sigue  hacia el valle. El viento sopla su enojo, sopla y lo desdibuja. La figura ya no tiene consistencia, solo se ven sus pisadas en la hierba.
            Desde el lugar se ve la casa de los niños, que juegan fuera. Las huellas a campo traviesa son más nítidas cada vez a cada paso. Llega a la casa, avanza entre los niños que corretean delante de la madre de, quien cuelga ropa al viento. Se para delante de una sábana y el viento la pega al cuerpo. Los niños ven la figura humana sin pies, sin cabeza, el torso, los brazos completos y las piernas hasta donde se termina la prenda. Se miran, gritan y corren a esconderse dentro de la casa. Se dan vuelta a ver y la sábana no muestra nada. Las tres caras completan su asombro cuando ven una camisa del papá en un cuerpo sin cabeza,  sin manos y sin piernas. Ríen cuando la figura se coloca un pantalón. Pero sin cabeza, sin manos, sin pies. Ríen tan fuerte detrás de la puerta de entrada, que llaman la atención de los padres quienes se asoman desde la puerta entreabierta.
            La figura salta y cae al piso la ropa desvanecida.  Los niños ríen y acompañan a los padres hasta donde se encuentra la camisa y el pantalón. La madre levanta la ropa, los chicos la tocan y la estrujan para ver que nada hay dentro de ella. La mujer camina, sacude la ropa hasta colgarla en el tendedero. Luego va hacia su esposo, juntos caminan hacia la casa. Los niños dan una última mirada a la ropa colgada. Una mano aparece en el centro de la sábana, se agita a modo de saludo. Los chicos corren hasta la casa y ,allí, detrás de la puerta espían tres caras apiladas de arriba  a bajo.
            De repente, de la nada, aparece una flor amarilla delante del rostro de la niña mayor, un trébol de cuatro hojas delante del rostro del varón y una flor silvestre delante del rostro de la pequeñita. Los tres niños toman la flores, el trébol y cada uno de ellos recibe una caricia en sus cabezas. El viento se hace presente, se miran, ríen. Entran los tres en la casa, cierran la puerta. En el mismo instante se arremolinan hojas, arenilla y unas pisadas  se alejan hacia el monte.      

lunes, 15 de abril de 2013

Artesanal y técnica, por Jazmín Cañete, abril 2103


Artesanal y técnica


            Llegaba otro libro y ya no entraban más.
            Unas manos de hombre lo extendían hacia mí. La tapa dura y brillosa, para arriba, me sonreía arrogante. Las dos manos se aferraban al libro por los costados. Las uñas mordidas, cortísimas, de cutículas al rojo vivo. La más grande –la del dedo gordo, de la mano izquierda–  morada, machucada, reventada, deformada. Negra.
            –¿Te agarraste con la puerta?
            – La pata de la cama.
            –Ah...
            –Tomá. ¿No era el que estabas buscando?
            Otro más de tapa pintada a mano (o hace como si estuviera pintada a mano), con témperas (“óleos” suena mejor), de colores intensos (que sean los MÁS intensos, para demostrar que el artista es un apasionado), todos mezclados (“yuxtapuestos”), no se entiende un carajo, ¿qué es eso?, ¿la vía láctea enredada en un pastizal? En serio, ¿qué mierda es eso?
            Mi sobrinita de cinco años te hace una tapa mejor. ¿Qué es esa nueva moda de estamparme en la cara un dibujito “como de nene” si el libro no es para nenes?
            Porque si mi sobrinita, un día –mientras pinta con una rodilla sobre uno de los almohadones del sillón tirado al piso y la otra lista para pararse, sobre la mesita ratona del living que recibe sin parar las gotitas  deslizadas desde su vaso de chocolatada y que, además, sostiene avergonzada tu libro de mierda sobre una de sus esquinas (en lo más alto de una torre de otros tantos libros que no pienso leer jamás, ni asignarles un lugar definitivo), a punto de dejarlo caer, bah, de tirarlo mejor, tirarlo intencionalmente al abismo que lo separa de mi piso de madera astillada, sin alfombrita de catálogo, sin nada, pe-la-da– levanta la mirada de su hoja y descubre, arriba de la pila, esa tapa con manchas y trazos asínomás, “como de nene”, en esa superficie de cartón liso y despampanante (como sólo puede ser el material con el que se hacen las tapas de los libros para chicos, para ellos ¿no ves?, para ellos nada más), lo va a agarrar con sus manitos pegajosas llenas de manchitas de colores (¡igual que tu dibujo!) y lo va a abrir en una página cualquiera (y no te creas que no sabe leer, ¿tenés alguna idea de las cosas que aprenden los pibes en prescolar? ¡saben decir todos los colores en inglés!) y va a leer justo la parte en la que describís cómo el narco viola a la pendeja amordazada mientras obliga a su papá-traidor a mirarlo, atado desde una silla, para después volverse hacia él y cortarle la lengua, un pedazo del cuero cabelludo y las manos, con secos, concisos golpes de sable ninja, y te detenés párrafos y párrafos, páginas enteras, innecesarias, en describir cómo la chiquita de dieciséis, empapada en lágrimas y saliva, descubre a su padre descuartizado y grita desconsolada porque tu morbosidad le arruinó la vida para siempre, y ¿qué le digo yo a mi sobrinita que, además, se pregunta “por qué no hay más dibujitos adentro”, entre las oraciones?
            Tampoco necesito mirar la foto de la contratapa o la solapa para adivinarlo, sos ese tipo macanudo que saca a pasear al perro y no lleva bolsa para levantar su mierda. Es más,  lo hace cagar en el medio de una bicisenda para que después pase un bicicletista, o un señor en silla de ruedas y se le quede toda la caca blandita de tu Waimaraner Gold pegoteada en la trama de la llanta y tenga que buscar una carilina –si lleva encima–,  o alguna hoja seca –si es otoño– para sacarla. Pero igual se le van a quedar restos marrones en la goma y en las uñas. Ese tipo que todos los viernes al mediodía va a almorzar al bar de abajo con los compañeros de la oficina, pide y come de todo (como si fuera el último día, como si después de eso no hubiera nada, no hubiera –por ejemplo– media jornada de trabajo para terminar), jode a la moza en cada una de sus apariciones con chistes sexuales (realmente bochornosos que ella nunca va a lograr responder porque siempre le cerrarías la boca con otro todavía peor) y no le deja propina (o le deja veinte centavos y un Beldent sin azúcar) cuando el almuerzo salió casi lo mismo que ella hace en el mes. Así que:
            –¿Yo? Imposible. Nunca. Te confundís de persona– pero el hombre desapareció y descubro el libro frío entre mis manos. El libro pintado a mano de niño y yo, solos.
            De pie en el centro de un living desconocido, imaginado, sostengo el pedazo de mierda. Entonces los muebles comienzan a girar, lento, en ronda, alrededor de mi.
            Recuerdo el televisorcito que mi mamá y yo hicimos con una caja de fósforos para Artesanal y Técnica (segundo grado, Señorita Mari, sombra de ojos color turquesa y espacio entre las paletas). En una cara de la caja, mamá había recortado un rectángulo con la trincheta y, en una tira larga de papel, yo dibujé otros rectángulos, uno al lado del otro, del mismo tamaño que el de mamá con los distintos programas de televisión adentro. Una especie de historieta. En cada costado de la caja atravesamos dos palitos y les enrollamos la tira. Para cambiar de canal, los girabas y listo.
            Como en este momento alguien debe estar girando los que hacen desfilar el living ante mis ojos.
            Un cuadro,
una repisa,
            una mesa,
                                    una tele,
una puerta,
             una pecera:
                                    se acercan                    y          se         alejan,
            se agrandan,
se achican,
                        se deforman al pasar delante mío.
¿Soy el ojo en la mirilla de la puerta?
           
            –No puedo quedarme con este libro. No quiero. ¿No te ofendés? Es que no tengo dónde ponerlo, nada más. Me complica. Me estás tirando un fardo enorme. Es enorme este libro. Siempre lo mismo, ¿por qué venís con esto ahora? Vos y tu olfato de mierda para aparecer justo cuando estoy bien. De verdad, yo estaba lo más bien recién. Llevatelo, por favor. No tengo lugar en la biblioteca. Hay lomos para todos lados, verticales, horizontales, en diagonal, todos apretujados. Los de tapa blanda ya están dobladísimos por la presión. Cada vez que quiero sacar uno, se les rompe un pedacito. Este es tapa dura, ya sé, peor todavía. No entra. ¿Me escuchás?

            La única clavada al suelo en el living sin gravedad. Los muebles flotan, hacen círculos, ondas, zig zags alrededor de la mujer con cabeza de ojo.
            El iris rebota desesperado hacia arriba, hacia abajo, hacia arriba, hacia la derecha. Dibuja estrellas en un sólo trazo y nunca las cierra. La inmensa bola blanca de nervaduras rojas se balancea sobre el cuello. Alerta, con miedo.
            Silencio.
            La mujer sostiene un ladrillo de mierda con las dos manos. Las uñas mordidas, cortísimas, de cutículas al rojo vivo. La del dedo gordo, de la mano izquierda, parece machucada. Pero no sé.         No puedo ver bien con la mirilla al revés. 

viernes, 12 de abril de 2013

La cabeza bajo el agua, Por Roberto Aguilar, abril 2013



                                                      La cabeza bajo el agua

I
       Conozco de los muelles
        adioses y esperas infinitas,
              y la cabeza bajo el agua.

         Y las manos gastadas por tanta piedra,
        mentes y espaldas atravesadas por tachuelas,
        horas eternas bajo el látigo del amo.
       


         Y explotados con pan dulces bajo los brazos
         con la certeza de : “un día me iré  
         a saber de jardines,
         el sonido de la lluvia entre sien y sien,
                      un camino mejor
         bajo los pies.”
           
              Y conozco la espera. El barro en mis zapatos.

II
         Conozco del rumor y el olor nuevo
         de los libros con hojas tan blancas
          y el olor a pino seco  de los viejos.
         Y el fuego y el agua devoradores,
                           funcionarios
                       muertos, entre muertos bajo escombros.
         Mujeres atrapadas,
              entre espejitos de colores.
          El amor,  la ternura y la negación de los
         besos.
         Noches de insomnio, tempestades, la lectura sin libros
         sin luz, sin agua, sin gas ni dinero.
         Conozco de tu odio y del mío,
         la clara inocencia en la cara de un niño
y niños viejos con calculadoras en las manos.

                   III
Los bosques arden
su alma derretida
en la ciudad vacía.
Los campos esperan 
un cielo tranquilo.
Los ricos escupen sobre las flores,
las putas descansan contra los árboles.
Conozco, conocés, las cruces de madera,
los pueblos grises con alumbrados
apagados de noche y bajo las tormentas.
Las vías muertas, estaciones vacías,
asientos mojados por las heridas
de un perro.


                  IV
El sabor es amargo y sin recuerdos.
Alguien puso dos veinte a tus nervios.
Llega el padre para la extremaunción,
                     tus amigos y amigas para cerrar el ataúd,
movés los labios, el color vuelve a las
pupilas.
A todos los echas.
Es de noche. Soñás que conocés el fondo del mar,
                           las siestas, los ojos cerrados,
                           los cuerpos a flote
                           de las gaviotas sobre las olas.
                          
                          
                           A la deriva de los espejos, imagino  reconocerte.







        
       
       

viernes, 5 de abril de 2013

Boda con Pampa, por Josefina Bravo, abril 2013


BODA CON PAMPA

El sol ardía en el pasto amarillo del campo. Adentro de la casa, las mujeres se preparaban para la ocasión. La peluquera hacía bucles y más bucles en la cabellera espesamente negra de la madre. Cerca, en una silla, la hermana se dejaba embellecer el rostro tostado de sol.
Un vaso vacío, cuatro a medio llenar y una botella de agua ondeaban en la mesa ratona. Los rulos dorados de la fotógrafa se iluminaban cada vez al sonido del flash. Unas manos blancas levantaron la botella y vertieron el agua hasta llenar el vaso, que subió hacia unos labios finos, resecos, agrietados. Desparramada en el sillón, la novia miraba el vaso vaciarse en sus narices. El agua, en un recorrido vertical, intentaba apaciguar el sofoco.
En el último sorbo, el vaso brilló con el flash.
Abiertas las ventanas, las cortinas permanecían quietas, el viento no cabía en aquella habitación. La novia transpiraba sentada. Sin mover el aire, un abanico rojo danzaba su número entre las manos pálidas.
Acalorada, dejó el sillón. Sus piernas translúcidas recorrieron el trayecto entre los árboles hasta la hamaca. Apoyó la cola en la madera caliente. Las manos absorbieron el óxido al cerrase en las cadenas. Empujó la tierra con los pies, se daba impulso. Acompañó el cuerpo en el vaivén hasta alcanzar una altura suficiente.

Los pies blancos           quietos             en el aire.
Bajo ellos
-alternativamente-
el pasto amarillo                        y el cielo celeste.

El molino, quietísimo. Su silencio retumbaba en los oídos de la novia.
Primero llevó la vista y luego su cuerpo hasta el nogal. Verdes, los frutos colgaban de las ramas. En menos de un mes comenzarían a caer sobre el colchón de hojas donde la novia estaba entonces parada, con la mirada hacia arriba. A los higos también les faltaba maduración.
-A ver, más allá, los ciruelos…
No, las ramas estaban demasiado secas, necesitaban una buena podada para seguir dando frutos. La huella, al lado de los frutales, la invitó a una caminata hasta el galpón. Aún bajo la sombra de aquellos árboles, el calor era insoportable. Los pájaros cantaban su ritual de sueño. El sol caía detrás de la manga.
La novia, el vestido de puntillas pegado al cuerpo, se detuvo al límite de la arboleda. Allá, antes de la manga, a un lado del galpón, un hombre moreno y robusto se duchaba al aire libre. De un caño salido de la pared, caía un chorro grueso de agua fría. El hombre perdía las manos en su vasta cabellera negra. Se restregaba la cara, el cuello. Los brazos fuertes, la piel castigada por el sol.
La novia se quedó ahí, parada. Sin mover un músculo. Sólo se movían las gotas de transpiración en su cuerpo, carrera al piso. Tenía la boca seca. Tragó saliva mientras bajaba la mirada.
Un grito y un portazo la hicieron volver en sí. El hombre moreno clavó los ojos negrísimos en ella. La novia se quedó con los últimos rayos de sol en los cachetes y el astro desapareció detrás de la manga, bajo la tierra. Se volvió y corrió de vuelta a la casa, pinchándose los pies con rosetas.
Sintió los ojos de aquel hombre en las espaldas hasta llegar al nogal y perderse detrás del molino. Dejó atrás la hamaca, caminó el último tramo hasta la casa. La respiración agitada, el bombear de la sangre en las extremidades del cuerpo.
Una vez adentro, pidió un instante para ducharse y se prestó a la peluquera y al maquillaje. Alrededor, vestidos coloridos subían por las piernas de la madre y las hermanas.
Los vasos estaban vacíos.
Alguien trajo una nueva botella de agua.
Lento, el pelo se acomodó en el peinado. El maquillaje se estiró hacia los bordes de la cara. La novia llegó hasta la habitación del ventilador, donde el vestido bailaba solo.
El corset la dejó un momento sin aire. El ventilador movía el aliento de la madre y la fotógrafa. Los zapatos se ajustaron a los pies dolientes de pinchazos y, con el ramo de rosas en la mano, estuvo lista.
Las hermanas se preparaban para salir, el padre se ponía la camisa, el hermano buscaba la corbata. La novia, blanca sobre el pasto amarillo, miraba a la fotógrafa preparar la cámara para las fotos. Caminaron hacia el sulki viejo. El ramo goteaba.
-Mirá para allá, sonreí, levantá esa mano. Ahora un poco más allá, mirá las vacas cómo miran. En el guardaganado, otra, levantá el ramo, olelo.
El camino estaba poseado. Adentro de la cuatro por cuatro, entre saltitos, la novia miraba el reloj. Llegaban tarde.
El aire acondicionado, al máximo.
La piel erizada.
El rosario, en las manos.
En la casa del jardín de los sueños, el hombre del sulki, en cuero, fumaba un cigarro. Al verlos llegar, la mujer le alcanzó la camisa negra. La gran panza desaparecía a medida que la mujer prendía los botones.
-Ahora vamos a prender el farolito acá atrás. ¿Viste los corazones lustrados en el recado? Que el padre la espere en la iglesia, acá entramos sólo dos.
Pampa coceaba sin cesar. Se movía adelante y atrás. Las crines negras pegaban en los muslos marrones. El hombre del sulki le hablaba, intentaba tranquilizarlo.
- Sacá la cuatro por cuatro, es el ruido del motor que lo inquieta.
El padre alejó la camioneta y se acercó para subir a la novia al sulki. El calor palpitaba en el cuerpo apretado de la joven. La pollera se le pegaba en las piernas húmedas, la cara le brillaba de transpiración.
Una vez arriba, ramo en mano, un par de fotos –Pampa relinchaba con el flash- y salieron del jardín. Sobre el pavimento, las pezuñas de Pampa hacían un ruido seco. El hombre del sulki, la panza oculta en la camisa, llevaba las riendas en la mano izquierda. Con la derecha, señalaba las ruedas lustrosas, el recado impecable, la madera reluciente.
-Ahora vamos a dar una vuelta al pueblo.
Las casas bajas permitían ver el cielo oscurísimo, sin estrellas. Con la silla en la vereda, los pueblerinos esperaban a la novia. Un viejito le pasaba el mate a la viejita sentada a su lado. Dos casas más allá, tres varoncitos jugaban a la mancha y una nena lloraba en la falda de su madre. La casa de tejas rojas tenía las luces encendidas y, en la vereda de enfrente, tres mujeres cuchicheaban sin parar.
-Saludá, nena.
El hombre del sulki tenía la sonrisa instalada. La novia levantó una mano. Desde adentro de una casa, alguien corrió la cortina para ver. Los viejitos saludaron, los niños corrieron unos metros detrás del sulki, las mujeres frenaron el cuchicheo un segundo para mirar y, enseguida, volvieron a la conversación que las inquietaba. La pequeña llorona se acercó hasta el cordón de la vereda para ver mejor. Sus ojitos negros, hinchados de llanto, la siguieron hasta que el sulki dobló en la esquina siguiente y se perdió de vista.
Al alejarse del farol de la esquina, la oscuridad de la cuadra se sintió en los huesos. Bajaron a la calle de tierra y la temperatura pareció caer. La novia miró el reloj en la muñeca del hombre. Era tardísimo.
Los pasos de Pampa retumban en la tierra húmeda. Su respiración rítmica y las crines en el muslo acompañaban el compás de aquella melodía. El corset del vestido se descosía a cada paso del animal. Las ballenas comenzaban a pinchar la cintura de la novia.
Ya cerca de la esquina, volvieron a subir al asfalto y, con la luz del farol, regresó el calor sofocante de aquella noche de verano.
A ambos lados de la calle, dos filas apretadas de autos estacionados.
Una familia entera en la vereda esperaba ver pasar el carruaje. Una adolescente se cruzó enfrente, donde varias chicas charlaban y se reían.
La iglesia estaba completamente iluminada. Afuera había una multitud. Todos los ojos vueltos hacia aquella joven, vestida de blanco, acercándose en el sulki.
 El andar de Pampa era cada vez más brusco. A cada movimiento, las ballenas del corset se hundían en la panza y la cintura de la novia. El hombre panzón sonreía mientras le daba rienda a Pampa, para que se acercara hasta la entrada a la iglesia. Entre tanto ruido de tacos, flashes y murmullos, Pampa comenzó a cocear. El hombre del sulki le hablaba, luchaba con las riendas para domarlo. No había caso, el caballo se preparaba para relinchar.
-Vamos más adelante, bajemos donde no haya gente –casi gritó la novia.
Los músculos faciales contraídos, los ojos grises desorbitados.
-No, dejame, yo me bajo.
Con su sonrisa siempre instalada, el hombre del sulki descendió de un salto. La gravedad casi lleva la panza al piso, pero ésta volvió a su lugar impulsada por las rodillas del hombre.
Pampa se movía adelante y atrás. Su respiración mantenía en vilo a los invitados en la iglesia. El padre se acercó y estiró los brazos. El novio caminó el altar hasta la puerta, preocupado. El cintillo de perlas del vestido se rompió.
Cayó una al asfalto.
Pampa relinchó, levantó sus patas alto.
El sulki se sacudió.
El peinado de la novia comenzó a deshacerse.
Cayeron tres perlas más
y sonaron como pequeñas campanas.

Las ballenas traspasaron la piel y lastimaron las caderas de la novia, que se miró los pies, con dolor. Pampa volvió a relinchar. Los invitados tomaron distancia. El padre dio un paso hacia atrás y el hombre del sulki cayó de espaldas. Una vez en el piso, la panza se siguió moviendo.
La novia, entre sacudones y lluvia de perlas, vio al novio hacerse espacio entre los invitados, trataba de llegar a ella. Una cincuentona se abanicaba. Una niña en brazos señalaba el sulki y aplaudía alternativamente. La madre se desmayó y las hermanas trataban de darle ánimo.
De repente, el murmullo colectivo se acalló.
El calor de la noche se volvió tan pesado como niño sobre los hombros. Crujió el cielo en un relámpago y la densidad del aire se condensó en un aguacero infernal. Los vestidos se pegaron a los cuerpos de dos amigas de la novia, quienes corrieron iglesia adentro. El novio y tres amigos gritaban sin entenderse alrededor del sulki, querían bajar a la novia.
El cielo se iluminó otra vez.
Pampa volvió a relinchar y salió al galope. Con el sulki a cuestas.

Después fue lo de siempre. La bendición, el saludo a la salida de la iglesia, el ramo por el aire. Y los higos a la espera de un sol largo para madurar.