jueves, 11 de octubre de 2012

Nuevo texto de Daniel Milanesi, octubre de2012




                                                  La bolsa del perdedor
                                                                           

     Hasta antes del sexto round pudo mirar el andar y el culo de la mina que paseaba su estampa y los cartelitos por el cuadrilátero. Después se puso fulero. Cuando terminó esa vuelta lo estaban esperando con el botiquín entero. Recibió dos zurdazos de demolición que hicieron estragos en su ojo derecho y el labio superior. Igual, en un parpadeo, entre los dedos del asistente que le secaba la sangre, vislumbró algo- de lo que contenía con mucho esfuerzo- el shorcito azul. La campana anunció el séptimo y apenas la escuchó. El sonido de trenes y grillos a coro estaba en su cabeza desde hacía unos cuantos minutos. Un empujón de su segundo y la furia del público se lo confirmaron: tenía que pelear una vuelta más.

     Como pudo buscó ponerse fuera del alcance de las manos del adversario, sin quedar arrinconado contra las sogas. ¡Pucha que se movía ese cabrón!. A esta altura la visión era difusa y la cabeza le pesaba como si hubiera estado llena de tuercas de acero. Él sabía, esto podía pasar, ya no tenía los años y el empuje que lo habían llevado a cosechar una pequeña fama. Pero la necesidad de unos pesos para poner el negocio que le permitiera mantener a su familia, lo hicieron aceptar el desafió. Mejor dicho “desafiar” al campeón de la categoría.

    La bolsa de dinero en juego lo salvaría si ganaba o perdía. Habían pactado 10.000 para el ganador y 3.000 para el perdedor. El promotor le aseguraba, duplicar la bolsa del perdedor, si la pelea - pactada a diez - duraba ocho rondas.      

    El hombre llegó al ring con los sueños secos. Esos que había sembrado a lo largo de los años. Porque los sueños si no se riegan, si no se los cuida, si uno no remueve la tierra de vez en cuando con el esfuerzo de otros sueños, se mueren.

    Terminó el séptimo sin aire, salpicaba sangre y sudor en cada movimiento. Su pocas fuerzas le bastaron para darse cuenta de que estaba a punto de iniciar la ronda decisiva. En ésa, cada golpe del rival y cada golpe de la vida podrían haber tenido una recompensa doble. Recibió muchas indicaciones en el rincón, pero no las podía procesar. Instintivamente miró a la tribuna, buscaba el rostro de su hija. Entonces recordó con alivio, que le había pedido que no viniera al combate.     

    Sonó, más fuerte aun, la campana. Temblando de debilidad buscó erguirse, adoptar una postura digna para un final inminente. Así pudo por un rato mantenerse a salvo. Hasta que una mano, o bien pudo ser un mazazo, le abrió una herida tremenda en la frente. Sintió doblarse sus rodillas y luego chocar su cara contra la lona. La sangre hacía charco y le pegoteaba el pelo. Una voz sin agitación, más nítida que el griterío del público, contaba:

    - Uno…, dos…, tres…- pausado.

     A su mente llegaron los momentos felices de la vida. Sus primeros triunfos en la categoría. La primera salida con su mujer. El nacimiento de la nena. Y poco más. El árbitro dejó de contar, tomó sus manos, las sopesó y le dijo algo que no entendió.

    - Siga, siga. Cuidado con las cabezas.

    Se dio cuenta, se estaba incorporando, el público gritaba con nuevos bríos. El rival era una nube oscura, fría y peligrosa que amenazaba devorarlo.    Retrocedió hasta el fin del universo. Esas cuerdas tensas y gruesas eran la frontera infranqueable. Entonces enfrentó el nubarrón; tiró un par de piñas para disiparlo. Pero un rayo que salió desde el otro lo impacto en el hígado. Y otra vez la lona, los gritos.

    - Uno, dos, tres, cuatro...

    El bailoteo de los pies del campeón  contra la lona sonó a redoblantes de murga, como aquella en la que había participado en su niñez. Todos sus afectos danzaban alrededor, con ese ritmo.

    - Siete, ocho.

    La campana fue un llamado a recreo de la escuela. Mientras lo reanimaban, una sonrisa se dibujó en la deformidad de su rostro.

Nuevo texto de Gabriela Ramos, octubre de 2012


                            NO VAYA A DECIR...

            Cuando miró al costado, el puente estaba verde.  Los trozos, cascarones de la pintura roída caían con el trance del tren. Cada paso seguro tintineaba en el farol prendido desde la noche anterior. El señor galés era realmente interesante. Paseaba con su Peugeot dorado.
             No vaya a decir MAI LORD, diga Milord.
            Pensó que en la esquina podía estar la rubia. Unos gruesos labios bermellón, una buena cintura, un buen par de tetas.
            Siempre el río se ve marrón. Como la mierda. Interior y exterior. En retrospectiva e introspectiva. Pero esos zapatos estaban viejos. En  otros tiempos la cosa era más divertida. Rubias, morochas y coloradas bien tetonas, casi siempre con una nariz descomunal o chiquita, daba igual si pecosa o no. Travestis, lesbianas, putas, monjas, renegadas, o una que viniera bien como para retomar el tema de los ideales para saltar más alto. Con eso de Milord la cosa iba, de charla en charla, de lucha en lucha. Dígase que una fantasía más, una menos, daba igual. Porque subir ese coche, echar cara al destino y hacerle frente, eso sí. Una tetona y con culo grande, o chico da igual. Lo importante es que se sepa que no mueren las ideas. Sobre todo, que el universo mental de cada uno es respetable. Como una bola de mucosa que se agita. Como la mancha voraz, o algo así. Ahora sí: que no se filtren los sueños por los cristales del retrovisor que ya se viene la rubia, el dorado (y el mar). Qué se va a hacer, está repleto de pendejas, eso con mucho respeto al fin del mundo y las tetas de la melancolía. Aunque si se termina el mundo, yo sigo tetas y universo (mental). Pero si la luna se esconde al revés…, de boluda no tenés nada. El tema con Milord es que yo tengo gran interés por las cuevas. Porque agarro una piedra, dos del mar y cruzo los universos. El que me une a mí y el otro,  que me une a mí. El tema de la sombra ya se lo explico a todas las rubias, morochas, albinas que me cruce con tetas enormes. Si son descomunales, mejor. Porque el Peugeot que tiene Milord es como el sueño dorado del universo. El dorado me hace conectar nuevamente con los ideales, la lucha. Es que la rubia parece tan rojiza al sol, aunque eso mucho no me importa, lo importante son esas mucosas rojas que le veo. Y Milord, buen tipo. Porque yo acá arranco docente y termino director. Después, en el gremio y a pensar en otra cosa. Me fascino con las voces, ¿lo femenino, dijiste? Sí, me encanta escucharlas cantar. Cuando una mina canta… La rojita, la rojiza, digo, o la dorada. Porque esa charla me dejó pensando. Milord sí que es un tipo inteligente, aunque bastante agrandado. En la travesía de los universos yo le doy una piedra dorada a la rubia tetona y a la mucosa, a la mocosa. En realidad cuando uno es un luchador y las yeguas se ponen en celo, me vuelvo loco. Eso sí, ni un paso, porque el universo tiene dos tetas, pero si yo digo tres, ella me lo cree. Todo monitoreado desde el dorado. Desde el retrovisor veo a la rubia, aunque las mocosas coloradas con esas tetas, ese PAR DE TETAS, me enloquecen, por más boca sucias que sean, porque Milord- después de la charla- se tomó toda la Glaciar y no me dejó una gota, aunque te digo, la vuelta en auto, estuvo bien el tipo.
            El tren de las siete ya viajaba por otros lugares. Vio el tintineo del farol. El río se sacudía en su espesura. Prendió un cigarrillo, se sentó en el borde del puente verde y fijó su mirada en la pared descascarada.

Nuevos textos de Josefina Bravo, octubre 2012


                        EL TIEMPO EN QUE EL AGUA TOMA COLOR A TÉ

          Jorge se se disponía a fumar un buen cigarrillo sentado en su despacho, después de una larga noche de formalidades. Como administrador de la estancia, había conversado con muchos de los comensales, bailado con algunas damas y cenado a la derecha de su patrón. Entonces, se distendía cuando Amelia entró al despacho agitada, con las mejillas rojas, el rodete desprolijo y los ojos acongojados.
-Clarita no está en la habitación.
-¿Cómo que no está? ¿Te fijaste en el baño y en la cocina?
El ama de llaves asintió. La distensión se volvió tensión en el gesto del hombre. Sin embargo, disimuló, para no alarmar a  la mujer. Le dijo que no se preocupara, la iban a encontrar. Alertá a Ramona y a todas las empleadas domésticas. Yo me ocupo de los hombres. Y voy a ir hasta lo de Martín, quizás Gastón sepa algo.
El hombre alto, elegante, que hablaba de manera tan serena, se precipitó por el pasillo una vez que el ama de llaves se alejó hacia la cocina. Ya afuera, sintió el rocío fresco de la noche y percibió la luz plateada de la luna sobre la oscuridad despejada. Pasos largos, apurados, enseguida se convirtieron en un trote jadeante y acortaron la distancia hasta la casa de Martín. Había luz. Agitado, tocó la puerta de madera y gritó para que le abrieran rápido. El dueño de casa lo hizo pasar.
-Hombre, ¿qué pasó?
-No encontramos a Clarita…
Gastón apareció por el pasillo, el pelo revuelto y los ojos pegoteados de sueño.
-¿Sabés algo de tu amiga?
El niño movió la cabeza de derecha a izquierda. Martín dijo que se encargaría de ensillar algunos caballos. Jorge iba a despertar a Mario, el jardinero y a pedirle que alertara al resto de los hombres. Quería salir cuanto antes en busca de la niña.
En la casa, Amelia hacía lo mismo con Ramona y las domésticas. Entonces, todas las mujeres de la casa, vela en mano, buscaban a Clarita en las habitaciones, placares, debajo de las camas, detrás de las puertas, debajo de las mesas, detrás de las cortinas. El ama de llaves -farol en mano- caminó hasta el establo. Martín ensillaba unos caballos con la ayuda de Gastón. Jorge terminaba de ensillar el suyo y se preparaba para salir.
- Mario, vení conmigo.
El hombre justo entraba al establo. Asintió y de inmediato subió al lomo del animal que Martín le cedía. Se escuchaban las voces de unos hombres acercarse.
-Que ellos vayan para el lado de la ruta, Mario y yo vamos hacia los límites de la estancia de los Ping. Martín y Gastón, busquen en el monte y en el molino de las cañas. Amelia, si las mujeres ya buscaron en la casa, que ahora salgan y busquen en todo el casco.
-¿Necesitan faroles?
-No, con la luz de la luna alcanza.
Serio, la cara inmutable, así salió el Señor Benger del establo. Se escuchó el galope de los caballos alejarse y entrar en la profundidad de la noche. El tractorista, un hombre moreno y petiso, se subió de un salto al caballo que le tocaba. El otro hombre, un tanto más alto y regordete, tuvo más dificultades, pero una vez arriba demostró destreza para dirigir al animal. Salieron sin decir una palabra, acataban órdenes. Segundos más tarde, Martín y Gastón, padre e hijo, abandonaron el establo a trote.
Amelia casi corrió hasta la casa. Momentos después todas las mujeres caminaban el pasto húmedo al grito de:
Claaaaraaa.
Jorge y Mario recorrieron un buen trecho. Galopaban un tanto alejados uno de otro. Los ojos atentos a los costados. Jorge, dos por tres, veía algo blanco a lo lejos y se acercaba ilusionado para comprobar que eran huesos de animales, brillaban con luz de luna. Repasaba en la cabeza cada lugar donde podría llegar a estar la pequeña. No lo decía en voz alta, pero tenía miedo. La llanura se veía gris. El viento soplaba en dirección a la casa. Peinaba hacia atrás la cabellera de los hombres. No hablaban. Jorge lanzaba algunas miradas al cielo.
-Quizás deberíamos volver, no pudo haber llegado tan lejos.
Hacía más de una hora que galopaban a la deriva. El señor Benger no quería saber nada con abandonar la búsqueda. Quedaban muchos lugares donde buscar todavía. Mario insistía, debían intentar más cerca de la casa. Además, quizás los otros ya tenían noticias. Lo mejor era regresar. Jorge estaba más terco que nunca.
De repente, a lo lejos, vieron una luz moverse en todas direcciones. Galoparon en esa dirección. Jorge tenía el pecho oprimido, la garganta anudada. Era alguien a caballo. A unos pocos metros escucharon unos silbidos. Gastón.
- ¡Llevo más de media hora buscándolos!
-¿La encontraron?
-Sí, está en la casa con Amelia.
-¿Y está bien?
-Sí, sólo había subido a la colina de los panaderos y no se dio cuenta de la hora…
Gastón dijo algo más, pero Jorge no escuchó, ya iba a todo galope hacia el casco. Sus grandes manos (transpiradas) apretaban con fuerza las riendas ásperas de cuero viejo. Los grillos de la noche gris se callaron con el golpe de los cascos en la tierra húmeda, la respiración agitada, los ruidos crujientes de la montura y las crines al pegar en el muslo del animal. Jorge pensaba en esa chiquilla desobediente y estribaba más fuerte. La habían mandado a dormir y ella, muy campante, había salido de la casa a tan altas horas de la noche. No era la primera vez que lo hacía, no, la había encontrado otras veces. Espiaba las reuniones y las fiestas desde afuera de la casa. Salía a ver la noche estrellada o a escuchar los grillos. Siempre tenía una excusa. Y podía convencer a cualquiera de que la apañara en sus ocurrencias. La estaban consintiendo mucho. Se había vuelto del colegio pupilo porque extrañaba, dormía con su tía porque tenía miedo. Tenían que ponerle límites. Ahora lo iba a escuchar, cuando llegara. Ya iba a ver esa chiquilla, preocupar así a todo el mundo, despertar a media estancia para buscarla porque se le ocurre desaparecer de un momento a otro. Nada de cabalgatas, nada de mi comida preferida, nada de quedarme un ratito más despierta, nada de puedo ir al pueblo con vos. Ya no iba a consentirla más.
Llegó al casco de la estancia, dejó su caballo a Martín en el establo y se dirigió a la casa, con pasos largos y ruidosos. Pasó por la cocina, donde Ramona tiraba hierbas secas en grandes tazas de agua caliente y balbuceaba algo que Jorge no se quedó a escuchar. El aroma suave de las hierbas lo acompañó hasta la habitación de Amelia. Una vez en la puerta, vio a Clara dormida en la almohada y oyó a su tía tararear una canción de cuna, mientras le acariciaba el pelo, desde la frente hasta la oreja.
En el tiempo en que las hierbas caen y llegan al fondo de la taza, en el tiempo en que el agua toma color a té, se desvaneció el enojo en el gesto de Jorge, cedió la presión en su pecho, los hombros bajaron y se deslizó una lágrima por su mejilla fría. Entró, silencioso, besó la frente de Clara, apoyó un momento su mano (entonces seca) en el hombro de Amelia. Se quedó unos segundos en esa posición. Sus ojos: cautivos del movimiento pausado del cuerpo de la niña al respirar. Luego, con el cuerpo exhausto y pesado, caminó lento hasta la cocina, guiado por el aroma del té.

viernes, 5 de octubre de 2012

Nuevo poema de Elena Liceaga, octubre de 2012


   AMOR FANERAL


Nuestro amor es faneral, hecho de pelos y uñas.

Se  a  l  a  r  g  a,
      se acorta
                      crispa
                                     enrula
                                                       enlacia.

Se suelta y se recoge,
pegoteado o vaporoso,
opaco o brillante.

Bucle
         Jopo
                      Flequillo
(Según la ocasión)

Nunca el mismo.
Siempre igual.

Amor de uñas suaves y gentiles.
Crece armonioso y se quiebra malhumorado.
Rasguña, rasga, rasca y acaricia…
Pincha, clava, ataca y defiende.


 Amor vampírico:

soberbia incisiva
                                 lujuria canina
                                                                  prepotencia molar.
Besa y muerde.

Corta.
Desgarra.
Tritura.

Mata, muere y renace.
                           Locura de clave lunar.

jueves, 4 de octubre de 2012

Nuevo texto de Ayelén Attías, octubre 2012


 CONTRASTES EN FOCO Y FUERA DE FOCO

(Entre Chile y Argentina,   1972 – 2012 .Imágenes para empezar a recordar y escribir)

1972
                -Nos vamos a Chile- dijo mi mamá.
                Yo tenía seis años. No entendía por qué. Me daba miedo. En Buenos Aires estaban mis abuelos y mi papá, mis muñecos.  Mi casa. No tengo recuerdos, me cuesta traer imágenes a la memoria. Pero hay algunas y, cuando las llamo, vienen otras,  arrastradas por las primeras.

2012
Tengo  que volver,  enfrentar  los miedos y  los fantasmas.  Grandes amores de mi vida se gestaron allá, detrás de los Andes. Grandes dolores también.
Pilar, mi hermana. Eva, como una mamá; Gustavo, ese hermano que me dio la vida. Ellos vienen de allá.
Diego, mi gran amor,  Gustavo y su prima Mirna, chilena ella, me empujan y me sostienen, con mucha fuerzas.
                -Tenés que ir, tenés que ver los lugares, sentir los ruidos y las voces.
                -Ahora es diferente- dice Mirna, que vive y ama su Chile natal- Chile no se merece que tengas esa imagen, que le cierres la puerta, que tengas recuerdos tan dolorosos…
                Entre asados, vinos y postres, en la terraza de casa y al calor del fuego de la parilla, se empieza a gestar el regreso. Ahora es voluntario.
                Mis hijos tienen que conocer la historia, lo merecen. Es parte de su historia. Ahora Andrés, el más chico, tiene la edad  que yo tenía en aquellos años.  Lo miro y no puedo creerlo, no puedo imaginarme a los seis y siete años. Andrés tiene otra infancia, tan diferente. Quise que tuviera otra infancia, quise y no pude evitarle todos los dolores. No se puede

1972
                El viaje: no sabía dónde iba, no lo recuerdo, ni tampoco por qué nos íbamos ni cuándo volveríamos. Tampoco recuerdo la partida, tengo apenas una fugaz imagen de la estación de trenes, de un andén y de mi abuela despidiéndonos. No quería ir, sólo quería volver a casa, con mi papá, mi abuela y Florencia, la muñeca que hablaba y caminaba. La muñeca con la que llamaba a mi abuela por teléfono. Y  una y otra vez le preguntaba si quería escuchar lo que decía Florencia.  Florencia era rubia, tenía el pelo lacio- duro como pelo de muñeca- y unos rulos en la parte baja de la melena. Me parecía hermosa. No era flaca como las barbies actuales, de piernas gorditas, unos soquetes blancos con broderie, zapatos tipo guillermina,  y un vestido celeste estampado que le llagaba a las rodillas.

2012
El viaje: otro viaje, elegido, con miedo y valentía. Y con sostén. Diego me lleva, maneja. Mis hijos me acompañan. Y Mariela, una sobrina que Diego me trajo a la vida.
El paisaje es una maravilla, los colores de las montañas ¡cómo puede haber tantos colores entre tierra y rocas! Las cumbres  nevadas, los Penitentes, vigías que custodian la noche y el día y cuidan a los viajeros.  Los Penitentes son ocho, ocho caras de piedra talladas por la naturaleza en las rocas. Hay quien dice  que parecen sacerdotes. La imaginación del hombre, puede dar forma, imagen y palabras a simples piedras de la montaña. No tan simples. ¿Cuánto tiempo hace que están allí los Penitentes?
El Puente del Inca, con su viento, parece llevarse todo. Y se lo lleva. Se lleva una servilleta que Javier corre durante varios tramos, cuando está a punto de alcanzarla vuelve a volar, en otra dirección. Y así varias veces, ante la risa de todos, ante el disfrute de todos los que vemos la escena. Todo vuela, la servilleta, el pelo de Javier, nuestras ropas, nuestras voces, el viento se lleva las palabras, los objetos, los recuerdos de ese lugar cuarenta años antes.
Los artesanos del Puente del Inca intentan convencernos  acerca de las bondades del limo, un barro de la montaña, con metales que curan todos los males, los del cuerpo y los del alma.
                No recuerdo esto cuando lo recorrí cuarenta años antes, las imágenes no vienen a la memoria, ¿habrá habido tanto viento?, ¿ habré visto?, ¿o sólo podía mirar para atrás?
                Más allá el Aconcagua, imponente. Custodio de todo alrededor. Vigía de todo y de todos. Emperador de las montañas. Impone respeto, admiración. Algunos lo desafían, a algunos los deja pasar, son quienes lo miran con más respeto,  lo visitan como a una divinidad,  respetan sus reglas. Otros, los que creen  dominarlo, pierden sus vidas en el intento de faltarle el respeto.

1972
                EL tren. La sensación del traqueteo, del movimiento continuo y adormecedor.  ¿A dónde vamos? ¿Por qué nos vamos?
                Por qué el recuerdo no coincide en nada con lo que cuarenta años después encontré, en ese mismo camino. Dónde estaría mi cabeza de seis años en aquel viaje…. Los Penitentes estaban allí, están allí desde que se formaron los Andes. No los vi, no me vieron.  Nos dejaron pasar.

2012
                El tren se cerró durante la Dictadura. Quedan las vías muertas. Pero no parecen muertas, acompañan a la montaña y a la ruta tan imponentes como si vivieran. Puentes, vías, túneles y hasta un taller  ferroviario en el Puente del Inca, en la mitad de la cordillera.
                Los puentes y las vías, de un color plateado brillante, como si estuvieran nuevas. Viajan paralelas a la ruta de los autos,
a la izquierda a la ida,
                                       a la derecha a la vuelta.
                                Algún cruce en algún momento, un túnel que por unos segundos alimenta la intriga de qué encontraremos al otro lado, cuando se haga la luz.

1972
                La ausencia: mi mamá desapareció un día. No sabíamos dónde estaba. Se escapaba de los milicos.
                Yo, en esa época, tenía el pelo largo y lacio y me gustaba peinarme mucho frente al espejo, ver cómo cada día mi pelo era más y más largo. Me gustaba, me gusta mucho mi pelo. Esa tarde  jugaba a peinarme en el baño, pero la puerta no estaba del todo cerrada, y escuché. Escuché hablar a las amigas de mi mamá,  la creían muerta,
        - Bajo tierra- les escuché decir.  No recuerdo qué sensación tuve, pero no me desesperé. No sé si fue miedo, o si supe escucharme, supe sentir mi conexión con mi mamá y saber que no estaba muerta, que  la volvería a ver.

2012
                La ausencia: Ahora sí mi mamá está muerta. Se fue hace seis años. Estuve y estuvimos a su lado hasta que partió.  Y me quedaron tantas preguntas, tantos silencios. Pero no todos.  Me pregunto si es posible que no queden preguntas, o qué pasa cuando se acaban las preguntas. ¿No queda nada por saber? ¿Nada por construir? Tal vez es mejor que siempre haya preguntas, que nos hacen buscar…
                También quedaron otras voces y esos recuerdos que van trayendo a otros,  abren caminos, se animan a hacer preguntas, me animan a escribir este relato,  a buscar a esas otras voces que están ahí, dispuestas a hablar, esperan ser escuchadas. La  voz de Eva.

1972
                La embajada: un lugar enorme, inabarcable a los ojos de una niña de seis años. Mucha mucha gente, gente durmiendo como en campamento,  en colchonetas sobre el piso, una al lado de la otra, largas hileras de colchonetas. Nosotras tres, otra vez juntas. Cómo las necesitaba.
                 Eva, afuera, con una enorme panza. Gustavo,  y un nene chico, Luciano, su hijo mayor,  a su lado. Nos decía chau, desde lejos con la mano.
                Había tanta gente, tantos chicos. Yo tenía un resorte largo y blando, de esos que si se ponen en una escalera, bajan solos los escalones, como robots torpes, como si tuvieran piernas. Ahora los hacen de plástico. Es uno de los juguetes que más recuerdo de mi infancia. Cada tanto me compro uno y me doy permiso para viajar en el tiempo y jugar en la escalera a verlo bajar torpemente, porque parece
                                    que se va a caer,
 pero no se cae,
                          baja uno
                                     y otro escalón, en perfecto orden,
                                                                                          y llega al final.

2012
                La embajada: imponente, señorial. Una placa en la puerta recuerda y rinde homenaje a quienes se refugiaron en ella durante los primeros meses de la dictadura. ¿Nos rinde homenaje a nosotras tres? La firma Néstor Kirchner, Presidente de la Nación Argentina, en 2003.
                Nos recibe el cónsul, con café y brownies. Sin miedo, sin dolor.
                Recorro las mismas escaleras donde jugaba con el resorte. Un hombre baldea ese patio, ahora sin gente. Me parece ver la cantidad de chicos jugar en ese parque. Y veo a mi resorte mientras baja esas escaleras señoriales, de mármol, con escalones curvos,  hasta llegar al piso bajo de baldosas blancas y negras intercaladas formando dibujos.
                Un solo hombre lava el piso, ese piso en los que más de seiscientas personas circulaban cada día durante aquellos meses  ya  en  1973.   
                La memoria transforma los recuerdos. Esa imagen que tengo de Eva despidiéndonos, es imposible, no puede haber sucedido como la recuerdo. La arquitectura del lugar no lo permite.  Pero como la recuerdo quedó en mí. No importa cómo haya sido la realidad, importa cómo la recuerdo, que marca me deja en la piel, en el alma.
                Voy al baño. Señorial, mármol, jabones perfumados, toallas suaves. El cónsul me dice después que me imagine que esos mismos baños, y algún otro del piso de arriba, eran los únicos para los seiscientos refugiados.
                Contraste. Contraste de imágenes y de sensaciones. Un baño enorme y suntuoso para uno es un baño que no alcanza para seiscientos.  Pasillos anchos y señoriales para cuatro o cinco son espacios estrechos donde seiscientos están hacinados. Pero a salvo.
                Una mesa larga, de madera, con muchas sillas alrededor y una lámpara. Mariela se sienta y se saca una foto en la cabecera, “es el lugar donde se sienta la presidenta cuando nos visita”, dice el cónsul. Nos divertimos, jugamos y sacamos más fotos presidenciales.  Varios turnos de comedor se necesitan  en esa larga mesa para atender las comidas de seiscientas personas. Siempre primero los chicos.
                Siento un silencio también señorial, sólo interrumpido por nuestras voces alegres. Imagino un murmullo y ruidos en esos mismos espacios. No pudo haber habido tanto silencio. 
                Mirna nos guió en Chile, nos llevó a conocer lugares donde se disfrutan comidas, bebidas, paisajes, bailes. Nos buscó albergue, compartió horas con nosotros. Ella contó nuestra historia en la Embajada Argentina, y pidió que nos recibieran. Yo sola no lo hubiera podido hacer.

1972
                Fuimos dos. Volvimos tres. Una tarde, recuerdo a mi mamá, vestida de blanco, de perfil, embarazada. Muy embarazada. Tal vez, momentos antes de salir a parir a mi hermana. Es la única imagen de mi mamá embarazada. ¿Yo no lo sabía?, ¿sabía que iba a tener una hermana?  Uno o dos días más tarde alguien me llevó a conocer a mi hermanita. Entré en una habitación de hospital,  no la recuerdo con precisión. Sólo algún color rosado en la fachada del edificio y una cama con sábanas blancas; y a mi mamá, con una bebé muy, muy peluda acostada a su lado. Me pareció fea.
                - Ella tiene las patillas como San Martín- así cuentan las historias de familia que le dije a mi mamá. Justamente San Martín, otro argentino  cruzó la cordillera para liberar a Chile, para construir otro proyecto de nación y de vida, como hizo  mi mamá.
                No sabía quién era su papá, no entendía por qué no había un papá. Más tarde supe quién era.

2012
                Tengo una hermana, chilena, seis años menor que yo. Ya no es peluda ni se parece a San Martín. Sí es valiente y fuerte y forma parte de aquellas cosas que vinieron de Chile, que nacieron y llegaron a mí en un momento tan oscuro y doloso, pero  hoy son gran parte de la luz de mi vida.

1972
                EL maletín verde. Mi papá me fue a visitar a Chile una vez. Fue en su Kaiser Carabela azul de techo blanco,  el auto de mis recuerdos de infancia. No recuerdo mucho ese viaje, sólo que sí me compró muchas cosas y me llevó un maletín de escuela color verde, con hebillas doradas y unas tiras blancas.
                Hermoso. 
                Me moría de vergüenza en la escuela con ese maletín, el único verde entre todos los clásicos de cuero marrón. Me sentía diferente,  me daba vergüenza ser diferente. Yo ya era la argentina- la distinta- ¡encima, por entonces, tenía el maletín verde con patitas! Cuánto me costaba disfrutar de las cosas lindas. Cuánto dolor me impedía disfrutar de ese maletín, y de ese papá.

2012
                Años más tarde, correría el  año 2000, mi papá y yo volvimos a hablar de Chile. Tal vez Chile fuera lo único que  no podía perdonarle  ¿Por qué me dejaste ir? ¿Por qué no me fuiste a buscar? Las preguntas eran duras, dolorosas. Las respuestas comprensibles, tranquilzadoras.
                -No podía separarte de tu mamá, cómo iba a hacer algo así.
                Cambian las perspectivas pensé, qué hubiera hecho yo en su lugar… no lo sé, pero entendí: hizo lo que creyó mejor. Todos sufrimos. Ahora lo comprendo. Tenemos esta charla en una plaza frente al jardín japonés. Javier, mi hijo, tiene un año y juega con los baldes de arena, hace castillos, estrellas de mar, los pisa y los vuelve a construir con una infinita paciencia. Hay sol, hace calor y Javier es testigo de esa charla entre padre e hija que le dio armonía a la relación para siempre. Cada uno entendió el dolor y las razones del otro. Y acá estamos, en paz, en la plaza, construyendo castillos en la arena, sólidos, muy sólidos, no se derrumbarán.

1972

                Nos volvemos. Un jeep nos viene a buscar, subimos y nos lleva directo a un avión. Vamos a Buenos Aires. Qué alivio, voy a volver a ver a mis abuelos, a mi papá y a Florencia. ¿Le habrán puesto las pilas? ¿Seguirá hablando? Confío en que mi abuela se haya ocupado de cuidar sus rulos rubios.
                Regreso. Una de las primeras imágenes es la de una barba negra y peluda. Un muchacho se agacha a darme un beso y un abrazo en la puerta del ascensor de Independencia, la casa de mi tía Ana.  Es mi primo Félix. Dos años antes su cara estaba limpia de pelos, era un chico. Entonces, parecía un hombre.

2012
                La ruta tiene dos partes:
                                                del lado argentino la pendiente es larga y lenta;
del lado chileno están los “caracoles”. Los caracoles son unas bajadas espiraladas muy pronunciadas  que, a la vuelta, son subidas.  Son treinta y tres caracoles, en bajada, y luego en subida.
                Durante  las siete noches que dormimos en Chile, soñaba que el auto no iba a poder subir los caracoles,  no iba a tener fuerza,  nos íbamos a quedar para siempre ahí. Pesadilla.
                Pero pudimos viajar, el viaje de vuelta fue sencillo, el auto subió, tocamos suelo argentino. Respiré.
                Respiré porque toqué suelo argentino, porque volví a mi casa, a mi país, a mi papá, a mis abuelos, a mi muñeca Florencia. Pero también porque pude volver. La pesadilla había terminado.  Ahora Chile es un recuerdo, tal vez difícil de procesar, pero ya no es un fantasma.


Post scriptum
Septiembre de 2012. Voy a ver “infancia clandestina” una película que se estrenó en Buenos Aires esta semana, cuyo director Benjamín Avila, es un hijo de desaparecidos. Narra una historia, tal vez en parte autobiográfica, de la lucha de los montoneros en el año 1979- en lo que llamaron la “contraofensiva”- desde la mirada de un niño. Un niño, hijo de militantes, que viven en la clandestinidad, escondiéndose y espacándose. En medio de esa lucha, el niño es un niño que hace cosas de niño, que siente como un niño y desea como un niño. 
Me vi en ese niño. Pasé cuarenta años tratando de entender los por qué. Por qué era más importante para esa generación de padres luchar por un mundo mejor y darle a los hijos una vida más dolorosa, más angustiante. Peleé internamente con esa disyuntiva durante muchos años, entre comprender a esa generación y enojarme con ellos. Entre admirar la fortaleza para la lucha y preguntarme por qué no se quedaron en casa y nos festejaron el cumpleaños como a un chico cualquiera, como lo hacemos hoy.
Las peleas internas no tienen final. A veces gana la comprensión, la admiración por la valentía, y otras veces gana el enojo, enojo porque nos llevaron por los caminos más dolorosos.
Siguen los contrastes, son parte de la vida.

                                                                                                                Ayelén Attías
                                                                                                

Nuevo poema de Pablo Cecchi, octubre 2012


FLECOS DE FUEGO



El flautista de turno atrapó gotas y agujas
y supo olvidarlo todo en ese instante:

las lágrimas
                       van y vienen                                
al buscar pistas deshilachadas                 
                                                por dientes de fuego.


Se cruzan                      
               -metálicas-

 sin  sonido                   
maravillosas, en   repentinas  fiebres alternas.



Sangra algo extraño a    todos nosotros
sospechamos                en vano                         del alma de llaves
¿serán las libélulas, tan intrépidas,
   en   la lluvia que se avecina?

Y el flautista pierde el turno,
                            en la fila del olvido.

lunes, 1 de octubre de 2012

Y más de Jazmín Cañete, octubre 2012


Champaigne


            –No lo vi venir. Al vómito, no lo vi venir.

            No entendiste nada. Hiervo. Las palabras asaltan mi cabeza, rebotan contra las paredes carnosas de una envoltura que ya no puede llamarse cerebro.
            Las palabras aparecen de la nada y estallan, como las burbujas del espumante con el que acabo de inundar mi carozo vacío. Algunas, las que no estallan, se pegan entre sí en una burbuja gigante.
            Metástasis.
            Ahora, no sólo zumban adentro de mi cráneo: en el centro de mi garganta crece el globo maligno salido de la nada. C r e c e.  C  r  e  c  e  ...
            Su sabor es dudoso, pero intenso. ¿Impotencia?, ¿odio?, ¿deseo? Demasiado. Se hace lugar entre músculos que, hasta recién, jamás había sentido. Laten, se hinchan, desafían los límites de lo tirante. Y desborda.
            Lloro.
            Pierdo sal por todas mis pinchaduras. El agua se filtra al instante sin que yo lo decida (como si arrancaran una tira de cera fría de mi bigote).
            No entendiste nada, careta, reproductor de cd vírgen. Mis dientes imán se aferran en el más sudoroso de los sueños eróticos (nunca sentí tantas ganas de saltarte encima). Me despierto con la sábana pegada a escondites de mi cuerpo. Voy descubriendo, despacio (como se saca la piel muerta o la plasticola seca).
             Abatido, amanece el cielo; todo está confuso y no puedo asegurar qué fue cierto y qué no.       Huele a lágrimas, sudor y decepción vieja, la mancha negra sobre la almohada. Quiroga, la mía no es de plumas. ¡Ah! Yo también puedo hacer alusiones. ¡Soberbio, me estiré dos centímetros! (Al fin se ven los resultados de tanto yoga filosófico).
            –Son años, una buena paja. Cuestión de práctica.
            No entendiste nada. Hoy me vomitás sobre el mantel recién lavado leche que hasta ayer no mamabas. O eso decías.
            Y todos te felicitan, aplauden, loas al escupitajo que ahora se expande por el irreversible amarrillo del mantel que era de mi abuela. Tu saliva tiene pretensiones de no sé qué mierda y tapa su olor a nada con perfume francés y alemán (una asaltacunas del pensamiento occidental).
            Tu grito es el de la última moda y vuelve a engañarme, una y otra vez, su camuflaje demodé. 
            Como ya no te soporto, y a tus invitados tampoco, me voy al carajo a ventilar el olor de tu aliento trivialpostestructuralista de mi vestido floreado.
           
            Al fin: el rugido.