martes, 12 de junio de 2012

Textos de Víctor Dupont, marzo-junio 2012


VARIACIONES SOBRE EL SÉPTIMO SELLO

Mientras La Muerte se ahogaba, el Caballero se  apresuró hacia un árbol. Su vista, nublada. Su armadura, brillante. Se sintió ridículo por apurarse. Se sintió ridículo por pensar, se sintió ridículo.  Había pedido tiempo. Tiempo, palabra preciada. Tiempo, tiempo.  Sabía: como si la tormenta a pleno sol durara para siempre o siempre volviera a encontrar esa lluvia, ese árbol, tras ganar la partida de ajedrez.


  
NOCTURNAL DE LA SIRENITA

Denso, críptico, desolador: detrás de las paredes,  un acorde. Con la sonoridad de un piano de cola, dedos enérgicos: paaaam... Y se sostuvieron las notas por largo rato, como si varios pies hubieran apretado el pedal. Me desperté con sorpresa. Jamás vinieron ruidos del departamento de al lado. Por eso, mi marido me decía:
-Yo creo que están inmóviles todo el tiempo, encerrados en su silencio.
La noche tenía el olor de los árboles. En esa época, apenas podía entrar en mi habitación, con mansedumbre, relajarme un poco y dormir. Mi casa olía muy bien. Perfumes de hojas o a ramas secas. Y un día – el día incluye la noche – el acorde, detrás de las paredes, denso, críptico y desolador. Mi marido ya no estaba y yo reparé en sus palabras:
-Se encierran en su silencio.
Silencio: ausencia de sonidos. El sonido no se propaga en el vacío. Salvo la tierra, todo  permanece en silencio. Mi marido me decía,  creo haberlo dicho:
-Están inmóviles todo el tiempo.
A la mañana siguiente, pensaba acomodar unas fotos. Me gustaba una en algún armario: tenía el pelo largo, lacio, de un rubio impecable. Los ojos negros. Una expresión de tranquilidad en los extremos de la sonrisa. La foto debía ser de unos meses antes de cortarme el pelo, unos años antes de perder la gestualidad de mi juventud y tener esta cara, esta cara de silencio y reflexión, que tengo ahora.
También debía buscar una postal de mamá, en una playa, con su traje de baño, sus piernas después del agua, la orilla en blanco y negro. Todo eso haría a la mañana siguiente, pero desde el silencio – yo ya había apagado la tele, tenía los ojos cerrados y empezaba a formarse un sueño borroso en mi cabeza –, desde el silencio brotó, denso - críptico - desolador, el acorde. Si hubiese estado mi marido, le hubiera podido decir: -Viste, no están inmóviles ni encerrados. En algún rincón de su casa tienen un piano. Con sigilo, la mujer levantó la tapa, preparó sus dedos. De seguro aprendió de chica los rudimentos de la digitación. Años con ejercicios de mano izquierda, mano derecha. Años de: blancas, negras, corcheas. El minucioso vaivén del metrónomo. Do, mi, sol. Entonces, tocó el acorde. 
La noche olía a árboles. Perfumes de árboles, ramas, hojas, sequedades.
Creo que el sueño - el sueño borroso, el sueño antes del acorde - era así: yo tenía un vestidito y caminaba por la playa. Los peces estaban todos en la orilla, no sé por qué, y otros animales marinos también. No sé sus nombres, sólo me acuerdo de sus patitas, sus colores amarillos o azules, sus cuerpos en la arena. En fin, caminaba y una anciana a mi lado me detuvo. Me miraba amenazándome. Los ojos de transparencia espumante. Las manos de arrugas de mar.
Y paaaam denso críptico desolador.
Me levanté y puse mi oído contra la pared. Alguien empezó con una sonata. Un motivo repitiéndose entre tibias armonías. El sonido atrapado en la atmósfera. Me volví a acostar.
Me dormí. 
Y la persistencia de la música se coló en mi sueño. Otra vez la anciana nacía entre las sombras del sueño y hablaba:
-Vení conmigo a mi casa. Tenemos que cruzar la otra playa. Pero vale la pena.
- ¿La otra playa? – Debo haberla mirado con furia.
- Todas las playas son una.
El sonido de las olas se mezclaba con el motivo de la sonata, casi esfumado.
             -Debemos cruzar los acantilados, caminar y caminar por la orilla hasta la última playa. De ahí, subimos por una escalera y la casa queda cerquita.
                Caminamos.
                -Qué casa hermosa – le dije. Sus ojos de transparencia espumante pestañearon. Por momentos, parecía una bruja de intensa belleza.
- Usted tiene un pelo magnífico, ¿sabe? El color amarillo de la arena. Y sus ojos negros como el cielo nocturno. Aunque aburren tan pocos colores, ¿no cree? Los sueños deberían ser en blanco y negro.
- ¿Sabe?, cuando yo era joven, soñaba en blanco y negro... Cuántas escaleras tiene su casa – subíamos desde hacía rato.
-Debe hacer el esfuerzo. Todas las casas hermosas tienen escaleras.
-Señora, ¿usted sabe por qué esa sonata no se detiene? Quisiera estar en silencio.
-Sólo hay sonido en la tierra. Muchos piden por el silencio, pero… ¿realmente cree que lo soportarían?
Las escaleras terminaban contra una puerta. Me abrió mi marido, joven y rozagante.
-Hola.
Yo también estaba joven y rozagante, según sus palabras.
-Pasá y no lo olvides: nos encerramos en nuestro silencio.
Y la sonata no se oyó más.
Mi marido y su perfume de árboles.
El comedor de la casa era enorme, desolador. No había muebles ni cuadros. Sólo una gran ventana, que daba al mar. Y un piano de cola, en un rincón. 
-¿Ésta es la casa de la anciana? –le pregunté. La anciana había desaparecido.
-No, claro que no.
Mi marido perdió su mirada en un rincón. Apenas podía hablar:
-Al lado vive una señora que cree que nosotros vivimos encerrados…
Sus ojos parecían animales marinos.
          -Una señora que cree…
          -¿Qué cree?
          Mi marido no quiso decirlo.
          -Encerrados en nuestro silencio.
          Se quedó inmóvil, con las manos arrugadas.
            Me dirigí al piano. Cerré los ojos y, con sigilo, levanté la tapa. Una ráfaga de olores marinos invadió la casa. Olores brotando del instrumento, olores de peces, de animales bañados por espuma, de rocas; perfumes de agua dulce, de agua muda, partículas que se propagaron, en un segundo, por todo mi cuerpo, llenaron mis manos de un aroma por momentos duro, por momentos ágil - por milésimas -, quebradizo y mortal. No soporté el silencio.
            Y dejé caer mis dedos en el piano.
            Abrí mis ojos y lo vi: mi marido me observaba con pena. En silencio.
            Un sonido hueco reemplazó el acorde - el paaaam – que yo esperaba.
            El piano no tenía teclas.
            Lo golpeé y lo golpeé hasta sangrar mis manos.






Poemas


I
Alguien me ha dicho:
                          -debés ser poeta, ¡camina!
Pues bien, camino.
Alguien me ha dicho:
                         -¡debés decir qué ves!
Pues bien, lo digo.
 
El agua del puerto enmudece.
Y los zapatos del policía preñan asfaltos o envoltorios de chocolate.
Charcos.
Ya lo sé, luna sobre el puente, solcito puerco.
Y un solo de motores de barco,
quizá un trino de pichón desbocado
en la cara de la mujer que camina, fuma,
se pintarrajea y se va.
Umbrales.
 
II
Alguien me ha dicho:
                            -debés ser hombre, ¡reflexiona!
Pues bien, no soy ni seré
                                   -¡reflexiono!-
ni quiero ser nada y aparte, je, las tengo todas.
Y fuera de eso, qué sé yo.
 
III
Bueno, me las pico del puerto y entro a mi departamento
y lo veo, lo veo, al mismo, sí, señoras y señores,
les juro,
con ustedes, el gato de Bukowski, el mismo, blanco y bizco,
me mira apaleado
y pienso entonces en el asunto del amor,
la comida, las vacunas, el veterinario y su diagnóstico:
                                                -“míster, el gato está muy grave”
y evoca al Bukowski hospitalario con su cerveza y su Brahms preparándole
una cama, recuperándole la picardía y la gracia gatuna
chau, gatito, le digo, lo echo y se va por el tejado, pobrecito,
como puede, renguito, con furia por mi miseria
 
IV
Alguien me ha dicho: debés ser hombre, ¡selo!
Pues bien, lo soy.
Me voy a dormir y pienso
en puertos, umbrales.
 
Tal vez debería tener una mascota.










































lunes, 11 de junio de 2012

Textos de Daniel Milanesi, abril, mayo, junio 2012





                                            La posada
 

     Dos semanas completas duró la travesía por el gran mar. Dentro del barco  todo era igual a ayer, idéntico a mañana. Afuera se repetía el paisaje hasta donde la vista alcanzara. Los pocos pasajeros y tripulantes despertaban, tal cual se iban a dormir.

     Por su ubicación, la posada de todos los vientos recibía constantemente la visita de personas de la región. Mi primer día en el lugar - sin proponérmelo - lo pasé tratando de identificar su procedencia. Sentado en la cantina, los vi mo-verse con gran economía de esfuerzo - de piel muy blanca y voces apagadas - seguramente montañeses. Bajaban de las rocosas cercanas para aprovisionar-se y respirar el aire nutrido de oxígeno. Sus expresiones adustas contrastaban con sus estridentes risotadas.    

     Había atravesado millas de agua para buscar, en esa diversidad, una mujer.  Al traerme el tercer trago, el posadero se atrevió:

- ¿Qué lo trae por acá?

     En un rapto de sinceridad, contesté.

-Vine en búsqueda de una mujer.

     Fáciles de distinguir eran los lugareños, su piel quemada por el sol y el viento marino, sus miradas vivaces, más parlanchines y movedizos que el resto. Cantaban, bailaban y bebían a toda hora. Saludaban a todos, conocidos o no.

-Motivos como el suyo llevan a los hombres a recorrer el mundo. ¿De dónde viene?

-De los bosques milenarios, en la otra orilla del gran mar.

-Sí, conozco donde quedan. ¿Qué mujer?

-No lo sé.

     Bastante más calmos y austeros, los campesinos derrochaban sencillez. Su piel también curtida por el único sol, pero con otros caprichos. Como encandila-dos, dirigían la mirada al piso, casi todo el tiempo.

-¿Qué le hizo pensar que la hallaría aquí?

-La variedad, supongo. Supe que aquí confluían todas las razas, todos los extractos. Eso me hizo pensar en una mejor elección.

     Su risa resuena aún en mi memoria. Dejó el trago sobre la mesa y se alejó a pura carcajada. Lo seguí furioso con la mirada. Se perdió tras el mostrador, mientras meneaba la cabeza.

     Pasado el mal rato, con la copa ya vacía, pedí a viva voz por el posadero. Se acercó sonriente.

-Espero no me guarde rencor. Hace un rato, no pude aguantar la risa.

-Siéntese un rato, por favor, ya no hay mucho movimiento.

     Él aceptó, arrimó una silla y también se sirvió un trago.

-Me puede explicar el porqué de su reacción.

-Sí. Tal vez no entienda, pero le explico.

-Nosotros no elegimos mujer - dijo, ya serio - el hombre que así lo crea está equivocado.

     Luego de beber un largo sorbo, me miró fijo a los ojos, y casi en un susurro, sentenció:

-Tampoco eligen las mujeres. Todo ha sido tramado, engarzado de antemano.

     Dudé en continuar con esa charla, porque me daba la impresión de estar ante un loco, un desquiciado. Por suerte un parroquiano pedía atención a los gritos en el mostrador. El mozo me dijo que debía atenderlo. Lo disculpé y se alejó. Un par de metros atrás, un hombre de unos 70 años - hizo un gesto para acercarse. Estaba acompañado por una joven dama, muy bella, en contraste con la figura agobiada y seca de él. Acepté con la cabeza y enseguida estaba sentado junto a mí.

-Desde un principio no pude evitar escuchar la conversación que sostuvieron.

-Quisiera decirle algo -.Dijo con una voz jovial y firme.

-Hable, lo escucho.

-Elija. No olvide pensar en sus ojos, sus cabellos, intente que sea torrencial y viernes. Su cuerpo puede ser etéreo o gramilla, no importa.

     Se levantó pesadamente, me hizo una reverencia y un guiño, dio media vuelta y pasó a buscar a la mujer por su mesa. Por como la guiaba, me di cuenta, era ciega. Quedé pensando pero, de pronto, apareció el posadero junto a mi mesa.

-¿Podemos continuar la charla?.

-Sí, sí, por supuesto - Respondí un tanto intranquilo.

     Se sentó frente a mí, se frotaba la barbilla con la mano derecha, como pensativo.

-Le repito que nadie elige en esta vida. Ni las personas, ni los animales. Tampoco los ríos eligen su cauce, ni el granizo dónde y cuándo caer. Todo está destinado. Esa es la palabra justa. Destinado.

-¿Qué le hace pensar que ser posadero de este sitio fue destinado y por quién? 

-Tengo mis motivos. Pero no voy a explicarle todo. Usted haga lo que sienta, Realice su jugada. Solo le pido que conteste:

-¿Cómo piensa elegir a esa mujer?, ¿por su cuerpo?, ¿por su color?, ¿por su voz?- Dígame- ¿cómo piensa hacerlo?

     Miré fijamente su rostro.

-No lo sé.

     Esta vez fui yo quien dejó la mesa. Pagué la cuenta y subí a mi habitación. En las escaleras me encontré con el anciano. Apenas nos cruzamos empezó a decirme:

-Elija, elija. No le recomiendo una mujer nube o domingo. Pero si encuentra una morena, atardecer y frágil, no la deje escapar. Si busca solo belleza, no deje de pasar por el prostíbulo de la comarca. Verá usted, qué puede hallar.

     Unos peldaños arriba, ya en el pasillo, me topé con tres damas  paradas una en cada puerta. A medida que pasaba junto a ellas, sonreían y me miraban fijamente. Cuando traspuse la puerta de mi cuarto, di una última mirada al pasillo para comprobar si era cierto; las tres mujeres estaban allí.

     La puerta se cerró, sin mi ayuda. Al girar comprobé que esperaban todo tipo de mujeres. Todos los colores, todas las tallas y formas.

     Una de ellas, mujer centella, encendió con un simple movimiento la vela  sobre la mesa de noche. Así, comenzó su danza la mujer flama, al ritmo que le inducía la mujer brisa. El resto de las damas  también bailaban. Una pelirroja delgada trataba de aferrarse a mí, pero la mujer sombra le ganó de mano. Según el movimiento de flama, sombra se aferraba a mí, o se alejaba.

    Un desfile incesante de formas, colores, texturas, olores y sonidos desafia-ron mis sentidos. Todas las expresiones se hicieron presentes, desde la cordialidad hasta la agresión. A mis oídos llegaba el estribillo del anciano “ elija, elija “, en una tonada jocosa, casi burlona.  Como poseso me encontré gritando en medio de la habitación:

-¡Es imposible elegir, porque no sé qué quiero!

    Las damas se miraron y me miraron. Comencé a caminar hacia la puerta, Promesa se interpuso en mi camino, pedía que la escuchara. Melancolía, sentada en un rincón, decía ”ya estaremos juntos”.  Una morena alta y bella caminaba descalza a mi alrededor, con los ojos cerrados. Al llegar al pasillo, Sabiduría tomo la palabra, no podía verla, solo la oía:

-Hablaré solo una vez. No podés elegir porque sos solo deseo. Inconsistente, caprichoso y pulsional. Todas estas mujeres, en estado puro, serán parte de la alquimia.

    Aturdido, dejé el cuarto sin mirar atrás. En el salón estaban discutiendo el posadero y el anciano.

-Él no puede elegir - decía uno.
-Él debe hacerlo - contrarrestaba el otro.

    Recuerdo que la palabra alquimia resonó en mi mente durante mi breve estadía en la posada. Hoy, de regreso a mis bosques, comparto el viaje  con una bella dama que elegí (haciéndole caso al anciano). Pero dentro de mí aun escucho las aseveraciones del posadero. Sobre todo, cuando mirándome a los ojos, ella dice que fuimos hechos…el uno para el otro.

                                                                                                                         Junio de 2012

     

Vecinos
                                                                               
                                                               
     Pocos años atrás me compré un ficus. Lo llevé a casa, medía unos 60 centímetros y estaba en una maceta de plástico, que pronto rompió.
    Por falta de un lugar apropiado - tierra firme - lo trasplanté a un macetón grande de cemento, que ocupaba la mitad del patiecito.
    Días después, di por sentado que lo había hecho mal, porque creció torcido. Apuntaba hacia la medianera del fondo. Intenté lograr su verticalidad removiéndolo, apuntalándolo con maderas, tirando con cuerdas atadas a unos clavos que puse en la pared opuesta. Pero el anárquico espécimen siguió el rumbo que quiso. Lo dejé.
    Al tiempo noté, que por los agujeros de drenaje del macetón, salían unas raíces finitas, luego se hicieron como sogas, y se metían; una por el desagüe, otras por las grietas de las paredes, y una de ellas invadía la cucha de mi perro.
     Días enteros el perro mordisqueó la raíz intrusa. Pero en una invasión suicida, a pesar de las heridas, ellas avanzaron en todos los frentes, a puro destrozos y taponamientos.
      Poco a poco, el patiecito se convirtió en ficus. No quedó lugar para el perro, que pasó a vivir conmigo. 
     Los vecinos comenzaron a traerme quejas, uno a uno.
      La copa del árbol fue tomando los espacios abiertos linderos. Sus ramas rompieron ventanas, canaletas y tejas. De manzanas cercanas me llegaron reclamos porque las raíces causaron daños en cimientos, tuberías, inodoros, y hasta por la usurpación total de un sótano.
     Entonces comenzaron las denuncias municipales, policiales, y las agresiones e insultos hacia mi persona.
     Aprovechando una de mis salidas, un grupo numeroso, lo linchó. Lo atacaron con hachas y machetes. Luego quemaron sus restos y parte de la casa.
     Esa misma tarde me mudé, me alejé lo suficiente del barrio y nunca más volví.
     Por las noticias, lo supe, algunos vecinos quedaron muy mal emocionalmente. Aseguraban que nunca podrían olvidar el intenso olor de la combustión y los gritos desesperados.



                                                                                  
             





Caballos



El temblor de la tierra fue el primer indicio; el sonido apagado pero intenso, el segundo. Mi mirada fue intuitiva hacia el sonido.

La columna de tierra, un humo – zigzaguea - entre las copas de los cipreses, tras la cuesta.
No sabía qué esperar, pero indudablemente algo iba pasar, algo se acercaba.

De pie, junto al álamo solitario, esperé ansioso.
 Los caballos aparecieron a todo galope, en ese atardecer naranja,
cuando el sol de febrero comenzaba a ocultarse
tras la loma alta.

                                      Maravilloso                                                              
                     espectáculo.
                                .
La tropilla, salida de la nada pasó junto a mí, a toda velocidad, derrochaba energía. Todos vista al frente y en alto.
El de las crines claras y piel oscura pareció mirarme con su ojo lateral.

Silentes los dos, el árbol y yo, quedamos quietos; no calmos.
Él se estremeció en sus hojas y ramas y yo vibré en una armónica que recorrió mi medula… mi tronco. 

Esa conjunción de fuerza y belleza se adueñó del momento.
        Guerreros en danza previa a la lucha.
Marejada de crines que lamen la arena.
                                              Sonido de tambores acompasados.

Crin clara cerró la escena con un prolongado relincho de despedida.

Una lágrima fue alzada desde el párpado inferior  por mis pestañas, su propio peso la hizo caer por el pómulo, hasta que mi boca probó la emoción.

                   Mientras, desaparecían por el cañadón llevándose el brío,
                                 la magia y el humo que los seguía.
                             La tierra retomó su calma.
                                                     Sequé mi cara,
       y respondí -
                               Adiós.  
.



             


         Trazos
                                                                               
                                                               
     Tomó su lugar habitual, la diagonal principal del trapecio entre los dedos pulgar y anular; el mayor, en parte, fue respaldo. Luego comenzó a deslizarse por la superficie blanca, surcada por rayas equidistantes.
     Salteó las primeras dos, comenzó su danza acompasada en la tercera.
     El ritmo fue continuo por un tiempo. Así bajó cuatro o cinco escalones en la hoja. Algo lo hizo volver atrás. Con un vaivén despiadado fue anulando parte de las piruetas.
     Como quien toma  aire, o coraje para un gran salto, se dio varias veces de punta contra el margen. Rodó sobre el escenario y quedó acostado un rato.
      Lo supo: estaba roto. Quedaría aislado a la espera de restauración.
      Así, fue a parar junto a los otros bailarines con alma de grafito. Eso no le molestaba, estaba acostumbrado. Pero se le hacía insoportable, que “el automático”, hiciera ese fastidioso - tic, tic - y saliera a escena.



                                            


Ovillo     



Mis hebras conocen
                        tus secretos.

Se enamoraron
                  de tus encantos.

Mis fibras vibran,
                  vuelta a vuelta…
                      humedecidas
                         por tu llanto.

Sabes hacer y deshacer,
             la trama que espera
                       al ser amado.

Aprendí a crecer
                      y desaparecer
               en la suave caricia
                       de tus manos.

Veinte años de complicidad,
                              Penélope,
                          veinte años.


                                                        





Poemas de Gabriela Ramos, mayo-junio 2012




Estación Otoño

1

Neutro
medido por la noche
la escuadra lo pinta
                   en trozos: planos, texturas, puntos, líneas
Textos: oscuros negativos de su cuadro
Piedras
                        contra el lienzo,
Tramos por primavera;
                               Cálidas hojas en invierno.
Miedos rosas, extraños azules.
Árboles rígidos,
Perspectiva de julio.
Quieto y voraz;
amenazante
teje carmines
y verdes, en el límite
                                     espera
Un año más,
tal vez.


2

Imagen en la piedra
cuna en la rosa.
                  Apagado en la nada risueña
La mirada audaz,
                     entre ocres, tramas, carmines olvidados.
Hace un año ya.
            El cementerio, una luna
            El tierno tallo, promesa
            El poeta, una gota traslúcida     
Y la baldosa, gris.




3

La poesía fría, estrecha
Cubo, el sauce llorón
La palabra, secreto
El absurdo, eternidad
Próxima, lejanía,
Libélula-misterio
Inquieta, confundida
En el brillo del mar,
todos gritan:
            -¡Otoño, guardáme del silencio!
Él guarda calor;
“sabe”
Desde el rincón
se aproxima el invierno.




4

Ya lejanas, empalmadas
            Olvidadas
                        Roturadas
                        Equívocas
            Cálidas
            Secas
                        Heladas
De la región
Tu lista,        
Oscura, invierno
Horrorosa, irreal y terrible,
Cima del centro, negro olvidado
Las manos, espalda pequeña
Ocre, maraña silenciosa
Columna vertebral, estéril
Lejos:
                        Sueños invisibles, tablones de madera, raras contradicciones, contracciones.
            De Julio, el segundo día de la región.



5

Boca carmín, bello silencio de la noche
Claro del mar: esplendor del cian, su brillo
Misterioso, tu noche
      pestañea azabache, bajo el sol
refugio, final del comienzo
Entramados cálidos, fríos neutros;
heladas
bajo la lluvia, tus hojas
eternan tu maraña
                       del camino, te tejes
triste, esa ventana tras la que te escondés;
Cuando te detenés en el andar
Para desparramar tus sutilezas, tus secretos,
         Tu frío día entretine sol
                          con  ocres,
Destellante maravilla, tu calma
En jornadas tristes,
cuando se aproxima el invierno
Y te vas; dejas un sueño o dos
                                         Titila en un farol pequeño
la noche


6

Paréntesis (entre guiones)


Un otoño (boca carmín)
Asoma la mañana
-de reojo-.
O un sol pequeño
En la ventana
O los pájaros (y sus cantos)
Y los viejos dolores
Apenas los deja ver
(Cuando suspira un sueño)
Porque se aferra a las raíces
del ombú –de la vida-,
                                             aleja el miedo
y su nombre
y juega en la copa
-de un árbol-.




7

Las cajas de zapatos de otoño

la piedra, en el olvido
el césped, en un puente
            las hojas, en la reja
el amor, en la cáscara fina de un huevo
            la mesa en el árbol
la Flor, en la fotografía
la hilacha del pantalón, en la basura
El agua
                        en un cráter
La luna, en una caja de seguridad
            La gris llovizna sobre un espantoso muro
El colorido de un papagayo en un cuadro horrible
La sed
            en un charco ahogado
El vuelo de las aves en un caño PVC
                                                      Se aproxima, silencioso
En cajas de zapatos



8

Nace la mañana,
renace su cuerpo:
estira sus hondas
vísperas
(extremos abiertos)
de una tarde
sol olvidado
               Ayeres en manos
trapos inútiles
              tras la cuerda
Y la Luna, llanos silencios
-Rincones-
torpe y gigante,
sombras,
piernas, espejos…
Tarde, muy tarde, la víspera
entrecierra los sueños
cerrados de mañana
Calla
Y la ciudad entera amanece
Con ellas sombra, secreto

9

Tras las parejas
                      el olor a zanahorias
                                  a albahaca
frescas brisas de verano
                       aguas en bebederos
Bajo el Río amores,
canciones, flores,  
conejos, magias,
            hierbas, primaveras, viajes;
            Al fondo, al barro.
Detrás del camino,
una langosta
una tormenta
un día gris.
                       Un rayo de sol, travesía
frente a las parejas
              Un Río al pasar la lomada
Bajo el agua
                 las parejas respiran entre peces rojos y verdes
Y amarillos
y hay flores
(en la superficie, flota una hoja seca)



























Otoño de boca carmín
(Te envidio.)
          Cómo caen tus hojas
                           En el bajo silencio
                              De los pasos de un trabajador
Que vuelve
(Te envidio.)
Porque hacés
                    una maraña con el viento
                                       Tan hermosa
                                                la trama de esos árboles,
Entre tacos,
                Caballos
                Carretas
                Caminos
(Envidio sobre todo el resultado tan opuesto  a un punto quieto y olvidado)
Me escondés,
 a pesar de todo.
                                      El sol lo tapaste.

(Pero te envidio.)




II

                ¡Otoño ,boca carmín!
                (Espejo)
                                Hojas secas
                Manojan  tu tierra
                                hacia el oscuro rincón
El placer dormido
Manoja mi cuerpo
                                En carne,
                                Hojas secas
Plateada, tu luna
Hondo, sinfín
                    Oscura, la olvidada
Punto quieto,  tu rancho
                     Te escapás de mí
hasta que el invierno
                          manotea.










III

Tus hojas, otoño

En una plaza
En un monumento olvidado
(Entre las piernas de alguna adolescente)
Arrepentidas del ángel
                                             que las lleva

Tus hojas, manojos
El carmín en la boca
                                     Llevás.
Camino tus hojas
                                      Planeás.
Tus hojas carmín
en las manos temblorosas
de la tierra;
Otoño.
                       Manojo de flores;
                                              ¿Verano, la rosa?









IV
Callas,
                De zapatos viejos
                (Y tardes de soles)
                                         Y ríos,
                                                        Y veranos esplendorosos
De la risa de tu niño amigo
Yo me avecinaba como ventarrón
                Otoño carmín,
                                                  Manojos.
                Tus manos
                                     contra mis hojas secas
Avivan el fuego
                                 Para una noche larga
                De placer
                O escondida
                                De tus miedos
                                Te refugio
                                                ¿Por qué otoño boca carmín?
Me llamás
Cuando llega abril
Es que  recién notás
Mi presencia.
Tan solo.


V

Otoño,
En tus ayeres
-Me regalabas la flor-
Crujían tus hojas carmín
Soñaban los grises cielos
De fines de semana
Largos y apacibles
Quietos y remotos
Viejos y eternos
Mudos.
Otoño,
Tu mirada al horizonte
Era tan clara
Que yo volaba
Hasta la última nube
Más chata
Y plana
O a esos recintos
Ocres
Donde me guardaba de vos.


Libros recomendados


"Elogio del amor", entrevista  a Alain Badiou.
Yo creo que Badiou habla desde una experiencia personal que, generosamente propone a todos como experimento casi contracultural; no sé si acuerdo mucho, pero este libro tiene el corazón de lo filosófico con taquicardia; uno lee y pregunta, lee y pregunta; altamente recomendable!

"Tú serás mi cuchillo", David Grossman.
Él le propone escribirle para hablar con ella de lo que jamás se habla con una persona. Él le propone un intercambio epistolar con ella vuelta personaje. Y él, máscara transparente de sí mismo.

"Papeles de trabajo ",Juan José Saer
Yo quisiera escribir uno de esos textos que a Saer le sobraron de la publicación. Versiones, reescrituras, joyitas. ¡Imperdible!

"Malagueta, Perus y Bacanazo", Joao Antonio
Es un Arlt brasilero. Cross a la mandibula, total.

Películas recomendadas, estructuras narrativas en cine

La promesa, Luc y Jean Pierre Dardenne:

El mejor ejemplo de cómo sucesivas estructuras de cuento(circular) se unen en una gran relato(lineal); mientras los cuentos resuelven la estructura, el relato total decide el argumento.

MonsierLazhar, Philippe Falardeau
Lenta construcción de un personaje. Abre huecos en su biografía, avanza y completa. Pero , al completar, abre un nuevo hueco. ¡Genial!

Coriolanus:
Un poco pesada, verdad. Pero hay que mantener un texto literal de Shakespeare en un mundo tecno-contemporáneo. Todas las gradaciones del resentimiento y la venganza, en un abanico de personajes.

Atmen:
Es la historia de un muchacho  preso, que comienza a beneficiarse con el régimen de salidas laborales. Dado los trabajos que le consiguen, el chico no parece sentirse muy beneficiado. El final, a mi gusto, tiene un tinte moral, de súbita toma de conciencia, que no está a la altura de al peli. Impresionante el trabajo narrativo con el reflejo de los rostros en los espejos y con la circulación de las miradas por los "cuadros" de la ciudad y de la cárcel. Buen ejercicio para escritores.

viernes, 8 de junio de 2012

Textos del 2012

 Cuando el blog ya parecía agonizar, retorné. Incluso soy capaz de publicar material. Eso será en breve, cuando encuentre diez minutos. Todo, claro, si no vuelvo a perder la contraseña. Es decir, más que tiempo, me falta memoria. El orden es una utopía que me excede hasta como horizonte. Pero volveremos y seremos texto. Salud!


You tube en el taller

Por recomendación de Ricardo Varela, no se pierdan al poeta Jorge Leónidas Escudero:
http://oronestaspiedras.blogspot.com.ar/2009/02/fragmento-del-documental-oro-nestas.html



David Grossman y Nicole Krauss
http://www.youtube.com/watch?v=2NjcjdTeHwY 






Carlos Fuentes